Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 16 Entrenamiento ilegal
Vespera estaba esperándole en el centro del solar abandonado cuando Ali llegó a la noche siguiente.
No le saludó. No le preguntó cómo estaban sus heridas después de la visita de Mara. Solo lo miró con esos ojos violetas antiguos que parecían verlo todo, y dijo, seca y directa:
—La chica de LUMEN estuvo aquí ayer. Te ofreció una cama caliente y una familia de mentira.
Ali se detuvo a la entrada del solar. Se tensó. No sabía cómo lo sabía. No le sorprendía, de todas formas: ella siempre lo sabía todo.
—Ella me curó —respondió, defendiéndola sin querer, aunque no sabía por qué—. No me pidió nada a cambio.
Vespera soltó una risa corta, amarga. Caminó unos pasos alrededor de él, como un depredador inspeccionando a su presa.
—Nadie hace nada sin pedir nada a cambio, niño. Menos LUMEN —dijo, con voz de quien lo ha visto todo antes muchas veces—. Ella te curó para ganarse tu confianza. Para que cuando te vuelva a hablar, tú estés más dispuesto a aceptar sus reglas, a entrar en su organización, a convertirte en otra pieza de su ejército. No te confíes de la bondad gratuita. No existe.
Ali no respondió.
Sabía que ella tenía razón en parte. Riven le había dicho lo mismo. Pero también recordaba la sonrisa dulce de Mara, el calor de sus raíces curando sus huesos rotos, la flor azul que le había dado por si necesitaba ayuda. No quería creer que todo fuera una mentira. No podía permitírselo. Necesitaba creer que había alguien bueno en ese mundo de mierda.
—Basta —dijo Ali, fuerte, mirándola a los ojos. Vespera levantó una ceja, sorprendida de que le cortara la palabra—. He venido a entrenar. No a hablar de LUMEN. Enséñame.
Vespera lo miró un rato más. Luego asintió, como si hubiera pasado una prueba sin que él lo supiera.
—Bien —dijo. Se apartó unos pasos, dejando el centro del solar libre para él—. Hoy vamos a aprender a separarlas de verdad. Hasta ahora has dejado que salgan por impulsos, por rabia o miedo. Hoy vas a controlarlas tú. Vas a elegir cuál sale y cuál se queda callada.
Señaló un trozo de madera vieja que había tirado en el suelo, a unos metros de Ali.
—Primero: la Esencia Carmesí. El rojo. El poder de crear. —Su voz se volvió más lenta, más didáctica, aunque sin perder su dureza—. Cuando invocas esto, no pienses en fuerza. Piensa en querer algo. En desear que exista. En darle forma a la nada. Es suave. Es cálida. Pero tiene un precio: todo lo que creas… se paga con un pedazo de ti. Con tu energía, con tu cansancio… y cuando creas cosas grandes o vivas, con tus recuerdos. Cuanto más fuerte es lo que haces, más olvidas de lo que eres.
Ali asintió. Se acordó de la flor que creó en el suelo de la cocina, de la luz roja del callejón, del escudo de la plaza. Cada vez había terminado agotado. Ahora entendía por qué.
—Ahora —continuó Vespera—. La Sombra Violeta. El poder de tomar. Cuando invocas esto, piensa en vacío. Piensa en quitar. En absorber lo que hay alrededor para hacerlo tuyo. Es fría. Es rápida. Te da fuerza de inmediato, te hace sentir invencible. Pero su precio es peor: cada vez que tomas poder de otro, cada vez que usas esa fuerza para destruir… te come un pedazo de tu alma. Te vuelves más frío. Más cruel. Más cercano a convertirte en el monstruo que todos creen que eres.
Hizo una pausa. Se acercó a Ali, y le clavó la mirada con una gravedad terrible.
—Y la regla de oro, la que nunca, nunca debes romper si quieres seguir vivo: NUNCA LAS MEZCLES DELIBERADAMENTE. A veces se saldrán juntas por accidente, cuando estés desesperado. Pero si tú eliges usarlas a la vez con toda tu voluntad… las dos fuerzas se odian. Se destruirán mutuamente dentro de tu cuerpo. Y te desgarrarán en pedazos desde adentro hacia afuera. No quedará ni cenizas de ti. ¿Entendido?
Ali tragó saliva.
—Entendido —dijo, con la voz seca.
—Bien. Empecemos por el rojo. Quiero que crees algo. No una flor. No una luz. Algo sólido. Algo que dure. —Vespera señaló el bolsillo de Ali, donde él guardaba su navaja—. Crea otra navaja. Igual a la tuya. Intenta que se mantenga.
Ali se puso cómodo. Respiró hondo.
Cerró los ojos.
Pensó en su navaja. La conocía mejor que nada. El mango de plástico negro, desgastado por el uso. La hoja pequeña, afilada, con una pequeña marca de óxido en una esquina. El peso exacto que tenía en su mano. La había llevado en el bolsillo durante meses. La había tocado mil veces. La conocía de memoria.
Invocó la Esencia Carmesí.
Sintió el calor subir por su pecho, recorrer su brazo, llegar a su mano derecha. Abrió los ojos.
Una luz roja tenue empezó a girar alrededor de su palma. Tomó forma. Primero una niebla densa, luego líneas sólidas, luego el contorno de la navaja. Ali se concentró con todas sus fuerzas, apretando los dientes, queriendo que fuera real, que no se desvaneciera como las flores.
La luz se apagó de golpe.
Una navaja cayó a su mano.
Ali la agarró. La miró.
Era idéntica.
Mismo peso. Mismo mango desgastado. Misma marca de óxido. Incluso el filo se sentía igual de afilado al pasarle el dedo por encima (con cuidado, para no cortarse). Era real. No era una ilusión. Era una navaja de verdad.
Vespera se acercó. Se la quitó de la mano para examinarla. La tocó, la dobló y la abrió, probando el mecanismo. Asintió con aprobación, algo inusual en ella.
—Bien —dijo—. Está bien hecha. Pero dura poco. Cuenta.
—¿Cuenta? —Ali frunció el ceño.
—El tiempo que dura —explicó ella, devolviéndole la navaja—. Las cosas que creas con el rojo no son permanentes todavía. Tienen un límite. Esta durará… —miró la navaja, calculando—. Digamos que una hora, más o menos. Luego se desvanecerá en polvo. Cuanto más practiques, más durarán. Cuanto más fuerte seas, más grandes y permanentes serán las cosas que crees. Pero recuerda el precio.
Ali miró la navaja en su mano. La sintió. Era real. Él la había hecho de la nada. Una oleada extraña de orgullo le recorrió el pecho, algo que no había sentido nunca: la sensación de haber hecho algo bien, algo que no era dolor ni desgracia.
Pero entonces notó algo.
Frotó su frente, confundido.
Había algo… que faltaba.
Un recuerdo pequeño. Sin importancia. Intentó agarrarlo. Pensó en su infancia, en los pocos momentos felices que recordaba: una Navidad cuando era pequeño, antes de que su padre se fuera, antes de Marcos. Había un dulce. Un dulce que su madre le había comprado. ¿De qué sabor era? Lo intentó recordar. Lo intentó con todas sus fuerzas. Sabía que había sido dulce, que le había gustado mucho, que se había manchado la camisa con él. Pero el sabor… el sabor se había ido. Había desaparecido.
—¿Qué… qué me ha pasado? —preguntó, con la voz temblorosa, mirando a Vespera—. He olvidado… he olvidado el sabor de un dulce que me gustaba de pequeño.
Vespera asintió, sin sorpresa.
—El precio —dijo, simple y cruda—. Una navaja que dura una hora \= un recuerdo pequeño, sin importancia. Ahora imagina lo que costaría crear una casa. O un animal. O una persona. —Señaló la navaja en su mano—. Eso es lo que es el poder rojo, Ali. No es magia de cuentos. Cada cosa que das al mundo… te la quitas a ti mismo.
Ali miró la navaja.
De repente, el orgullo que había sentido se convirtió en algo frío y amargo en el estómago.
Había creado algo.
Había logrado un control que nunca había tenido.
Pero a cambio… había perdido un pedacito de sí mismo.
Un pedacito que nunca recuperaría.
—¿Y el violeta? —preguntó, muy bajito, casi sin querer saber la respuesta—. ¿Cuál es su precio pequeño?
Vespera sonrió. Una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Mañana lo veremos —dijo ella—. Mañana aprenderás a tomar. Y verás por qué prefiero que uses el rojo la mayoría de las veces, aunque te coma los recuerdos. Porque perder el pasado… es mucho mejor que perder tu alma.
Se giró para irse, como siempre, desapareciendo en las sombras sin decir adiós.
—Descansa —le gritó por encima del hombro antes de desvanecerse del todo—. Mañana vas a odiarme.
Ali se quedó solo en el solar.
Miró la navaja que había creado.
La abrió y la cerró una y otra vez. El chasquido metálico sonaba igual que el de la navaja verdadera. Duraría una hora. Una hora de ser real.
La guardó en el bolsillo, al lado de la original.
Se tocó la frente otra vez, intentando inútilmente recuperar el sabor de aquel dulce olvidado.
No lo consiguió.
Suspiró.
Empezó a caminar hacia la salida del solar, de vuelta a su ático frío y vacío.
Había aprendido a crear.
Había pagado su primer precio.
Y sabía, con una certeza fría en los huesos, que aquello era solo el principio.
Que los precios futuros serían mucho, mucho peores.