Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 23
No soy para ti
El domingo amaneció y Maximiliano no aceptó lo de "la última vez".
—No. —Se sentó en el borde de la cama, vestido a medias, terco como una pared—. Eso de "que sea la última vez" no lo firmo. No fue una despedida lo de anoche y lo sabes. Así que vas a hablar conmigo. ¿De qué tienes miedo, Camila? Y no me digas otra vez que no eres de mi mundo. Eso es un pretexto. Dime la verdad.
Camila se levantó, se puso una sudadera encima, se cerró como quien se abrocha una armadura. A la luz del día, con la cabeza fría, la ternura de la noche le daba más miedo que nunca. Había dicho demasiado. Le había enseñado la herida. Y ahora, arrepentida, hizo lo que hacía siempre que se sentía desnuda: se escondió detrás de lo primero que encontró.
—No hay ninguna verdad escondida —dijo, dándole la espalda, recogiendo la ropa del piso—. Nos conocemos hace nada. Ni sabes cómo me llamo completa. Y ya me quieres de novia formal. Eso no es normal, Max.
—Camila Fuentes Ríos —dijo él, sin inmutarse—. Veintitrés. UNAM. Trabajas en Aurelle a prueba. Te cría tu abuela. ¿Sigo? —Ladeó la cabeza—. Te conozco mejor de lo que crees. Y llevo semanas queriendo conocerte más. Eres tú la que no me deja.
Ella apretó la ropa contra el pecho. Ahí estaba otra vez, ese hombre que lo sabía todo, que lo tenía todo, tan seguro de que querer era cosa de decidirlo. No entendía. Nunca lo habían dejado en una banqueta. Nunca había aprendido, a los cinco años, que el amor se te va cuando aparece algo mejor.
—Aunque quisiera —insistió, cambiando de trinchera—, tu familia jamás lo aceptaría. Ya viste, tu mamá te sienta con doctoras de Columbia. ¿Qué le vas a decir? ¿Que andas con una empleada a prueba de Iztapalapa que todavía debe el enganche de un vestido? Se te van a reír en la cara. Y con razón.
—Eso lo decido yo, no mi familia.
—Y además —Camila levantó la barbilla, buscando el golpe que lo alejara de una vez—, la verdad es que… tú no me interesas tanto. Me caes bien. Me gustó el fin de semana. Pero de ahí a novios formales, no. No estoy enamorada de ti. Perdón si te ilusioné.
Fue una mentira tan grande que le tembló al salir.
Max la miró largo. No se enojó de inmediato; peor, entrecerró los ojos como quien detecta exactamente dónde está el bulto debajo de la sábana.
—Mentira otra vez. —Se levantó, despacio—. Pero está bien. Si no te intereso "tanto", ponte a trabajar en eso. Esfuérzate en que te interese. Porque yo no me voy a ir a ningún lado.
—No se puede obligar a que a uno le guste alguien.
—¿Ah, no? ¿Y ese novio tuyo tan maravilloso te obliga a algo? —Lo soltó con un desprecio helado, y Camila se quedó sin aire—. Dime, ¿dónde estaba tu novio la noche que unos borrachos te agarraron a media calle? ¿Dónde estaba cuando Beltrán te encerró en un cuarto? ¿Eh? Porque yo estuve en las dos. Y él, que yo sepa, no ha movido un dedo por ti nunca. Un hombre que te deja sola en todas no es un novio. Es un mueble. Y tú lo defiendes como si fuera de carne.
Camila abrió la boca y no le salió nada. La mentira del novio inventado —esa que había soltado hacía semanas para quitárselo de encima y que nunca había desmentido— se le vino encima como una trampa suya propia. No podía decirle que no existía sin explicar por qué había mentido. No podía defenderlo sin hundirse más. Se quedó ahí, roja, muda, atrapada en su propio embuste.
Y lo peor era que tenía razón. Ella lo sabía. El novio no existía —lo había inventado semanas atrás para ponerle un muro—, y ese muro ahora se le derrumbaba encima. Pero confesar la mentira era confesar que llevaba semanas mintiéndole para no dejarlo entrar, y confesar eso era abrir la puerta que juraba tener clausurada. Prefirió el bochorno al derrumbe.
—No tienes que meterte en mi vida —dijo al fin, con la voz apretada—. Ni con mi novio, ni con mi familia, ni con lo que me merezco o no. Eso es cosa mía.
—Es cosa mía desde la primera noche. —Max dio un paso hacia ella, y ya no había juego en su cara—. Deja de esconderte detrás de un tipo que no existe o que no sirve. Deja de decir que no vales. Y dame una razón de verdad, una sola, para no estar contigo. Porque hasta ahora no me has dado ninguna que se sostenga.
—¿Una razón? —Camila soltó una risa amarga—. Mírate. Mira este cuarto. Tú llegaste en un coche que cuesta más que este edificio entero. Yo debo el enganche de un vestido y todavía no acabo de pagarlo. Tú tienes una madre que te sienta a cenar con cirujanas de Columbia. Yo tengo una abuela en un pueblo y una madre que ni se acuerda de mi nombre. ¿Qué crees que va a pasar, Max? ¿Que me llevas a tu mundo y todos aplauden? No. Se van a preguntar qué te di para atraparte. Y un día tú también te lo vas a preguntar. Y ese día te vas. Como todos.
—Yo no soy todos.
—Eso dicen todos.
—¡La razón es que no soy para ti! —le gritó Camila, y la voz se le rompió en el grito—. ¡Esa es la razón! ¡No soy para ti, Max, no soy para ti y ya! ¿Por qué no lo entiendes?
Se le llenaron los ojos otra vez, y esta vez no pensaba dejar que él la viera llorar, no otra vez, no después de haberle enseñado ya demasiado. Agarró las llaves de la mesa, agarró el suéter del respaldo, y sin ponérselo siquiera, sin peinarse, sin nada, abrió la puerta de su propio departamento y salió corriendo, dejándolo a él adentro.
A él. En su casa. Plantado en medio de aquel cuartito de una sola cama, con el conejo de peluche en el piso y el eco del portazo, viéndola huir de una conversación que él había ganado con todos los argumentos y perdido de la única forma que importaba.
Maximiliano se quedó solo, en el departamento de ella, sin ella. Miró la puerta abierta. Miró el peluche caído. Y por primera vez en mucho tiempo, el hombre que lo controlaba todo no supo qué hacer, porque no se puede alcanzar por la fuerza a alguien que corre no de ti, sino de sí misma.