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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El misterio

El sol apenas empezaba a dorar los tejados de la calle de los Mangos cuando un grito desgarrador, agudo y potente como el silbato de un tren, estalló en el tercer piso y sacudió a todo el edificio amarillo de arriba abajo.

—¡ROBARON! ¡ME HAN ROBADO! ¡ALGUIEN SE LLEVÓ LO MÁS QUERIDO QUE TENGO! —bramó doña Eustaquia, apareciendo en la puerta de su casa con la bata abierta, los pelos de punta y una escoba de paja empuñada como si fuera un espadón de guerra. Bajaba las escaleras de dos en dos, sin mirar dónde pisaba, y cada paso que daba parecía hacer temblar los cimientos del edificio—. ¡Me han dejado sin nada! ¡Sin mis tesoros más preciados!

En menos de lo que tarda el loro El Bocón en repetir una frase, las puertas se abrieron de golpe. Don Beto salió disparado con su libreta de hojas sueltas y un lápiz mordido hasta la madera, ajustándose las gafas que siempre se le deslizaban por la nariz. El Charly asomó la cabeza desde el ático con una llave inglesa en la mano y una expresión de quien está listo para perseguir ladrones por los tejados. La señorita Lidia se asomó suavemente, abrazando su cuaderno de partituras, con los ojos muy abiertos de susto. Los cuatro niños de la familia Pérez salieron corriendo detrás de su madre, tropezándose unos con otros, y detrás de todos apareció Pelusa, el caniche de pelo rizado y color café claro, moviendo la cola con una alegría que parecía completamente fuera de lugar.

—¡Calmémonos, calmemos! —gritó Don Beto, plantándose en medio del pasillo y golpeando la mesa de madera que siempre dejaban en el rellano—. ¡Aquí hay un delito! ¡Y yo como presidente de la junta investigaré hasta el último detalle! ¡Nadie se mueva! ¡Nadie toque nada! —se aclaró la garganta, abrió su libreta en una página que ya estaba llena de garabatos y miró a doña Eustaquia con gravedad—. Dígame, vecina… ¿qué le han robado exactamente? ¿Dinero? ¿Joyas? ¿Documentos importantes?

Doña Eustaquia se detuvo en seco, se llevó las manos al pecho y soltó otro lamento que hizo que las cortinas de las ventanas se agitaran solas:

—¡Peor que todo eso, Don Beto! ¡Mucho peor! ¡Me robaron mis medias! ¡Las mejores! ¡Las de encaje negro, las que guardaba en el fondo del cajón desde hace tres años para las grandes ocasiones! ¡Las que brillaban como la noche y eran tan finas que parecían hechas de aire! ¡Y no solo esas! ¡Me faltan también las azules con rayas, las blancas bordadas, las de color café oscuro que combinaban con mis zapatos, y hasta las que usaba para estar en casa! ¡Me han dejado descalza de la cintura para abajo! ¡Es una desgracia!

Un silencio breve cayó sobre el grupo. Don Beto parpadeó dos veces. El Charly ahogó una risita que se le escapó por la nariz. La señora Pérez se llevó una mano a la boca para no reírse.

—¿Sus… sus medias? —repitió Don Beto, como si no hubiera entendido bien—. ¿Alguien entró a su casa y se llevó sus medias? ¿Nada más?

—¡Nada más! ¡Y es suficiente! —replicó ella, cruzándose de brazos y golpeando el suelo con el pie—. ¡Eso demuestra que aquí hay alguien sinvergüenza que no tiene vergüenza ni respeto por las pertenencias ajenas! ¡Y además tiene mal gusto! ¡O quizás las revende en el mercado! ¡Quién sabe qué bajos mundos se mueven en este edificio que yo creía tan tranquilo!

—Pues yo digo que revisemos todo —propuso el Charly, dejando su llave sobre la mesa—. ¡Buscamos huellas, preguntamos a todos, y si hace falta rastreamos hasta el último rincón!

—¡Así se habla! —aprobó Don Beto, escribiendo en su libreta con tanta fuerza que el lápiz se le rompió por la mitad—. ¡Primero: sospechosos! ¡Segundo: motivos! ¡Tercero: dónde estaban todos ayer por la noche! ¡Empezamos por el ático! ¡El Charly sube primero por si el ladrón sigue escondido!

La investigación comenzó de la forma más desordenada posible. Don Beto preguntaba cosas sin sentido y anotaba respuestas que no venían al caso. La señorita Lidia decía que ella había estado cantando hasta las diez y no había visto a nadie. Los niños de la familia Pérez juraban que habían estado jugando en el patio y que nadie subió las escaleras. La señora Pérez aseguraba que su puerta siempre estaba entreabierta y que nadie habría podido entrar sin que ella se diera cuenta. El Charly recorrió pasillos, armarios y rincones oscuros, moviendo la cabeza cada vez que salía de un sitio: nada, ni rastro, ni huellas, ni nada.

—Es imposible —decía Don Beto, rascándose la cabeza y mirando sus notas que ya no se entendían—. ¡No hay señales de que hayan forzado ninguna cerradura! ¡Ninguna ventana está abierta! ¡Si entraron a robar, lo hicieron con mucho cuidado y sin prisa! ¡Y para colmo solo se llevaron ropa de piernas! ¡Es un caso extraordinario! ¡Nunca he visto nada igual en mis años de jubilado!

—¡Pues algo hay! —insistía doña Eustaquia, que ya empezaba a secarse las lágrimas con el borde de la bata—. ¡Yo las dejé ayer por la tarde sobre la silla para doblarlas! ¡Y hoy ya no estaban! ¡Alguien se las llevó! ¡Seguro que alguien las necesita más que yo y no tuvo valor para pedirlas! ¡Pues que se las queden! ¡Pero que sepa que yo lo sé! ¡Y que no se las recomiendo porque se me encogen con facilidad!

Todos seguían hablando a la vez, haciendo teorías cada cual más extraña: que quizás un duende travieso, que las habría llevado el viento por la ventana, que quizás se habían caído detrás del armario y nadie las había visto. El alboroto era tal que nadie se había dado cuenta de que Don Casimiro, el vecino silencioso del primer piso, había salido de su casa y estaba parado un poco más allá, con las manos en los bolsillos y una sonrisa apenas esbozada en los labios. Miró a todos, miró a doña Eustaquia que seguía quejándose, miró a Don Beto que ya se estaba enredando en sus propias palabras, y luego bajó la vista hacia Pelusa.

El perrito estaba sentado muy quieto, moviendo la cola de un lado a otro, con una expresión que parecía de inocencia absoluta… si no fuera porque alrededor de su cuello, medio escondido bajo el collar de cuero, asomaba un trozo de tela negra con dibujos de encaje.

Don Casimiro carraspeó suavemente. Todos callaron y lo miraron.

—Pelusa las tiene —dijo, con voz tranquila y clara. Y sin añadir nada más, dio media vuelta y regresó a su casa, cerrando la puerta suavemente detrás de él.

Por un segundo nadie entendió nada. Luego, cuatro o cinco pares de ojos se posaron de golpe en el perrito. Pelusa movió las orejas, movió la cola con más fuerza y soltó un ladrido alegre.

—¡Pues… pues parece que tiene razón! —exclamó el Charly, acercándose despacio—. ¡Miren eso en su collar!

Doña Eustaquia se acercó con cautela, se agachó y, con mucho cuidado, tiró suavemente de aquella tela negra. Y tiró… y tiró… y sacó una media entera, arrugada, llena de pelos y con el elástico medio estirado.

—¡Es la mía! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto—. ¡Es mi media de encaje! ¡Pero qué le has hecho, animalito! ¡Parece que la has estado arrastrando por todo el barrio!

Antes de que terminara de hablar, Pelusa dio un salto, giró sobre sí mismo y salió corriendo escaleras abajo hacia el patio, moviendo la cola como una bandera.

—¡Venga! ¡Vamos todos detrás! —ordenó Don Beto, guardando su libreta a toda prisa—. ¡A ver dónde se esconde el botín!

Bajaron todos juntos, tropezándose unos con otros, riendo ya entre el susto y la sorpresa. Pelusa llegó hasta el rincón más oscuro bajo las escaleras, donde había un montón de hojas secas y macetas viejas, metió el hocico y empezó a sacar cosas.

Una media negra. Una azul con rayas. Una blanca bordada. Una café oscuro. Una con flores pequeñas. Otra con puntos. Y otra, y otra, y otra… Cuando terminó, había sobre el pasto un montón de más de quince pares y medias sueltas, de todos los colores, tamaños y estilos posibles, todas un poco sucias, todas con marcas de dientes, todas perfectamente reconocibles.

Doña Eustaquia se quedó mirando aquel montón con la boca abierta. Luego miró al perrito, que la miraba con la cabeza ladeada y la lengua afuera, esperando claramente un premio.

—¡Pero si aquí están todas! —dijo la señora Pérez, acercándose y reconociendo las suyas—. ¡Y también las mías, las que perdí la semana pasada! ¡Y las de la señorita Lidia! ¡Y las mías de invierno! ¡Todo este tiempo han estado aquí!

—¡Vaya con el bicho! —exclamó Don Beto, dejándose caer sobre un escalón y soltando una carcajada—. ¡Resulta que tenemos al ladrón más peludo y simpático de toda la ciudad! ¡Y además tiene gusto refinado! ¡Solo le robaba las más bonitas!

—¡Pues me ha dejado hecha un desastre! —decía doña Eustaquia, aunque ya no se le oía enfadada en absoluto—. ¡Me ha estirado la mejor media que tenía! ¡Ya no me va a servir ni para paño de cocina! ¡Mire qué forma ha dejado el encaje! ¡Parece que lo ha pasado por una picadora!

—Bueno, al menos no se las llevó nadie malo —dijo la señorita Lidia, recogiendo las suyas y sacudiéndolas—. ¡Y todas están aquí! ¡Gracias a Dios!

—¡Y a Don Casimiro! —añadió el Charly—. ¡Si no es por él, todavía estaríamos buscando ladrones imaginarios y haciendo listas de sospechosos!

Todos se quedaron un momento en silencio, mirando la puerta cerrada del primer piso, agradecidos. Luego empezaron a repartirse las prendas, riendo y comentando cada media, recordando cuándo la habían comprado, dónde la habían usado, qué les había pasado. Doña Eustaquia recuperó todas las suyas, es cierto, pero confesó después que las de encaje ya nunca volvieron a quedarle igual. Sin embargo, nunca más las tiró: las guardó en una cajita, como recuerdo de aquella mañana en que el ladrón más temido del edificio resultó ser un perrito muy cariñoso que solo quería jugar.

Desde ese día, en la calle de los Mangos nadie se alarma si desaparece una prenda pequeña. Nadie grita, nadie acusa, nadie hace listas interminables. Solo miran a Pelusa, que corre de un lado a otro con una media en la boca, y dicen con una sonrisa: “Seguro Pelusa le dio un paseo”. Y bajan al patio, la recuperan, la sacuden, se ríen juntos… y siguen con su vida, felices y tranquilos, porque saben que en este edificio lo que se pierde casi siempre se encuentra… y que lo que de verdad importa no se pierde jamás: la alegría de encontrarse siempre, compartiendo risas, aunque sea por culpa de unas medias y un perrito muy travieso.

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