Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 14: La ley de los antojos (El esclavo del vientre)
Si Maximiliano Starling pensaba que dirigir un consorcio internacional con más de quinientos empleados a su cargo era una tarea compleja, es porque jamás había lidiado con las demandas bioquímicas de una mujer embarazada decidida a desquiciarlo.
Hacía apenas unos días que la tregua forzada por el "grano de arroz" se había firmado en la cocina, y Valeria ya dominaba el arte de la manipulación gestacional con la destreza de una estratega militar. Había descubierto el punto débil de su estirado esposo: su pánico absoluto a que cualquier alteración en el entorno afectara negativamente el desarrollo del embrión. Maximiliano leía los manuales de obstetricia como si fueran leyes divinas, y Valeria pretendía usar cada línea de esos textos en su propio beneficio.
El contraataque definitivo comenzó oficialmente un martes a las tres y cuarto de la madrugada.
La suite principal estaba sumida en una oscuridad pacífica y el termostato marcaba los exactos veintidós grados que Maximiliano consideraba óptimos para la regeneración celular durante el sueño profundo. Fuera, una tormenta invernal azotaba los cristales del apartamento, desatando una lluvia torrencial que golpeaba los vidrios con un ritmo violento.
*¡Pam, pam, pam!*
El sonido de unos golpes secos y desordenados en la puerta de su habitación arrancó a Maximiliano de su descanso milimétrico. Se sentó de golpe en la cama, con el corazón acelerado y la respiración contenida, buscando su teléfono para verificar la hora. Las 3:14 a. m. Su reloj biológico experimentó un colapso.
Se levantó, se calzó sus pantuflas de felpa gris y abrió la puerta con brusquedad. Allí estaba Valeria. Llevaba una manta de lana sobre los hombros, el cabello rizado flotando como una aureola indomable alrededor de su rostro y una expresión de absoluta urgencia que rozaba el drama shakesperiano.
—Starling —anunció ella, con una voz extrañamente ronca y teatral—. Se ha presentado una crisis de suministros en el ala izquierda. El embrión exige atención inmediata.
Maximiliano se frotó los ojos, intentando espantar la neblina del sueño.
—¿Qué ocurre? ¿Tienes náuseas? ¿Un dolor agudo? ¿Llamo al doctor cardiólogo de guardia?
—No, no es un dolor —respondió Valeria, cruzándose de brazos bajo la manta y esbozando una sonrisa de pura victoria—. Es un requerimiento nutricional crítico. Necesito helado de menta granizada. Pero no cualquier helado. Tiene que ser de la heladería artesanal que está a doce cuadras, la que abre veinticuatro horas. Y necesito que me traigas también una bolsa de papas fritas saladas, de las cortadas gruesas.
Maximiliano parpadeó, completamente estupefacto. Miró a su esposa, luego miró hacia el ventanal del pasillo, donde los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia caía con una fuerza brutal.
—Valeria, estás demente —sentenció él, con la voz cargada de indignación ejecutiva—. Son las tres de la madrugada. Hay una tormenta de categoría menor desarrollándose afuera. No pienso salir a buscar un derivado lácteo congelado con sabor a pasta de dientes y tubérculos fritos en exceso de aceite. Ve a dormir. Tu cerebro está confundiendo el cansancio con el apetito.
Valeria no se movió un milímetro. Dio un paso al frente, entornó los ojos y adoptó esa postura de jefa que tanto descolocaba a Maximiliano.
—Tenés toda la razón, esposo mío —le dijo, usando deliberadamente un tono suave pero cargado de un cinismo maravilloso—. Yo no estoy haciendo nada... excepto fabricar a tu heredero las veinticuatro horas del día mientras vos dormís en tus sábanas de mil hilos. Como yo llevo a tu hijo en mi vientre y mi cuerpo está trabajando horas extra, rompiéndose la espalda para formar sus órganos, vos tenés que cumplirnos todos los caprichos y antojos. Es tu deber como socio capitalista de este proyecto, Maximiliano. El manual que tenés en tu buró dice claramente que las demandas de la madre reflejan deficiencias vitamínicas del feto. ¿Vas a negarle a tu propio hijo el calcio y el sodio que te está pidiendo?
Maximiliano abrió la boca para rebatir el argumento con una defensa legal basada en la razonabilidad de los horarios, pero Valeria sacó su arma secreta. Ladeó la cabeza, frotó su vientre aún plano sobre la playera de pandas y soltó un suspiro de profunda tristeza.
—Está bien... supongo que el estrés de quedarme con las ganas y no poder dormir en toda la noche no le afectará tanto al bicho. Solo espero que no nazca con una marca de nacimiento con forma de cono de helado en la cara.
Maximiliano se quedó congelado. La palabra *"estrés"* resonó en su mente como una alarma de evacuación. Sacó su teléfono a toda prisa y abrió la aplicación *BabyGrows*. Buscó febrilmente en la sección de alertas médicas del primer trimestre. Allí estaba, resaltado en letras rojas por los desarrolladores: *«El estrés materno crónico o agudo eleva los niveles de cortisol, afectando potencialmente el entorno uterino del embrión»*.
El magnate del orden cerró los ojos, apretó la mandíbula y soltó un bufido de pura frustración que pareció desinflarlo por completo. El destino lo había convertido en el esclavo más sofisticado del mercado inmobiliario.
—Quédate aquí —escupió entre dientes, dándose la vuelta con furia—. No te muevas. No alteres tu ritmo cardíaco.
Veinte minutos después, Maximiliano Starling, el hombre que vestía trajes italianos de tres piezas para desayunar, se encontraba en el estacionamiento subterráneo del edificio luciendo un pantalón de pijama de franela a cuadros, un abrigo de diseñador negro que le llegaba a las rodillas y las pantuflas de casa. Tenía el cabello perfectamente despeinado por primera vez en su vida adulta y una expresión de querer cometer un crimen financiero.
Subió a su cupé deportivo, maldiciendo en voz baja mientras el motor rugía en medio de la noche. Conducir a las tres y media de la mañana bajo una lluvia torrencial, con el único objetivo de conseguir menta granizada y papas fritas, era la antítesis de la eficiencia del sueño que él tanto predicaba.
Cuando regresó al apartamento, empapado de la parte baja del pantalón y con una bolsa de papel de la heladería en la mano, encontró a Valeria sentada en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas y una película romántica de los noventa puesta en la televisión a bajo volumen. No se veía ni un ápice de fatiga en su rostro; estaba radiante, disfrutando enormemente del espectáculo de ver al estirado empresario derrotado por la biología.
Maximiliano avanzó hasta la mesa de centro y dejó caer la bolsa con un golpe seco.
—Aquí está tu requerimiento calórico absurdo, Valeria —refunfuñó, cruzándose de brazos mientras goteaba sutilmente sobre la alfombra—. Helado de menta y papas saladas. He sacrificado dos horas de mi ciclo de sueño REM para evitar que los niveles de cortisol destruyan el tubo neural del embrión. Espero que estés satisfecha.
Valeria abrió la bolsa con un entusiasmo infantil, agarró una papa frita, la sumergió directamente en el helado verde texturizado y se la metió a la boca con un gemido de pura satisfacción.
—Esto es la gloria, Starling —dijo ella, guiñándole un ojo mientras saboreaba la mezcla espantosa—. El grano de arroz te lo agradece profundamente. Te aseguro que este sacrificio va a ser debidamente registrado en los libros de historia familiar. Ahora ve a secarte, que si te da una neumonía, ¿quién me va a ir a buscar los tacos de canasta mañana al amanecer?
Maximiliano la miró fijamente, apretando los puños al ver cómo combinaba los carbohidratos con el lácteo con total desparpajo sobre su mesa de diseño. Se dio la vuelta para ir a su cuarto, refunfuñando entre dientes sobre la tiranía del embarazo, sin saber que la verdadera prueba de fuego llegaría en pocas semanas, cuando el bicho decidiera que ya no quería papitas, sino espacio real en sus vidas.