Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Un consejo
Sebastian iba a casi ciento veinte por la avenida cuando el video llegó a su teléfono. El mensaje anónimo solo decía: “Mira lo que se está compartiendo en toda la universidad”. Apenas tocó la pantalla, la imagen de Camila Vargas de rodillas y él detrás de ella llenó el cristal. El sonido de la risa de ella —esa risa triunfal que ahora reconocía demasiado bien— le taladró los oídos.
El puño de Sebastian golpeó el volante con tanta fuerza que el claxon sonó durante tres segundos largos. El coche se desvió un instante hacia el carril contrario antes de que lograra controlarlo. Maldijo entre dientes, dio un volantazo y aceleró hacia el campus.
Aparció el auto de cualquier forma en el estacionamiento de visitantes y se quedó apoyado contra el capó, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Esperó. Cada minuto que pasaba le pesaba en el pecho como plomo.
Cuando por fin la vio salir por las puertas principales, rodeada de Allie y Antonia, el corazón se le subió a la garganta. Las dos amigas la protegían como escudos humanos, pero él no se detuvo. Cruzó el jardín a zancadas.
—Helena.
Ella se detuvo en seco. Allie dio un paso adelante, lista para intervenir, pero Helena levantó una mano.
—No —dijo con una voz que no temblaba, aunque los ojos verdes estaban hinchados y rojos—. No te me acerques.
Sebastian alzó ambas manos, como si se rindiera.
—Por favor. Solo… déjame explicarte. Fue una sola vez. Una estupidez. Nunca significó nada. Tú y yo… nosotros nunca habíamos estado juntos de esa forma. Yo… tenía necesidades, Helena. Soy un hombre. No podía…
Ella lo miró. Y en esa mirada no había solo dolor. Había algo más frío, más definitivo.
—Yo también tengo necesidades —respondió con una calma que lo destrozó—. Y me las aguanto. Todos los días. Todas las noches. Porque pensé que valía la pena esperarte. Porque pensé que tú también esperabas. Resulta que solo yo era la idiota.
Sebastian dio un paso más cerca.
—No digas eso. Te juro que…
—No quiero volver a verte en la vida —lo cortó ella—. Eres un asqueroso patán. Y yo… yo merezco algo mejor que alguien que me pone los cuernos con la primera que se le cruza porque “tiene necesidades”.
Se dio la vuelta. Allie y Antonia la flanquearon de inmediato. Sebastian quiso seguirlas, pero Antonia lo miró por encima del hombro con un odio tan puro que lo detuvo en seco.
—Si das un paso más, juro que te rompo la cara —escupió la chica de rizos—. Y créeme que me daría un placer inmenso.
Helena no miró atrás ni una sola vez.
El departamento olía a café recién hecho y a la colonia cara que Benjamin Scott siempre usaba. Sebastian empujó la puerta y se encontró con la escena que había temido: su padre, Felipe, de pie junto a la ventana con las manos en los bolsillos, y su tío Benjamin sentado en el sillón principal, impecable en un traje gris oscuro, las piernas cruzadas, la expresión seria de quien no ha sonreído en años.
Benjamin Scott tenía veintisiete años, el mismo cabello rubio casi platino de su madre muerta y unos ojos grises que parecían capaces de calcular el valor de un imperio en una sola mirada. La fortuna que el abuelo materno les había dejado descansaba sobre sus hombros desde que tenía diecinueve. Y esos hombros no conocían el descanso.
—Llegas tarde —dijo Benjamin sin levantar la vista del teléfono.
—Tío —saludó Sebastian con la voz ronca. Luego miró a su padre—. Papá.
Felipe Scott era más alto, más oscuro, y llevaba en el rostro la misma preocupación que siempre mostraba cuando su hijo se metía en problemas.
—¿Qué demonios pasó, Sebastián? Tu tío llegó hace una hora y no hay rastro de tu novia. Pensé que ibas a presentárnosla.
Sebastian se pasó una mano por la cara. El cansancio y la culpa le pesaban como una losa.
—Ya no hay novia.
Benjamin levantó finalmente la vista. Una sola ceja se arqueó.
—Explícate.
Sebastian se dejó caer en el sillón frente a ellos. Las palabras salieron a trompicones, amargas, vergonzosas.
—Hubo un video. De mí… con una compañera de la universidad. Camila. Se filtró esta mañana. Todo el campus lo vio. Helena… ella lo vio. Y terminó conmigo. Delante de todo el mundo.
El silencio que siguió fue denso.
Felipe fue el primero en hablar. Su voz era baja, pero cortante.
—¿Con una compañera? ¿En serio, Sebastián? ¿Después de un año con una chica como Helena Fiallet? ¿Sabes de qué familia viene esa muchacha? Los Fiallet no son cualquiera. Tienen dinero, tienen prestigio, tienen influencias. Y tú… tú vas y te expones de esa forma. ¿Qué demonios te pasa por la cabeza?
Benjamin no levantó la voz. No la necesitaba.
—El dinero es lo de menos, Felipe —dijo con calma—. Lo de menos.
Felipe lo miró, sorprendido.
—¿Cómo que lo de menos? Esa chica…
—Si era decente —continuó Benjamin, clavando los ojos grises en su sobrino—, si de verdad lo amaba… entonces es exactamente el tipo de mujer que no se encuentra todos los días. Una que te quiere por lo que eres, no por lo que tienes. Esas escasean, Sebastián. Y tú acabas de tirar una a la basura por una calentura de cinco minutos.
Sebastian tragó saliva. Las palabras de su tío dolían más que el grito de su padre.
—Yo… no sé cómo recuperarla. Me miró como si fuera basura. Me dijo que nunca más quería verme.
Benjamin se levantó. Caminó hasta la ventana y se quedó mirando la ciudad durante unos segundos largos. Cuando habló, su voz era baja, casi suave… pero no había debilidad en ella.
—Entonces empieza por aceptar que la cagaste. De verdad. No con excusas tontas. Acepta que le fallaste a la única persona que parecía verte más allá del apellido Scott. Y después… pelea. Pelea como si te fuera la vida en ello. Porque si de verdad la amas, no te queda otra.
Felipe suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Tu tío tiene razón. Aunque me cueste admitirlo. Esa muchacha no es cualquiera. Y tú… tú tienes que decidir si vas a ser el mismo imbécil de siempre o si por fin vas a crecer.
Sebastian se quedó sentado, con la cabeza gacha y las manos apretadas sobre las rodillas. Afuera, la ciudad seguía girando, indiferente. Dentro de su pecho, algo se había roto de una forma que ni el dinero ni el apellido podían arreglar.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuvo miedo de que ya fuera demasiado tarde.