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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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Los días dulces y la noche en que se entregó

Los días que siguieron fueron como ninguna otra época que hubieran vivido. El tiempo en el Inframundo no se medía por el sol ni por las sombras, sino por la cadencia suave de sus encuentros. Cada mañana, Perséfone entraba a la sala del trono, ya no como una extraña ni como una invitada, sino como quien vuelve a su lugar. Le llevaba la infusión, se sentaba a su lado, y hablaban de todo: de los secretos antiguos del mundo, de las estaciones que ella extrañaba, de la soledad eterna que él había cargado durante siglos sin que nadie se lo preguntara jamás.

La enfermedad de Hades retrocedía día tras día. La tos era cada vez más leve, el dolor en el pecho casi había desaparecido, y su mirada, antes nublada por el cansancio, ahora era clara y brillante. No era solo la hierba lo que lo sanaba: era la risa de ella, la certeza de no estar solo, el calor de una mano que buscaba la suya sin miedo. A veces se sorprendía mirándola y pensando que no podía ser real, que alguien tan viva, tan hermosa, tan libre, hubiera elegido quedarse con él. Y ella, al notarlo, le sonreía, y con ese gesto le decía sin palabras: Es verdad. Estoy aquí. Soy tuya.

Las tardes las pasaban recorriendo los jardines subterráneos. Perséfone señalaba las plantas, les hablaba, las tocaba con ternura, y a su paso, las flores se abrían con más fuerza, brotaban capullos nuevos, el verde se volvía más intenso. Hades la observaba, maravillado, viendo cómo la vida florecía en su reino de sombras gracias a ella. Y a veces, sin que se diera cuenta, le tomaba la mano, entrelazando sus dedos con los suyos, y caminaban así, en silencio, sin necesidad de palabras, sintiendo cómo el corazón del otro latía al mismo ritmo.

Pero llegó la noche en que todo cambió. No fue una noche de tormenta ni de presagio. Fue una noche tranquila, de luz tenue y aire suave, como si el propio palacio hubiera guardado silencio para escucharlos. Estaban en los aposentos de Perséfone, sentados juntos en el borde del lecho, con las manos entrelazadas, sin hablar, sintiendo que ya no había nada que decir que no hubiera sido dicho con miradas y caricias.

Hades la miró, y en sus ojos había un amor tan inmenso que casi dolía mirarlo.

—No tienes que hacerlo —susurró él, acariciando suavemente el dorso de su mano—. No tienes que darme nada. Ya eres suficiente. Con que estés aquí, con que me mires así… ya me has dado más de lo que merezco.

Perséfone levantó la vista y lo miró con una dulzura absoluta, con la certeza de quien sabe que ha encontrado su lugar.

—No te doy nada que no quiera dar, Hades —respondió ella suavemente—. No es sacrificio. Es elección. Te elijo a ti. Con todo lo que soy, con todo lo que tengo. Y quiero ser tuya. Completamente. Sin reservas. Sin miedos.

Se inclinó hacia él y lo besó, despacio, con una ternura que lo hizo temblar de la misma forma que aquel primer día, pero ahora el temblor no era de sorpresa, sino de deseo profundo, de amor acumulado durante siglos de soledad. Hades la rodeó con sus brazos, con infinita delicadeza, como si ella fuera algo precioso y frágil, y al mismo tiempo con la firmeza de quien sabe que no dejará ir nunca más.

Nada fue apresurado, nada fue forzado. Se entregaron el uno al otro con la lentitud de quien sabe que tienen toda la eternidad por delante. Cada caricia era una promesa, cada beso una confesión, cada roce un descubrimiento. Perséfone, la audaz, la que siempre había sido la sombra de otra, ahora tomaba el control de su propia historia, entregándose no por obligación ni por gratitud, sino porque su corazón le gritaba que era él, que siempre había sido él, que en sus brazos no era menos, era más. Mucho más.

Y Hades, el dios temido, el señor de las sombras, el que nadie se atrevía a mirar, se entregó a ella por completo, dejando caer todas sus murallas, dejando que ella viera al hombre que había debajo del título, al ser que había esperado amor desde el principio de los tiempos. No hubo sombras aquella noche. No hubo oscuridad. Solo ellos dos, y una luz suave que los envolvía, más brillante que cualquier sol del Olimpo.

Cuando amaneció —si es que se podía llamar amanecer a aquel cambio suave de luz—, Perséfone despertó acurrucada contra su pecho, escuchando el latido de su corazón, fuerte y firme, sano y libre. Hades tenía un brazo rodeándola con posesión y ternura, como si incluso durmiendo tuviera miedo de que desapareciera. Al notar que ella se movía, abrió los ojos, y la primera cosa que vio fue su rostro, y sonrió, una sonrisa completa, feliz, sin sombras, sin dudas.

—Eres mía —susurró él, besando su frente—. Verdaderamente mía.

—Y tú eres mío —respondió ella, acercándose más—. Para siempre.

Aquella noche no solo los había unido en cuerpo. Los había unido en alma. La soledad de él se había terminado. La insignificancia de ella también. Juntos, eran completos. Eran vida y muerte, sombra y luz, dos mitades que por fin habían encontrado su todo. Y mientras el Inframundo seguía su curso eterno, ellos sabían que nada volvería a ser igual. Porque el amor que habían encontrado era más fuerte que cualquier enfermedad, más fuerte que cualquier maldición, más fuerte que la muerte misma.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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