Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LO QUE EL SANGRE REVELA
El cuchillo entró en el vientre de Silvia con un sonido húmedo que me persigue cada vez que cierro los ojos.
No fue un golpe profundo. Fue superficial. Calculado. Silvia no quería morir. Quería que *creyéramos* que quería morir. Porque esa era su última carta. La carta de la víctima. La carta que había jugado toda su vida.
—¡Silvia! —grité, corriendo hacia ella.
Pero Patrick fue más rápido. La atrapó antes de que cayera al suelo, con las manos manchadas de sangre, el rostro pálido como la muerte.
—¡Llaman a una ambulancia! —gritó a su teléfono, con la voz quebrada.
Lucas, aún atado a la silla, luchaba contra las cuerdas.
—Elena, el cuchillo. Tenía otro cuchillo. En la bota.
Me giré.
Silvia estaba en el suelo, con la mano en el vientre, la sangre manchando el vestido blanco. Pero en sus ojos, no había dolor.
Había triunfo.
—Lo siento, Elena —susurró, con una sonrisa que me heló la sangre—. Pero esto no ha terminado.
Y entonces, perdió el conocimiento.
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La ambulancia llegó en cuatro minutos. Los paramédicos trabajaron rápido. Silvia fue estabilizada y llevada al hospital. Lucas fue liberado. Patrick me abrazó en medio del almacén, con la sangre de Silvia en sus manos y las lágrimas cayendo libremente.
—Estás embarazada —susurró contra mi cabello—. ¿Es verdad?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Porque sí, estaba embarazada. De tres semanas. Lo había descubierto esa misma mañana, en el baño de mi loft, con el test de embarazo en la mano y el corazón martillando. Pero no había tenido tiempo de decírselo. No había tenido tiempo de procesarlo yo misma.
—Elena —dijo Patrick, separándose para mirarme—, ¿es mío?
La pregunta me atravesó como un cuchillo.
—¿Qué?
—¿El bebé es mío? —Sus ojos grises me atravesaron—. Porque si es mío, Elena, si es mío, voy a hacer todo lo que tenga que hacer para protegerlos. A los dos. A los tres.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en dos vidas, no sentí miedo.
Sentí *esperanza*.
—Sí —susurré—. Es tuyo.
Patrick me besó. No con desesperación. No con rabia.
Con certeza.
Con la certeza de un hombre que, después de toda una vida de mentiras, finalmente había encontrado algo real.
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El hospital estaba en caos.
Silvia había sido operada. El bebé —si es que alguna vez hubo un bebé— se había perdido. Los médicos decían que estaba estable, pero que había perdido mucha sangre. Que podría no sobrevivir.
Patrick y yo estábamos en la sala de espera, con Lucas a mi lado, los tres en silencio.
—¿Qué va a pasar con ella? —pregunté finalmente.
—Si sobrevive, irá a prisión —dijo Patrick, con la voz baja—. Secuestro. Intento de asesinato. Conspiración. No va a salir en décadas.
—¿Y si no sobrevive?
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Piedad.
—Entonces habrá justicia, de alguna forma.
No respondí.
Porque no estaba segura de sentir justicia.
Estaba segura de sentir *vacío*.
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Fue entonces cuando llegó Clara.
Corriendo por el pasillo, con el cabello revuelto, los ojos llenos de lágrimas.
—Señorita Vasquez —dijo, sin aliento—, tiene que venir. Ahora.
—¿Qué pasa?
—Es Victoria. —Clara me tomó del brazo—. Quiere verla. A usted sola.
Patrick se puso de pie.
—No vas a ir sola.
—Patrick, es mi suegra. Si quiere hablar conmigo...
—Es una asesina, Elena. No es tu suegra.
Lo miré. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Miedo.
Miedo de que yo fuera.
Miedo de que no fuera.
—Voy —dije, poniéndome de pie—. Pero solo cinco minutos.
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La habitación de Victoria estaba en el piso más alto del hospital. Privada. Con guardaespaldas en la puerta. Con un monitor cardíaco que pitaba rítmicamente.
Estaba sentada en la cama, con una bata de hospital, el cabello gris desordenado, el rostro más viejo de lo que la había visto nunca. Pero en sus ojos, todavía estaba esa intensidad. Esa furia contenida. Esa determinación de mujer que nunca se rinde.
—Siéntese —dijo, sin mirarme.
Me senté.
—¿Qué quiere?
Victoria giró la cabeza. Y en sus ojos vi algo que no había visto nunca.
Lágrimas.
—Quiero pedirle perdón —dijo, con la voz quebrada—. Por su padre. Por su familia. Por todo.
No respondí.
—Sé que no merece mis disculpas. —Victoria se pasó una mano por el rostro—. Sé que voy a pasar el resto de mi vida en prisión. Sé que Marcus va a morir allí. Sé que todo lo que construí se va a desmoronar. Pero necesito que sepa algo.
—¿Qué?
—Que no ordené la muerte de su padre por ambición. —Victoria me miró, y en sus ojos vi algo que me heló la sangre—. La ordené por amor.
El aire se escapó de la habitación.
—¿Qué?
—Su padre —continuó Victoria, con la voz baja—, iba a exponer una operación que habría destruido a Sterling Holdings. Veinte mil empleos. Miles de familias. Pero no era solo eso. Su padre iba a exponer algo más. Algo que me habría destruido a mí.
—¿Qué?
Victoria cerró los ojos.
—Richard Sterling no murió hace quince años. —La frase cayó como una bomba—. Richard está vivo. Y yo lo he estado protegiendo durante quince años. Porque Richard es el padre biológico de Patrick. Y si la verdad salía a la luz, Patrick habría perdido todo. La empresa. El apellido. La herencia.
No respiré.
—Richard y yo —continuó Victoria—, tuvimos una aventura hace treinta y cinco años. Una aventura que resultó en un embarazo. Yo estaba casada con Marcus. Marcus era estéril. Así que cuando nació Patrick, Marcus aceptó criar al niño como suyo. Pero Richard... Richard quería ser parte de la vida de su hijo. Y yo no podía permitirlo. Porque si Marcus descubría la verdad, habría destruido a Patrick.
—Entonces, ¿qué hicieron?
—Richard desapareció. —Victoria abrió los ojos—. Cambió de nombre. Se fue a Buenos Aires. Y yo le prometí que, si nunca volvía, si nunca contactaba a Patrick, yo me aseguraría de que Patrick tuviera todo. La empresa. El poder. El legado.
—¿Y usted lo mantuvo vivo?
—Durante quince años. —Victoria asintió—. Le enviaba dinero. Le enviaba noticias. Le enviaba fotografías de Patrick. Pero hace cuatro años, Richard cometió un error. Se enamoró. De una mujer. Una mujer joven. Hermosa. Ambiciosa.
—Silvia.
—Sí. —Victoria cerró los ojos—. Silvia lo descubrió. Descubrió quién era Richard. Y lo usó. Lo manipuló. Lo obligó a firmar documentos que le daban control sobre Sterling Holdings. Y cuando yo lo descubrí... cuando descubrí que Silvia sabía que Richard estaba vivo... supe que tenía que actuar.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque Richard me lo prohibió. —Victoria me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto nunca. Amor. Puro. Devastador—. Richard me dijo que, si hacía algo contra Silvia, él revelaría la verdad. Que Patrick perdería todo. Y yo... yo no podía permitirlo.
—Entonces, ¿por qué mató a mi padre?
—Porque su padre —dijo Victoria, con la voz quebrada—, descubrió la verdad hace tres años. Descubrió que Richard estaba vivo. Y me chantajeó. Me dijo que, si no le daba el control de Vasquez Group, revelaría el secreto. Y yo... yo no podía permitir que Patrick perdiera todo. Así que...
No terminó la frase.
No necesitaba.
Porque yo entendía.
Entendía perfectamente.
Porque yo había hecho lo mismo.
Había destruido a Silvia para proteger a mi familia.
Victoria había destruido a mi padre para proteger a la suya.
Y en ese momento, supe que no éramos tan diferentes.
Que el amor, en las manos incorrectas, era el arma más letal que existía.
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Salí de la habitación de Victoria con las piernas temblorosas.
Patrick me esperaba en el pasillo.
—¿Qué te dijo?
No respondí.
Porque no podía decirle.
No podía decirle que su madre había matado a mi padre para protegerlo a él.
No podía decirle que su padre biológico estaba vivo.
No podía decirle que todo lo que éramos, todo lo que teníamos, venía de una mentira.
—Elena —dijo Patrick, tomándome del brazo—, ¿qué pasó?
Lo miré. Y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón.
Amor.
Puro. Devastador. Inevitable.
—Patrick —susurré—, hay algo que tienes que saber.
—¿Qué?
—Tu padre biológico —dije, con la voz quebrada—, está vivo.
El mundo se detuvo.
Patrick palideció.
—¿Qué?
—Richard Sterling no murió hace quince años. —Las lágrimas corrían libremente ahora—. Está vivo. Y tu madre lo ha estado protegiendo durante quince años. Porque si la verdad salía a la luz, tú habrías perdido todo.
Patrick se quedó quieto. Largo rato.
Y entonces, su teléfono sonó.
Lo miró. Palideció.
—Es un número desconocido.
—Contesta.
Patrick contestó. Escuchó. Y su rostro se transformó.
De shock a furia. De furia a algo que no supe catalogar.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Patrick colgó. Me miró. Y en sus ojos vi algo que me heló la sangre.
—Era Richard —susurró—. Mi padre biológico. Está en Nueva York. Y quiere verme.
Leee