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Capítulo 8
Capítulo 8 — Mi carrera la decido yo
En cuanto Adrián Del Valle comprendió que Gabriel Ferrer pensaba montar un instituto y que quería a Valeria Montes en él, su entusiasmo por «cultivar la amistad» se enfrió de golpe.
—No, no, ni pensarlo —dijo esa noche, ya de vuelta en la villa—. Estás embarazada, Vale. Tu único trabajo ahora es cuidar al bebé. Nada de laboratorios, nada de turnos, nada de estrés. El profesor lo entenderá.
—El médico dijo que los paseos y una vida activa me hacen bien —respondió ella con calma—. Y que el encierro y el aburrimiento son peores para el embarazo que un trabajo que amo.
—Ese es mi hijo —cortó él, y por un instante la máscara se le cayó entera—. No voy a arriesgarlo por un capricho tuyo.
Tu hijo. Tu ficha. Valeria Montes bajó la mirada para que él no viera lo que había en sus ojos.
Al día siguiente llegó a la mansión Del Valle el doctor Julián Ortega, el médico de cabecera de la familia que Roberto Del Valle había prometido enviar. Era un hombre de unos cuarenta años, atento y de manos suaves, que la revisó con profesionalismo y confirmó lo que ya se sabía: embarazo en curso, sin complicaciones.
—Todo en orden, señora Montes —dijo, guardando el estetoscopio—. Solo reposo y buena alimentación.
Fue entonces cuando Mónica Salazar entró en la habitación como si el aire le perteneciera.
—Doctor Ortega, ya que está aquí, quiero que le recete a mi nuera un suplemento para asegurar el embarazo. Uno fuerte. Con este primer trimestre tan delicado, nunca se es demasiado prudente. —Sonrió—. Yo misma le prepararé la bebida en la cocina. Conozco bien esas fórmulas.
Valeria Montes la observó desde la cama con una placidez fingida. Conocía esa sonrisa. Era la misma con la que, durante tres años, le había hecho tomar «suplementos para la fertilidad».
Cuando Mónica Salazar salió a «preparar la bebida», Valeria Montes pidió ir al baño y, en el pasillo, se desvió hacia la cocina.
Encontró a la señora Aguilar disolviendo un polvo en un vaso, y sobre la encimera vio el blíster de comprimidos que la suegra había dejado para triturar. Valeria Montes reconoció la marca al instante: no eran vitaminas. Era un medicamento contraindicado durante el embarazo, capaz de provocar contracciones y una pérdida gestacional.
Volvió a la habitación con el rostro sereno y esperó al doctor Ortega en el rellano, cuando este ya se marchaba con su maletín.
—Doctor. —Su voz era baja, pero cada palabra caía como una piedra—. Vi el medicamento que la señora Salazar quiere que me den. Usted también lo vio. Sabe lo que hace. —Lo miró a los ojos—. Si algo le pasa a mi bebé bajo su supervisión, no será la señora Salazar quien responda ante la ley. Será usted, con su firma en la receta.
El doctor Ortega palideció, pero no fingió no entender. La estudió un largo instante, con una expresión difícil de leer, y luego, para sorpresa de ella, asintió despacio.
—Tiene razón, doctora Montes. —Bajó la voz—. Yo no voy a recetarle nada peligroso. Le diré a la señora Salazar que su fórmula está contraindicada y que en su lugar prescribo vitaminas prenatales inofensivas. Ella no notará la diferencia. —Hizo una pausa—. Y le sugiero que, a partir de ahora, no coma ni beba nada en esta casa que no venga de sus propias manos.
Valeria Montes lo miró con nueva atención. Aquel hombre le había ofrecido protección sin que ella tuviera que arrancársela. ¿Por qué?, pensó. Pero lo dejó pasar. En su situación, un aliado no se cuestionaba; se aprovechaba.
—Gracias, doctor Ortega.
Él bajó la escalera. Ya en el jardín, lejos de miradas, sacó del bolsillo interior un pequeño vial —una muestra que había tomado durante la revisión, con la destreza de quien lo ha hecho antes— y lo guardó en un compartimento acolchado del maletín. Después marcó un número que no estaba en ninguna agenda.
—Está todo bien —dijo en voz muy baja—. La madre y el niño están sanos. Ella ya sospecha de la suegra; se defiende sola. —Escuchó un momento—. Sí. Tengo lo que pidió. Se lo llevo esta noche.
Colgó, guardó el teléfono y se alejó sin mirar atrás.
Arriba, ajena a todo, Valeria Montes preparaba su siguiente movimiento.
La confrontación llegó esa misma tarde, cuando Adrián Del Valle y Mónica Salazar la abordaron juntos en el salón para «hacerla entrar en razón» sobre el instituto.
—Una mujer embarazada no anda por ahí jugando a la científica —sentenció Mónica Salazar—. Tu deber es darle un heredero a esta familia. Nada más.
—Mi deber. —Valeria Montes se puso de pie, y por primera vez no bajó la voz—. Renuncié a estudiar en el extranjero por este matrimonio. Renuncié a mi carrera por los tratamientos, por los «suplementos», por adaptarme a la agenda de todos ustedes. Durante años. —Los miró uno a uno—. No pienso renunciar a esto también. Si la condición para seguir en esta familia es enterrarme viva, entonces prefiero el divorcio. Hoy mismo.
El silencio fue absoluto.
Fue Roberto Del Valle, que había escuchado desde la puerta, quien lo rompió.
—Déjenla trabajar. —Su tono no admitía discusión—. Una nuera con la protección del profesor Gabriel Ferrer vale más para esta familia que cualquier suplemento. —Miró a Mónica Salazar con dureza—. Y quiero que a Vale no le falte nada. Absolutamente nada. ¿Está claro?
Mónica Salazar apretó los labios. Adrián Del Valle tragó saliva.
Valeria Montes inclinó la cabeza con recato, ocultando el brillo de sus ojos.
Esa noche, sola en la villa, tomó su teléfono y escribió un solo mensaje al profesor Ferrer:
Acepto. ¿Cuándo empiezo?
Y mientras esperaba la respuesta, sacó de un cajón cerrado con llave el frasco de «suplementos para la fertilidad» que Mónica Salazar le había dado durante años y lo contempló largo rato bajo la luz de la lámpara.
Era hora de averiguar qué le habían estado dando de verdad.