Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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## Capítulo VIII
### Lucía Pereyra
Podía notar cada ápice de su odio impregnado en el aire, pero lo que de verdad me destrozaba el alma era imaginar a mi padre tras las rejas, pagando por algo que jamás cometió.
Me aparté un par de pasos hacia atrás, con el pecho agitado, sin dejar de verlo a los ojos.
—¿Qué más quieres de nosotros? —le reclamé, con la voz quebrada por la impotencia—. ¡Nos has dejado en la absoluta ruina, ya tienes todo lo que un día perteneció a mi familia! ¿Qué más demonios quieres de mí? —malditas lágrimas, siempre traicionándome y saliendo a flote justo cuando más necesito mostrar fortaleza.
Él no cambió un solo músculo de su postura rígida; al contrario, acortó la distancia con una lentitud amenazante, acercándose aún más a mí.
—Quiero verlo muerto, Lucía —escupió con un odio tan visceral, tan oscuro, que sentí que lo poco que quedaba del chico que conocí se había esfumado para siempre de su cuerpo.
—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto, Carlos? —pregunté, desesperada, mientras intentaba limpiar las lágrimas que me quemaban las mejillas.
—¡Porque tu maldito padre no tuvo ni una pizca de compasión conmigo! ¡Mis padres están muertos y enterrados por su culpa!
—¡Eso no fue su culpa! ¡Ellos chocaron solos en la carretera! —le grité con todas las fuerzas que me quedaban en los pulmones.
Parece que mis palabras terminaron por romper el último dique de su paciencia. Su mano se cerró de golpe alrededor de mi cuello, apretando con una fuerza brutal que me cortó el aire al instante. Sentí que el oxígeno desaparecía de mi garganta. Sus ojos se oscurecieron por completo, anegados en un furor ciego, y mis manos volaron de inmediato hacia sus muñecas, intentando inútilmente apartar sus dedos de acero para poder respirar.
Sin soltarme ni un solo segundo, me empujó con violencia hacia atrás, haciéndome retroceder a tropezones hasta dejarme completamente atrapada y pegada contra la pared.
La vista comenzó a sutilizarse, nublándose mientras mi cuerpo empezaba a desvanecerse en la penumbra. Parecía que él no tenía la menor intención de permitirme seguir viviendo. Una última lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla, y lo que más me dolía en ese momento límite no era el miedo a morir, sino verlo transformado en este monstruo.
*Esto es el final*, pensé con amargura. Todas las ilusiones tontas que me inventé durante estos largos años de exilio se desvanecieron de golpe. Ya no quedaba nada de fantasía; la cruel realidad me golpeaba de frente. Carlos ya no era mi amigo de la infancia, ni el chico que me amaba. Ahora era, oficialmente, mi enemigo mortal.
Sacando fuerzas de lo más profundo de mi instinto de supervivencia, alcancé a levantar una rodilla y le propiné una patada desesperada en las extremidades inferiores. El impacto lo hizo tambalearse y aflojar el agarre. Cayendo al suelo de rodillas, comencé a arrastrarme lejos de él mientras tosía violentamente, intentando desesperadamente tragar aire.
Lo sentí abalanzarse nuevamente en mi dirección, y antes de que sus manos volvieran a tocarme, grité con el alma:
—¡Aléjate de mí! —le advertí con el cuerpo entero temblando de pánico—. ¡No me toques! —le rogué, con las lágrimas desbordándose sin control por mi rostro.
Carlos se detuvo en seco a medio camino y se quedó viéndome fijamente. Por un segundo —un fugaz y doloroso segundo—, creí advertir un destello de genuino sufrimiento en su mirada antes de que esta volviera a cerrarse, transformándose otra vez en esa coraza helada y desprovista de alma que siempre usaba.
—Haré que toda tu maldita familia ruegue por tener una tregua para seguir viviendo —amenazó, volviendo a dar un paso al frente.
Retrocedí arrastrándome, intentando ponerme de pie, pero mis piernas flaqueaban y no respondían a mis órdenes; el cuerpo entero me fallaba por la falta de aire.
—Voy a causar que tu apellido entero sea solo un borroso recuerdo para este maldito mundo —terminó diciendo cuando estuvo de nuevo por completo frente a mí, inclinándose hasta quedar a mi altura.
—¡Que te alejes, te he dicho! —le grité, logrando por fin impulsarme y ponerme de pie, tambaleante.
—Ahora me pertenece absolutamente todo lo que tenga que ver con ustedes, Lucía.
—¡Te equivocas rotundamente! —le respondí mirándolo a los ojos, con el miedo latiendo con fuerza en mi corazón, pero con la voz firme—. Ya no hay absolutamente nada que me ate a ti, ni una sola razón para seguir agachando la cabeza aquí —le dije, limpiándome el rastro de lágrimas con brusquedad—. Y si crees que me vas a doblegar, estás muy ciego.
Intentó dar un paso más para tocarme, pero la rabia pudo más que el terror; alcancé a levantar la mano y le propiné una bofetada con tanta fuerza que la palma me quedó ardiendo y doliendo intensamente.
—¡En tu maldita vida... me vuelves a poner un dedo encima! ¡Nunca más vas a tener el maldito poder de pisotearme! —le escupí a la cara, sosteniéndole la mirada con un fuego renovado—. Prefiero mil veces morir antes de volver a permitir que me toques. Y con respecto a mi padre, te juro que haré lo que sea necesario, lo que esté en mis manos, para sacarlo del lío legal en el que lo metiste. Me encargaré personalmente de que mi familia siga en pie, porque para eso soy su única salida y su sostén. ¡Mi legado todavía está por verse, Carlos! —le solté, dándole la espalda con desprecio.
Giró el picaporte con torpeza, abrí la puerta de la oficina y crucé el umbral dispuesta a marcharme. Sin embargo, apenas di un par de pasos por el pasillo, mis piernas colapsaron por completo. Sentí un mareo espantoso y caí de bruces contra el suelo de baldosas duras, golpeándome fuertemente la cabeza.
Perdí la noción del tiempo y del espacio; ya no supe qué más pasó a mi alrededor. Lo único que alcancé a percibir en la penumbra de mi desmayo fue el tacto cálido de una mano conocida acariciándome suavemente la mejilla, mientras sentía que era levantada en vilo.
—No te puedes morir... maldita sea, no te atrevas a morir ahora —escuché su voz ronca y desesperada resonar como un eco lejano, justo antes de perder por completo el conocimiento.