Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 3 — Una llamada inesperada
La cama era inmensa, y yo me sentía diminuta en medio de las sábanas de seda color marfil. La habitación era hermosa: paredes en tonos crema, cortinas pesadas de terciopelo, un ventanal que daba al jardín iluminado por faroles dorados. Pero no veía nada de eso. Estaba sentada al borde del colchón, abrazándome a mí misma, temblando sin saber si era por el frío de la noche o por el hueco que se me había abierto en el pecho.
Cedric. Julieta. Las dos personas que más amaba en el mundo me habían destrozado de la peor forma posible. Cerré los ojos, intentando borrar la imagen que me perseguía: sus cuerpos entrelazados, sus risas, la traición escrita en cada gesto. Llevaba horas ahí, sin poder dormir, sin poder dejar de llorar en silencio, para que nadie en esa casa se enterara de mi dolor.
Pensé en llamar a mi madre. María Elena. Ella siempre tenía la respuesta, siempre tenía un abrazo y una palabra de aliento para mí. Cada vez que las cosas salían mal, su voz era mi refugio. Quería escucharla decir «todo va a estar bien, hija». Quería contarle lo ocurrido, que me dijera qué hacer. Pero miré el teléfono y dudé. Era tarde. Casi las tres de la madrugada. No quería despertarla, no quería asustarla. Mañana, me dije. Mañana la llamo y voy a verla. Ella sabrá cómo arreglarlo todo.
Me levanté y caminé hacia el pequeño baño privado de la habitación. Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar las huellas de las lágrimas. Al mirarme al espejo, apenas me reconocí: ojos hinchados, piel pálida, una expresión de vacío que nunca había visto en mí.
—Eres fuerte —susurré a mi reflejo, aunque no me lo creía—. Vas a salir de esta.
Regresé a la habitación y me acosté de nuevo, esperando que el sueño por fin me venciera. Pero el descanso no llegó. No tardé en quedarme sumida en un estado de semivigilia, entre pesadillas y sobresaltos, donde las caras de Cedric y Julieta se mezclaban con la de mi madre, llamándome, pidiéndome que corriera.
Y entonces, el teléfono sonó.
El sonido, agudo e insistente, cortó el silencio de la madrugada como un cuchillo. Me incorporé de un salto, el corazón disparado contra las costillas. La pantalla iluminada mostraba un número desconocido, sin contacto guardado. Fruncí el ceño. ¿Quién llamaba a las cuatro y media de la mañana?
—¿Hola? —respondí, con la voz ronca y temblorosa.
Al otro lado del hilo hubo un silencio breve, luego una voz masculina, grave, seria, que no reconocí.
—¿Jessica Márquez? —preguntó, sin saludar.
—Sí… soy yo. ¿Quién habla? —un escalofrío me recorrió la espalda—. ¿Qué ocurre?
—Le hablo del hospital central de la ciudad. Lamento darle una noticia muy difícil —el hombre hizo una pausa, y yo sentí que el aire me faltaba—. Su madre, María Elena Márquez, ha fallecido hace poco menos de una hora. Llegó al hospital tras un paro cardíaco y no pudimos reanimarla.
Las palabras llegaron a mí, pero tardaron en encajar. Fallecido. Paro cardíaco. No pudimos. Sonaban absurdas, imposibles. Mi madre estaba bien. La había visto hacía apenas tres días, habíamos tomado café juntas, se había reído cuando le conté sobre los preparativos de la boda. No podía ser.
—No… —susurré, negando con la cabeza, como si él pudiera verme—. No, se equivocan. Mi madre está bien. Debe de haber un error.
—Lo lamento mucho, señorita. La identificación coincide. María Elena Márquez, de cuarenta y ocho años. Es la única familiar registrada en sus documentos. Necesitamos que venga al hospital para los trámites correspondientes.
Colgó. No recuerdo si dije algo más. El teléfono se deslizó de mis dedos y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Me quedé inmóvil, mirando la nada, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo mis pies por segunda vez en una sola noche.
Mi madre. Mi pilar. La persona que siempre estaría ahí. Se había ido. Y yo no había estado con ella. No le había dicho adiós. No le había contado aún lo de Cedric, lo de Julieta, lo rota que estaba por dentro. Y ahora… ya nunca podría hacerlo.
Un sollozo me desgarró el pecho, tan fuerte que dolió físicamente. Me dejé caer al suelo, abrazándome las rodillas, y lloré con una desesperación que no sabía que era posible. En cuestión de horas había perdido mi futuro esposo, mi hermana… y ahora a mi madre. Todo lo que era mío se había esfumado.
No supe cuánto tiempo pasé así, hecha un ovillo en el suelo, hasta que un suave toque en la puerta me sobresaltó.
—¿Jessica? —la voz de Cristóbal, baja y cautelosa, se escuchó al otro lado—. Escuché un ruido. ¿Estás bien?
Quise responder, pero no me salieron palabras. Solo un gemido ahogado. La puerta se abrió lentamente y Cristóbal asomó la cabeza. Al verme en el suelo, pálida y con el rostro empapado en lágrimas, entró de inmediato, acercándose a mí con paso rápido pero sin brusquedad.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, arrodillándose frente a mí, sus ojos verdes llenos de alarma—. Jessica, dime, ¿qué te duele?
Levanté la vista hacia él, viéndolo a través de un manto de lágrimas, y alcancé a balbucear, con la voz rota:
—Mi madre… Cristóbal, mi madre ha muerto.
Se quedó inmóvil un instante, como si el impacto de la noticia lo detuviera. Luego, sin dudarlo, extendió los brazos y me atrajo hacia sí, envolviéndome en un abrazo firme, cálido, que me sostuvo cuando yo me sentía caer. Apoyó su barbilla sobre mi cabeza y me dejó llorar contra su pecho, sin decir nada, solo sosteniéndome, transmitiéndome una fuerza que no tenía por qué tener.
—Lo siento muchísimo, Jessica —susurró finalmente, con una voz llena de una compasión tan genuina que me hizo llorar con más fuerza—. Lo siento con toda el alma. No estás sola. Te prometo que no estás sola.
Y en medio de la oscuridad, de la pérdida y el dolor más grande que había conocido, esa abrazo fue lo único que me mantuvo a flote. No sabía entonces que la muerte de mi madre no era un accidente, ni un simple infarto. Que detrás de esa noticia se ocultaban años de secretos, de mentiras cuidadosamente guardadas, de verdades que cambiarían todo lo que creía saber sobre mi familia.
Pero en ese momento, solo podía sentir el vacío. Y la certeza aterradora de que mi vida, tal como la conocía, había terminado.