Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 19
La mañana se hizo eterna. Cada minuto era una tortura de espera. Repasé los informes, contesté llamadas, hice todo lo posible por mantener la mente ocupada.
Faltaban diez minutos para la una cuando todo se desmoronó.
La puerta del despacho de Ernesto se abrió de golpe, y una voz que reconocería entre mil atravesó el ambiente como un cuchillo.
—¡Papá! ¿Sabes lo que me enteré?
León.
Mi corazón se paralizó.
Entró como un vendaval, con esa arrogancia de siempre, esa forma de moverse como si el mundo le perteneciera. Llevaba ropa de diseño, el cabello perfectamente despeinado, y una sonrisa de superioridad que me revolvió el estómago.
Cuando me vio, se detuvo en seco.
Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, lenta, deliberadamente, con ese desprecio que tan bien conocía. Y entonces, su sonrisa se torció.
—¿Qué hace esta aquí?
preguntó, dirigiéndose a nadie en particular.
— ¿Desde cuándo contratan gordas en recepción?
Sentí que la sangre hervía en mis venas. Pero antes de que pudiera responder, una voz grave y furiosa retumbó detrás de mí.
—¿Qué dijiste?
Geovanny había salido de su oficina. Su rostro era una máscara de ira contenida, los ojos grises convertidos en tormenta. Se acercó a su hermano con paso firme, y cuando estuvo frente a él, repitió:
—¿Qué dijiste de ella?
León soltó una risa burlona.
—Ah, ¿es tuya? ¿La gorda esta trabaja para ti? Pues deberías revisar las políticas de contratación, hermanito. Esta gente no da buena imagen.
No vi el movimiento, pero lo sentí. Geovanny empujó a su hermano contra la pared con una fuerza que hizo temblar los cuadros.
—Vas a pedirle disculpas
dijo, con una voz tan baja como peligrosa.
—Ahora mismo.
León intentó soltarse, pero Geovanny era más grande, más fuerte, más furioso.
—¿Disculparme, A ella?
se burló.
—Pero si es una...
—Cállate.
La voz de Ernesto Valverde tronó en toda la oficina. Los dos hermanos se separaron inmediatamente. El patriarca estaba en la puerta de su despacho, con el rostro pálido de ira.
—León, a mi oficina. Ahora.
—Pero papá...
—¡Ahora!
León me lanzó una última mirada de odio antes de desaparecer tras la puerta. Ernesto me miró a mí, y en sus ojos vi vergüenza, pesar.
—Lo siento mucho, Romina
dijo.
— Esto no volverá a pasar. Se lo aseguro.
Luego miró a Geovanny, y algo en su expresión cambió. Un destello de algo que no supe identificar. ¿Orgullo, Sorpresa?
—Tú, quédate aquí
ordenó, y cerró la puerta.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Me di cuenta de que temblaba. De que las lágrimas amenazaban con desbordarse. De que el mundo giraba a mi alrededor de manera extraña.
—Romina
la voz de Geovanny llegó a mí como desde muy lejos.
— Romina, mírame.
Levanté la vista. Sus ojos grises estaban llenos de preocupación, de rabia contenida, de algo más que no me atreví a nombrar.
—Vamos a salir de aquí
dijo.
— ¿Me oyes? Vamos a salir.
mi amiga Laura apareció a mi lado, sujetándome por un brazo.
—Yo me quedo
dijo.
— Tú llévatela. Necesita salir de aquí.
Geovanny asintió. Me rodeó con un brazo, su calor penetrando mi piel helada, y me guió hacia los ascensores. Caminé como una autómata, sin pensar, sin sentir, solo dejándome llevar por su fuerza.
Salimos del edificio. El aire fresco de la calle me golpeó el rostro, pero no fue suficiente. Las piernas me flaquearon. El mundo se nubló.
—Abre el coche
escuché que decía Geovanny, urgente.
— Romina, aguanta, ya casi...
Quise responder, quise decirle que estaba bien, que solo era un mareo. Pero las palabras no salieron. Mis piernas cedieron. Y entonces, sus brazos me atraparon antes de que tocara el suelo.
Lo último que vi antes de cerrar los ojos fueron sus ojos grises, llenos de pánico.
Y luego, la oscuridad.
––––
Desperté en una habitación blanca. Luces fluorescentes. Olor a antiséptico. El pitido rítmico de una máquina.
Una clínica. Estaba en una clínica.
Intenté incorporarme, pero una mano firme me lo impidió.
—Quieta
la voz de Geovanny, ronca, temblorosa.
— Estás bien. Pero tienes que estar quieta.
Lo miré. Estaba sentado a mi lado, con el rostro desencajado, el traje arrugado, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos miles de veces.
—¿Qué pasó?
pregunté, con la voz rasposa.
—Te desmayaste. Te traje aquí. Llevas dos horas inconsciente.
—¿Dos horas?
intenté levantarme de nuevo.
—Dios mío, el trabajo, tu padre...
—Al diablo el trabajo
cortó él, con una intensidad que me dejó sin aliento.
— Al diablo todo. Solo importas tú.
Sus palabras flotaron en el aire entre nosotros. Pesadas. Cargadas de significado.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y entró una doctora. Mujer mayor, de aspecto serio, con una carpeta en las manos.
—Señorita Valera
dijo, con una sonrisa profesional.
— Bienvenida de vuelta al mundo. ¿Cómo se siente?
—Confundida
admití
— ¿Qué pasó?
La doctora me miró, luego miró a Geovanny, y luego volvió a mirarme.
—¿Quiere que hablemos a solas?
preguntó.
—No
intervino Geovanny antes de que pudiera responder.
— Lo que tenga que decir, puede decirlo delante de mí.
La doctora dudó un segundo, pero luego asintió.
—Muy bien. Señorita Valera, le hemos hecho unos análisis. Por el desmayo, por los síntomas que describió el señor Valverde. Y hemos encontrado algo.
El corazón se me paralizó.
—¿Qué?
susurré.
La doctora tomó aire y soltó la noticia que cambiaría nuestras vidas para siempre.
—Está embarazada. Aproximadamente de seis semanas.
El mundo se detuvo.
Seis semanas. La noche de graduación. El hombre sin rostro.
Embarazada.
Miré a Geovanny. Su rostro había palidecido por completo. Sus ojos grises estaban fijos en mí, abiertos de par en par, llenos de algo que no supe identificar.
—¿Está segura?
preguntó él, con una voz que no parecía la suya.
—Completamente
respondió la doctora
—La prueba de sangre es concluyente. Señorita Valera, va a ser madre.
No escuché nada más. Las palabras se diluyeron en un zumbido que llenó mis oídos. Madre. Embarazada. Seis semanas.
El hombre sin rostro me había dejado un regalo. Un regalo que cambiaría mi vida para siempre.
Y cuando levanté la vista, cuando mis ojos se encontraron con los de Geovanny, vi algo en su mirada que no esperaba.
Vio miedo, sí. Vio confusión. Pero también vi otra cosa. Vi certeza. Como si, de alguna manera, él ya lo supiera. Como si, de alguna manera, él fuera parte de esto.
—Doctora
dijo Geovanny, con una voz que se esforzaba por mantener firme.
— ¿Podemos tener un momento a solas?
La doctora asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio que quedó fue absoluto.
Geovanny se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Sus manos temblaban. Su respiración era agitada.
—Geovanny
dije, sin saber qué más decir.
Se detuvo. Me miró. Y entonces, como si hubiera tomado una decisión, se acercó a la cama y se arrodilló frente a mí. Tomó mis manos entre las suyas, y cuando habló, su voz era un susurro roto.
—Romina, tengo que decirte algo. Algo que tendría que haberte dicho hace mucho tiempo. Y después de esto, puedes odiarme, puedes echarme, puedes hacer lo que quieras. Pero necesitas saber la verdad.
Mi corazón latía tan fuerte que creí que se saldría de mi pecho.
—¿Qué verdad?
pregunté.
Me miró directamente a los ojos. Esos ojos grises que me habían desarmado desde el primer día. Y dijo:
—La noche de tu graduación, en ese bar, cuando te pusieron algo en la copa... yo estaba allí. Escuché el plan de León. Te seguí, y en esa habitación. Y cuando intentaba irme... me quede.
El mundo se paralizó.
—Fuiste tú...
susurré.
— Esa noche... fuiste tú.
—Sí
confesó, con la voz rota.
— Y la otra noche, en el hotel, también fui yo. Entré a tu habitación porque no pude evitarlo. Porque te he deseado desde el primer día que te vi en la universidad. Porque llevo cuatro años enamorado de ti, Romina. Cuatro años.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera controlarlas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
pregunté.
— ¿Por qué me dejaste pensar que era un sueño?
—Porque soy un cobarde
admitió.
— Porque tenía miedo de que me odiaras. Porque estoy atrapado en una mentira con Camila que construí para contentar a mi padre. Porque no merezco que me mires como me miras ahora.
Solté una de mis manos y la llevé a mi vientre. Aún plano, aún sin cambios, pero ya habitado. Ya con vida.
—Este bebé
dije.
— Es tuyo.
Geovanny cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas.
—Lo sé
susurró.
— Y haré lo que sea, Romina. Lo que sea. Si quieres que me vaya, me iré. Si quieres que me quede y me haga cargo, lo haré. Si quieres denunciarme, lo aceptaré. Solo... solo dime qué quieres.
Lo miré. A ese hombre que había pasado cuatro años observándome desde lejos. Que me había salvado de su propio hermano. Que me había amado en la oscuridad. Que me había hecho sentir hermosa cuando yo solo veía defectos.
—No lo sé
respondí con honestidad.
— Necesito tiempo. Necesito procesar todo esto.
Él asintió, comprensivo.
—Tómate el tiempo que necesites. Pero quiero que sepas una cosa, Romina.
Apretó mis manos con fuerza.
—No voy a dejarte. Pase lo que pase, no voy a dejarte. Eres mía. Este bebé es mío. Y voy a luchar por ustedes aunque me cueste la vida.
Sus palabras, dichas con esa voz, con esa mirada, penetraron en lo más profundo de mi ser.
Pero estaba llena de dudas, de enojo, me había mentido todo el tiempo y no sabía cómo sentirme con el.
Continuara...