«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 11: La preparación para la guerra
El eco de la amenaza de su padre flotó en el aire del estudio durante horas. Dayana sabía que Arturo Logan no tenía el poder financiero de Nolan Cross, pero el orgullo de un patriarca herido y la manipulación constante de Vanessa podían ser combustibles muy peligrosos. Una demanda por fraude o una impugnación legal de la transferencia de las acciones, aunque terminara perdiéndose en los tribunales, abriría una brecha de especulación en la bolsa de valores. Y si había algo que Nolan Cross detestaba más que la incompetencia, era la inestabilidad en sus negocios.
El verdadero problema era cómo decírselo.
Nolan no era un hombre al que se le pudiera exigir algo, y mucho menos pedirle que se rebajara a participar en un patético drama familiar. Para él, Richard y Vanessa eran hormigas a las que ya había aplastado bajo su bota; volver a cruzar palabra con ellos en una cena privada rayaba en lo absurdo.
Dayana pasó el resto de la tarde ensayando sus argumentos. No quería sonar desesperada, ni mucho menos desamparada. Tenía que presentarlo como lo que era: un cabo suelto corporativo que debía ser atado.
A las nueve de la noche, tras enterarse por Sebastián de que el magnate había regresado a la mansión y se encontraba en su despacho principal del ala oeste, Dayana decidió romper por primera vez el protocolo de distancia. Caminó por el pasillo central, cruzando la línea invisible que dividía sus mundos, y se detuvo ante las imponentes puertas de roble oscuro.
Respiró hondo y llamó dos veces con firmeza.
—Adelante —la voz grave y profunda de Nolan llegó desde el interior.
Al abrir, Dayana se encontró con un espacio envuelto en penumbra, iluminado únicamente por las luces de la ciudad que entraban por el gran ventanal y una lámpara de escritorio de diseño italiano. Nolan estaba sentado detrás de su mesa de cristal, rodeado de pantallas con gráficos bursátiles y documentos legales. Se había quitado la corbata y los primeros dos botones de su camisa blanca estaban abiertos, dándole un aire de peligroso desparpajo.
Nolan levantó la vista. Sus ojos grises se entrecerraron al verla invadir su territorio, pero no mostró molestia. Solo una fría curiosidad.
—Dayana. Supongo que cruzar el pasillo a estas horas significa que ha surgido un inconveniente —dijo, dejando una pluma estilográfica sobre la mesa.
—Mi padre llamó esta tarde —comenzó ella, avanzando con paso seguro y deteniéndose a unos metros del escritorio— Reorganizaron la cena de compromiso de Richard y Vanessa para este fin de semana. Exige que asistamos juntos.
Nolan soltó una breve risa seca, despectiva.
—¿Tu padre de verdad cree que tengo tiempo para cenar con los restos de la empresa Harrison? Mi agenda no incluye caridad con los caídos, Dayana. Dile que no iremos.
—Si no vamos, iniciará un proceso legal para impugnar el traspaso de mis acciones bajo el argumento de que nuestro matrimonio es una farsa legal —explicó ella, manteniendo la voz firme y la mirada fija en esos ojos grises— Sé que tus abogados pueden destruirlo en un juicio, Nolan. Pero una batalla legal de esa naturaleza expondría nuestro contrato a la luz pública y desestabilizaría las acciones de la fusión que acabas de congelar. Vanessa está detrás de esto; quiere forzar un error.
Nolan guardó silencio. Su mirada se volvió inescrutable mientras procesaba la información. Dayana esperó una respuesta tajante, una negativa rotunda o una orden para que sus abogados se encargaran del asunto de inmediato.
Sin embargo, para su absoluta sorpresa, la tensión en la mandíbula de Nolan se relajó sutilmente y una sombra de fría diversión cruzó sus facciones.
—Tu familia es verdaderamente persistente en su propia destrucción —murmuró Nolan, reclinándose en su silla ejecutiva— Creen que nos han tendido una emboscada, pero solo nos están facilitando el trabajo. Muy bien, Dayana. Acepto. Iremos a esa cena.
Dayana parpadeó, desconcertada por la rapidez de su rendición.
—¿De verdad? —preguntó, sin poder ocultar su asombro.
—Un buen estratega nunca rechaza una invitación al terreno del enemigo si sabe que tiene las mejores armas —sentenció Nolan, sus ojos brillando con una luz calculadora— Cortaremos esa cabeza legal antes de que puedan siquiera redactar la demanda. Pero... —Nolan se puso de pie, rodeando el escritorio con esa elegancia felina que lo caracterizaba, deteniéndose a escasos centímetros de ella— mi asistencia tiene una condición.
Dayana sintió que el pulso se le aceleraba ante su cercanía, pero obligó a su cuerpo a no retroceder.
—¿Qué condición?
—Mañana por la noche, antes de la cena familiar del fin de semana, es la gala benéfica de la Fundación Alden —recordó Nolan, su voz bajando a un tono barítono que vibró en el pecho de Dayana— Será nuestra primera aparición oficial como esposos ante la alta sociedad del país. Para ese evento, no usarás nada de lo que Jeanine seleccionó hoy. Usarás un vestido que yo mismo he seleccionado exclusivamente para ti. Llegará a tus habitaciones mañana por la tarde. Quiero que el mundo entienda exactamente qué significa ser una Cross antes de que entremos a la casa de tu padre. ¿Tenemos un trato?
Dayana lo observó, intentando descifrar el juego de poder en sus palabras. Llevar algo elegido por él era una entrega simbólica de control, pero también era parte del pacto.
—Tenemos un trato, señor Cross —respondió ella con un sutil destello de desafío en los ojos.
La noche siguiente, la Mansión Cross estaba sumergida en una atmósfera de alta tensión. El gran vestíbulo principal, con sus suelos de mármol negro brillantes como espejos, aguardaba en silencio. Nolan Cross ya se encontraba abajo, de pie junto a la escalinata flotante.
Lucía un esmoquin a la medida de tres piezas en color negro absoluto; la camisa blanca perfectamente almidonada y una pajarita de seda completaban un atuendo que lo hacía lucir como la definición misma del poder aristocrático. Ajustó los gemelos de oro de sus puños, mirando de reojo su reloj de bolsillo.
Eran las siete y media. El auto ya esperaba afuera.
En ese momento, el suave sonido de una puerta abriéndose en la planta superior rompió la quietitud del lugar. Luego, el eco rítmico y pausado de unos tacones altos contra el suelo de madera del pasillo del ala este comenzó a aproximarse.
Nolan levantó la cabeza, su rostro manteniendo la habitual máscara de hielo con la que dominaba el mundo de los negocios.
Dayana apareció al inicio de la gran escalinata flotante.
El vestido que Nolan había enviado era una obra de arte de la alta costura nocturna: un diseño de seda pesada en color azul noche, tan oscuro que por momentos parecía negro. El corpiño, de un corte asimétrico impecable, abrazaba sus curvas con una precisión milimétrica, mientras que una sutil pero elegante abertura en la falda revelaba la línea de su pierna con cada paso. El corte de cabello bob asimétrico que se había hecho el día anterior estaba peinado con un acabado húmedo y pulido, y sus labios de un rojo quemado profundo eran el único toque de color audaz en su figura. No llevaba más joyas que la alianza de platino y unos pequeños pendientes de diamantes que Nolan también había incluido en la caja.
Dayana comenzó a descender los escalones de mármol con una lentitud calculada, sosteniendo la mirada del magnate. Su postura era la de una soberana ascendiendo al trono, desprovista de cualquier rastro de la timidez o la sumisión que alguna vez la habían caracterizado.
Nolan ve a Dayana bajar las escaleras con el vestido y, por primera vez, su mirada de hielo se quiebra por la fascinación. Sus ojos grises, usualmente fijos y calculadores, se dilataron ligeramente mientras recorrían cada centímetro de la figura de la mujer que caminaba hacia él. La rigidez profesional de su postura pareció flaquear ante la magnética y peligrosa belleza que él mismo había ayudado a esculpir. Por un instante efímero pero perceptible, el Emperador de Hielo se quedó sin palabras, dándose cuenta de que la sumisa heredera que había rescatado de la lluvia se había convertido en un arma letal... y estaba completamente bajo su nombre.
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