A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 9
Cap 9: La trampa del paquete
El miércoles siguiente, a las once y media, sonó el celular de Camila con un número desconocido.
—¿Bueno?
—Camila. Soy Brisa.
Camila apoyó la cinta sobre el lavabo. Salió del baño. Se sentó.
—No es un buen momento.
—Espera. No es para pelear. Es de la abuela.
—Habla.
—Encontré unos papeles en el cuarto de mi mamá. Documentos viejos. Una credencial de hace años, una libreta del banco, fotos. Si mi mamá se entera, los rompe. No te los puedo llevar al departamento porque ella me tiene vigilada. Te dejo un paquete en la mensajería del mercado del 5. Pasa hoy a recogerlo. Antes de las dos. Yo me voy a las tres a Cuernavaca. Si no lo recoges hoy, va a parar al basurero.
—¿Por qué me los das?
—Porque si la abuela se muere sin que tú tengas esos papeles, vas a llegar tarde a cosas que necesitas.
—¿Qué cosas?
—No es por teléfono.
Brisa colgó.
* * *
Camila se quedó con el teléfono en la mano. La probabilidad estadística de que fuera trampa era alta. Pero la abuela había dicho "júrame San Andrés". La abuela había dicho que había cosas. La idea de que en el cuarto de Soraya hubiera papeles funcionaba como un anzuelo perfecto precisamente porque era el anzuelo que Brisa la había visto morder desde niña.
Decidió ir igual. No por confianza en Brisa. Por la posibilidad de que, esta vez, la mentira tuviera adentro una verdad.
* * *
El local de mensajería estaba en la esquina del mercado, junto al puesto de pollos rostizados. Un señor flaco con cachucha de equipo de futbol.
—Buenas tardes. Vengo por un paquete a nombre de Camila Lazcano.
—¿Identificación?
Camila firmó. Le pasaron una caja del tamaño de un libro grueso, envuelta en papel de estraza. Salió. Cruzó dos puestos. Compró un kilo de tomate verde para tener algo en la mano que pareciera mandado normal. Tomó la calle de regreso.
* * *
A dos cuadras del mercado, oyó el motor.
Era una patrulla de tránsito que se le acercó por detrás. Bajó la ventana del copiloto. Un oficial joven, con cara de buena gana.
—Buenas tardes, señorita. Pare un momento.
Camila se detuvo. Sintió el peso exacto de la caja dentro del bolso.
—¿Pasa algo, oficial?
—Una revisión de rutina. Estamos pidiendo a los peatones que nos enseñen lo que llevan.
Camila supo, en ese segundo, exactamente lo que iba a pasar.
—Adelante.
Abrió el bolso. El oficial sacó las bolsas de tomate verde, después el monedero, después la caja.
—¿Qué es?
—No lo sé. Acaban de entregármelo en la mensajería del mercado.
—¿No lo abrió?
—No.
—¿Lo va a abrir conmigo?
—Lo abro con quien usted me diga.
El oficial cortó el cordón con una navaja pequeña. Adentro, un libro hueco, viejo —una novela de bolsillo vaciada con un cúter—. Dentro del hueco, tres bolsitas de plástico transparente con polvo blanco.
* * *
—¿Esto es suyo?
—No.
—La voy a tener que detener para revisión.
—Entiendo.
* * *
La sala de espera de la delegación olía a Pinol y a café reciente. Le habían quitado la bolsa, el teléfono, la credencial. Le habían dicho que tenía derecho a una llamada. Llamó a Fer.
—Fer. Estoy en la delegación de la Cuauhtémoc. Brisa.
—Voy.
—Necesito un abogado.
—Voy con el de la oficina de orientación. Voy ya. No hables con nadie. No firmes nada.
—Fer. Sin escándalo. No le llames a la abuela.
—Cami. Yo sé.
Camila colgó. Se sentó en la banca de fierro. La luz fluorescente zumbaba.
Una hora. Una hora y media.
* * *
Al cabo de la hora cuarenta, el aire de la sala cambió. Damián Tejada entró por la puerta de cristal acompañado de Mauricio.
Llevaba el mismo tipo de traje del día del pasillo. No miró a Camila al entrar. Fue directo al mostrador. Habló bajo. Mauricio le pasó un papel a la oficial. La oficial llamó al subdelegado por radio.
En cinco minutos la atmósfera tensa cambió. Un par de uniformados se acomodaron la camisa. Alguien apagó la radio.
A los diez minutos, Damián se acercó. Se sentó en la banca al lado de Camila, no demasiado cerca.
—Hola.
—Hola.
—¿Te hicieron daño?
—No. ¿Cómo supo?
—Lupita. Me dejó el día de la constancia un teléfono "por si algo". La oficial del mostrador me llamó cuando vio tu nombre porque mi gente le había pedido que avisara si entrabas en algún registro. No tengo opinión sobre si eso te molesta o no. Tendrás tiempo de decírmelo después.
Camila lo miró sin reírse pero con el labio inferior un milímetro arriba.
—¿Tu gente vigila a todas las mujeres que conoces?
—No.
—¿Solo a una?
—Solo a una.
—¿Por qué?
—Esa la respondo en persona, no en banca de delegación. ¿Te parece?
—Trato.
—Trato.
—¿Quieres contarme lo que pasó?
—Me llamó Brisa Lazcano. Hace dos horas. Me dijo que tenía papeles de mi abuela. Me mandó a la mensajería del mercado. Adentro había un libro hueco.
—Ya entendí.
—¿Va a poder sacarme?
—Sí. El subdelegado va a aceptar que aportes lo de la llamada para que abran una carpeta paralela contra Brisa por simulación delictiva. A ti te liberan en menos de cuarenta minutos.
—Gracias.
Pausa.
—Damián.
—Dime.
Le llamó por el nombre por primera vez, en voz alta, despacio. El nombre cabía en la lengua.
—¿Cómo se mete usted en estas cosas?
—Las cosas se meten conmigo.
—No es lo mismo.
—No. Pero a veces se parecen.
* * *
A los cuarenta minutos exactos, la oficial de mostrador llamó el apellido. Le devolvió el bolso, el teléfono y la credencial. Le hizo firmar un acta de liberación sin cargos. Le devolvió la mirada con una décima de respeto que antes no estaba.
—Cuídese, señorita.
—Gracias.
Salió de la delegación a las cuatro y media. Fer la esperaba del otro lado de la calle con un termo de café. Cuando vio a Damián acompañándola, abrió los ojos demasiado.
—Comadre —murmuró Fer al llegar—. Comadre, comadre, comadre.
—Después.
Damián se detuvo en la banqueta.
—Acompáñalas a casa de la señora.
—Sí, licenciado.
—No quiero apoyo logístico —dijo Camila.
—No es apoyo. Es paranoia. La que te mandó esto no se conformó con esto. Mauricio se queda afuera del edificio hasta que se haga de noche.
—Trato.
Damián inclinó la cabeza apenas. Caminó hasta el coche blindado. La ventana trasera no bajó. El coche arrancó.
—Cami —murmuró Fer—. Ese hombre te acaba de sacar de la cárcel y te dijo que te dejaba un guardaespaldas en la puerta, todo en el mismo párrafo, sin pestañear.
—Sí.
—¿Y todavía me dices que es un amigo?
Camila no contestó. Apoyó la cabeza en el hombro de Fer un segundo. Después se enderezó.
—Vámonos.
* * *
Esa noche, Camila se sentó en la cama y abrió la libreta donde llevaba la cuenta. Nunca había llevado una. Empezó esa noche.
> "Tejada — 2 veces. Sin pedir nada a cambio. En mi experiencia, eso significa una de dos cosas: o quiere algo después, o es de verdad diferente. Las dos opciones me asustan. La segunda más."
Cerró la libreta. La puso bajo la almohada. Apagó la lámpara.
Afuera, en la banqueta, Mauricio Ortega encendió el primer cigarro de los muchos que se iba a fumar esa noche.