Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — La primera noche en la Villa
No pude pegar un ojo.
Di vueltas en esa cama demasiado grande hasta que el reloj marcó la medianoche y el estómago me recordó que, entre la serpiente, la caída y las humillaciones, no había comido casi nada en todo el día de mi propia boda.
Me puse una bata y bajé a la cocina en puntas de pie, tanteando las paredes de la casa dormida.
En la cocina, para mi sorpresa, había alguien despierto. Don Quique, sin el saco del uniforme, calentaba agua en una tetera bajo la luz tenue de la campana.
—Señora. —Se sobresaltó apenas—. ¿No puede dormir?
—Tengo hambre —confesé, y me dio un poco de risa lo humano que sonaba eso—. ¿No tendrán algo por ahí que pueda…?
—En el congelador hay empanaditas. Las hace doña Petra y las guarda. —Me señaló con la cabeza—. Sírvase, señora, está usted en su casa.
*En mi casa. Si él supiera.*
Saqué la bandeja de empanaditas congeladas y prendí la sartén. Don Quique se quedó un momento, revolviendo su té, mirándome de reojo con esa cara de quien lleva callado demasiado tiempo y necesita soltarlo con alguien.
—Señora —dijo por fin, bajito—. ¿Le puedo decir una cosa? De Toñito.
—Claro, don Quique.
—El niño es travieso, ya lo vio usted. Un torbellino. Pero no es malo. —Bajó todavía más la voz—. Lo que pasa es que… nació prematuro. Muy antes de tiempo, el pobrecito. Estuvo semanas en una de esas cajitas de vidrio del hospital, entre la vida y la muerte. Salió adelante, gracias a Dios, pero quedó delicado. Se enferma de nada. Una corriente de aire y le sube la fiebre. Por eso en esta casa lo cuidamos como a un cristal.
Me quedé con la espumadera en el aire.
*Prematuro. Delicado.*
Todo se me reacomodó de golpe. La sobreprotección de Damián. El terror de doña Herminia. El "si hubieras aplastado al niño" del altar, que yo había leído como pura crueldad y que ahora, apenas, empezaba a entender de otra manera.
—No lo sabía —murmuré.
—Nadie se lo dijo, claro. —Don Quique dejó la taza—. Pero usted es la que lo va a criar ahora, señora. Me pareció que debía saberlo. Buenas noches.
Y se retiró, dejándome sola con las empanaditas chisporroteando y la cabeza dándome vueltas.
Las serví en un plato, me senté en el banco de la isla y le di el primer mordisco. Estaban ricas. Calientes. Reconfortantes de esa manera tonta en que la comida consuela cuando nada más lo hace.
—¿No te da miedo engordar, con lo poco que tienes encima?
Pegué un brinco y casi tiro el plato. Damián estaba apoyado en el marco de la puerta, a media penumbra, con un pantalón de dormir y una camiseta, los brazos cruzados. No lo había oído bajar.
—Casi me mata del susto —solté, con la mano en el pecho—. Segunda vez en la noche. ¿Es de familia asustar a la gente?
Algo que no llegó a ser una sonrisa le cruzó la cara. Se acercó a la isla y se quedó mirando el plato.
—¿Quiere? —le pregunté, y empujé el plato un poco hacia su lado—. Hay de sobra.
Dudó. Un hombre acostumbrado a mandar, dudando delante de un plato de empanaditas congeladas a medianoche. Al final agarró una y le dio un mordisco de pie, sin sentarse del todo, como si sentarse a mi lado fuera demasiado compromiso.
Comimos en silencio un rato. Un silencio raro, no del todo hostil.
—¿Dónde aprendiste a cocinar? —preguntó de pronto, sin mirarme.
—En la universidad. —Me encogí de hombros—. Hacía prácticas en una agencia, salía tardísimo, y a esa hora ya no había nada abierto ni nadie esperándome con la comida hecha. Así que aprendí a arreglármelas sola. Una sartén, lo que hubiera en la heladera, y a comer parada como ahora.
Asintió despacio, masticando. Por un instante no fue el señor Valcárcel del estudio, el del cuerpo de estudiante de primaria y las reglas frías. Fue apenas un hombre cansado comiendo a deshoras en su cocina, como cualquiera.
—Están buenas —dijo, y agarró la segunda.
*Vaya. Una frase amable. Anótalo en el calendario, Renata, que no se repite.*
Y por un segundo, uno solo, la cosa fluyó casi cómoda, casi normal, casi como si fuéramos dos personas que podrían llegar a soportarse.
Duró lo que dura un segundo.
Un grito rasgó la casa desde arriba.
Un alarido agudo, de niño, de esos que te levantan del piso antes de que el cerebro entienda nada. Damián soltó la empanadita. Yo ya estaba corriendo escaleras arriba, la bata volando, el corazón en la boca.
—¡Toñito! —Empujé la puerta de su cuarto.
El niño se retorcía entre las sábanas, dormido todavía, atrapado en una pesadilla. Sudaba. Movía la cabeza de un lado a otro y de su boquita salían palabras rotas, en el filo del sueño.
—Mamá… —balbuceó—. Mamá… no te vayas… mamá…
Algo se me movió dentro del pecho. Fuerte. Hondo. Un tirón en un lugar que no sabía que tenía.
*Mamá.*
Me senté en el borde de su cama sin pensarlo, le puse la mano en la frente empapada, le acomodé el pelito hacia atrás.
—Ya, mi amor —le susurré—. Ya, aquí estoy. Fue un sueño. Ya pasó.
Toñito abrió los ojos.
Y me vio a mí.
Por un instante eterno nos miramos, él saliendo del sueño, yo con la mano todavía en su frente. Y entonces su carita se descompuso, la boca se le torció, y rompió a llorar. Más fuerte. Mucho más fuerte que antes.
—¡No! ¡Tú no! —chilló, apartándome la mano de un manotazo—. ¡Quiero a mi papá! ¡Vete, tía fea! ¡Vete!
Retiré la mano como si me hubiera quemado.
Damián entró en ese momento. Vio al niño hecho un mar de lágrimas, me vio a mí sentada en el borde de la cama con la mano en el aire, y sacó sus conclusiones en medio segundo.
—Lo asustaste —dijo, cortante, y ya se estaba agachando a levantar a Toñito.
—Yo no… tenía una pesadilla, yo solo…
—¿Qué haces aquí, a estas horas, encima de él? —Alzó al niño, que se le colgó del cuello y escondió la cara, sollozando "papá, papá"—. Lo tenías tranquilo dormido.
—¡Estaba gritando! —Me puse de pie, la voz me tembló—. Subí porque lo oí gritar. Damián, yo… —Se me llenaron los ojos—. Soy una chica joven. Tampoco tengo experiencia cuidando niños. No sé todavía cómo…
—Pues aprende.
Lo dijo seco. Definitivo. Sin mirarme, meciendo a Toñito contra su pecho con una ternura que a mí jamás me tocaría.
—Aprende —repitió, más bajo—. Es lo único que te pedí.
Y salió del cuarto con el niño en brazos, dejándome sola en medio de la habitación a oscuras, con las manos vacías y la garganta cerrada.
Volví a mi cuarto. Cerré la puerta despacio, para que nadie oyera. Y ahí, recién, con la cara contra la almohada, me dejé llorar en silencio todo lo que no había llorado en la iglesia, ni en el auto, ni en el estudio.
*Mamá. Me llamó mamá dormido. Y despierto me odia.*
*Está bien. Está bien, Renata. El niño nació prematuro. Está delicado. Tiene miedo de todo, hasta de mí. No es su culpa. Y yo voy a aprender. Voy a aprender aunque me cueste la piel.*
Lloré hasta quedarme seca y me dormí sin darme cuenta.
A la mañana siguiente, temprano, cuando bajé a desayunar con los ojos todavía hinchados, Damián ya estaba vestido de traje, listo para irse. Sin saludar, dejó sobre la mesa, junto a mi taza, una hoja impresa.
—El horario de Toñito —dijo—. Todo está ahí. Cúmplelo al minuto.
Tomé la hoja. Era una planilla. El día del niño partido en casillas, minuto a minuto: despertar, desayuno, jardín de infancia, clase de piano, tareas, merienda, hora de televisión, baño, cuento, dormir. Cada cosa con su horario exacto, sin un hueco por donde respirar.
Bajé el dedo por la columna hasta que se me heló.
Recoger a Toñito del jardín de infancia: cuatro y media de la tarde.
*Cuatro y media. A esa hora yo estoy en plena reunión en la Agencia. En pleno cierre. Todos los días.*
Levanté la vista para decírselo. Pero Damián ya se había puesto el saco y caminaba hacia la puerta, dando la conversación por terminada antes de empezarla.