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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA PRIMERA SEMANA DE CLASES

El lunes llegó por fin. El día que Lía había soñado durante años, desde que era una niña que dibujaba pizarras en las paredes de su habitación pequeña, prometiéndose que cuando creciera, daría a otros lo que a ella le faltó. El sol apenas empezaba a asomarse cuando ella se levantó, temblando de emoción y nervios, se puso su vestido más sencillo y limpio, se peinó con cuidado y se miró en el espejo de la habitación de la mansión. Hoy empiezo, pensó. Hoy empieza de verdad.

Llegó media hora antes de la hora de apertura, con una caja de lápices de colores nuevos bajo el brazo y el corazón latiéndole tan fuerte que creía que se le saldría del pecho. Abrió las puertas de la escuela, y el aire fresco de la mañana entró junto con ella, llenando el lugar de luz y de esperanza. Acomodó las sillas, revisó que cada pupitre tuviera un cuaderno en blanco, y se paró en la entrada, esperando.

Poco a poco empezaron a llegar. Veinticinco niños, de entre seis y siete años, con mochilas viejas y zapatos gastados, pero con los ojos brillantes de curiosidad y nerviosismo. Algunos iban solos, otros de la mano de sus madres, que se detuvieron un momento, mirando la fachada blanca y luminosa con desconfianza y asombro. Lía salió a recibirlos, se arrodilló a su altura para estar a la misma mirada, y les sonrió con toda su alma.

— Bienvenidos —les dijo con voz suave y cálida, extendiendo la mano a los más tímidos—. Soy la señorita Lía. Y este año vamos a aprender, a jugar, a leer cuentos maravillosos, a escribir nuestros nombres y nuestras historias… y sobre todo, vamos a ser una gran familia. ¿Les parece bien?

Los niños asintieron, tímidos pero ya más relajados. Uno de los más pequeños, con una camiseta rota y una expresión seria, se acercó despacio y le entregó una flor seca que había recogido en el camino. Ella la tomó como si fuera el regalo más valioso del mundo, se la puso en el bolsillo de su delantal y le dio las gRacias con una sonrisa que lo hizo sonreír a él también.

Dante estaba en la puerta trasera, observando sin ser visto, apoyado en el marco con los brazos cruzados. No quería interrumpir, no quería que su presencia los intimidara. Solo quería verla a ella. Y lo que vio le llenó el pecho de una calidez que no conocía, una emoción tan profunda que casi le dolía. Lía no solo enseñaba. Escuchaba. Se agachaba para mirarlos a los ojos cuando hablaban. Les acariciaba la cabeza cuando alguien se ponía nervioso. Les daba lápices nuevos, cuadernos limpios, y sobre todo… les daba atención. Esa atención sincera, esa mirada que decía tú importas, que muchos de ellos no recibían en sus casas.

Durante el recreo, los niños salieron corriendo al patio, riendo y persiguiéndose, y ella se quedó con los más callados, sentada en el césped, escuchándolos. Cuando se acercó a él, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillando de felicidad, corrió hacia él y lo abrazó sin dudarlo, sin importarle que la vieran.

— ¡Fueron maravillosos, Dante! —le dijo, con la voz entrecortada de emoción—. ¡Tan dulces, tan curiosos! Uno me trajo una flor… ¡y me miró como si yo fuera lo más importante del mundo! ¡Ya quiero que sea mañana para volver a verlos! Tienen tanta sed de cariño… tanto que dar… solo necesitan que alguien les crea.

Él la abrazó con fuerza, rodeándola con sus brazos como siempre hacía, y la miró con una admiración que iba mucho más allá del amor.

— Y tú fuiste magnífica, maestra. Los mirabas como si cada uno fuera especial. Y lo son. Tú los haces sentirlo. Nadie los habría recibido como tú lo hiciste. Nadie.

— Lo son —respondió ella sin dudar, con sinceridad absoluta—. Ellos son el futuro. Si les damos amor y educación, si les enseñamos que pueden soñar más allá de lo que ven en su barrio… quién sabe qué personas maravillosas pueden llegar a ser. No quiero que crezcan pensando que su lugar ya está escrito. Quiero que sepan que pueden elegir.

Dante tomó su mano y la besó, sintiendo orgullo y asombro a la vez.

— Tú eres extraordinaria, ¿lo sabías? No cualquiera haría lo que haces. No cualquiera da tanto sin esperar nada a cambio. Llegaste aquí con las manos vacías y estás llenando el mundo.

— Tú me enseñaste a hacerlo —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos con ternura—. Tú me diste seguridad. Me diste valor. Me enseñaste que merezco estar aquí. Y ahora yo… quiero darles eso a ellos. Que sepan que también merecen estar aquí. Que merecen ser felices.

Esa tarde, mientras regresaban juntos a casa en el coche, Lía no dejó de hablar de ellos, de sus nombres, de lo que cada uno le había contado, de los dibujos que le habían hecho. Dante escuchaba cada palabra con atención, feliz de verla así, viva, entera, cumpliendo su destino. Y mientras conducía, pensó en todo lo que había vivido hasta entonces: el dinero, el poder, las guerras de negocios, las alianzas rotas, las personas que solo querían sacar algo de él. Y entendió algo que le cambió la vida: nada de eso importaba tanto como ver a la mujer que amaba brillar con luz propia, haciendo exactamente lo que nació para hacer. Su sueño no era una carga. Era su mayor tesoro. Y él… él tenía el privilegio de sostenerle la lámpara mientras ella lo hacía realidad.

— Te quiero, Lía —le dijo de pronto, tomándole la mano mientras el coche avanzaba hacia el atardecer—. Más de lo que creí posible.

Ella le apretó la mano, sonriendo tranquila, segura, feliz.

— Y yo a ti, Dante. Gracias por creer en mí antes de que yo misma creyera.

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