Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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La Tormenta de la Confesión
La noche cayó sobre el castillo con la fuerza de una ventisca. En la cámara real, el ambiente estaba cargado de una tensión tan densa que el aire parecía casi irrespirable.
Anastasia ingresó en la habitación tras haber dejado a Óscar al cuidado de sus aposentos privados, habiéndole administrado una infusión relajante. Al cruzar el umbral, la reina se detuvo de golpe.
Nataniel no vestía sus ropajes cómodos. Permanecía de pie junto a la chimenea apagada, de espaldas a la puerta, con la túnica militar puesta y la espada corta al cinto. Su figura parecía la de un ejecutor esperando en las sombras.
—Nataniel... —comenzó a decir ella, sintiendo una punzada de alarma en el estómago al percibir la rigidez metálica de sus hombros.
El rey se giró lentamente. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos azules ardían con un veneno de rabia, dolor y humillación retenida que Anastasia reconoció de inmediato. Era la misma mirada previa a la tragedia del acantilado.
—¿Dónde habéis estado, Anastasia? —preguntó el monarca con una voz peligrosamente baja, rasposa y fría.
—Estaba atendiendo unos asuntos en el ala este... —respondió ella, intentando mantener la calma y la voz firme.
—¿Atendiendo asuntos? —repitió Nataniel con una risa amarga y corta que sonó como el chocar de dos espadas—. ¿O debería decir consolando a vuestro querido conde?
Anastasia ahogó un aliento. Comprendió al instante que Nataniel los había visto.
—Nataniel, por favor, escucha... —pidió ella, dando un paso hacia él con las manos extendidas—. No es lo que estás pensando. Te aseguro que lo que viste tiene una explicación...
—¡Basta de explicaciones! —estalló el rey, dando un paso agigantado hacia ella que hizo retumbar las maderas del piso—. ¡Los vi! ¡Los vi con mis propios ojos en el corredor! ¡Veo cómo lo sostienes, cómo lo abrazas con una desesperación y una ternura que a mí jamás me dedicaste voluntariamente hasta que te acorralé con mis demandas!
—¡Eso no es verdad! —se defendió Anastasia, sintiendo que las lágrimas de frustración quemaban en sus ojos—. ¡Te he entregado mi corazón, Nataniel! ¡Te he demostrado en este lecho y en este palacio que eres el único hombre al que amo!
—¡Entonces por qué sigues huyendo a sus brazos! —rugió Nataniel, desnudando toda la agonía y la inseguridad que le carcomían el espíritu—. ¡Pensé que habías cambiado! ¡Pensé que la sonrisa del altar y la pasión de esta cama eran reales! Pero solo eres una actriz experta, ¿verdad? Me das tu cuerpo para mantener contento al rey tirano mientras tu alma y tus lágrimas siguen perteneciendo a ese maldito conde del sur. ¡Dime la verdad de una vez! ¡Dime que lo amas a él y que a mí solo me tienes lástima y temor!
Las acusaciones injustas, la ceguera obsesiva de su esposo y la desesperante repetición de los errores del pasado colmaron finalmente el vaso de la paciencia de Anastasia. La reina, que había soportado el peso del viaje en el tiempo, la responsabilidad de salvar vidas y el secreto aplastante de su amigo para no dañar a nadie, no pudo contenerse más.
El cansancio emocional y la rabia contenida detonaron dentro de ella.
—¡CÁLLATE! —gritó Anastasia con todas las fuerzas de sus pulmones, una voz tan potente y desgarradora que apagó el rugido de la ventisca fuera de los ventanales.
Nataniel se congeló de golpe, parpadeando desorientado ante la reacción inédita de su esposa. Jamás en toda su vida la había escuchado alzar la voz de esa manera.
Anastasia caminó directamente hacia él, encarándolo cara a cara, temblando de rabia y con las lágrimas corriendo desbordadas por sus mejillas.
—¡Estoy harta de tus inseguridades enfermizas! —le gritó a centímetros de su rostro, golpeando con la mano el pecho de la armadura del rey—. ¡Estoy harta de que me acuses de ser una mentirosa y una falsa cuando he dado cada aliento de mi vida para cuidar de ti y de este reino! ¿Quieres la verdad, Nataniel? ¿Quieres saber por qué abrazaba a Óscar en el pasillo? ¡¿Quieres saber por qué lloraba como un niño destruido?!
Nataniel la miraba mudo, con la mandíbula apretada y el aliento atrapado en la garganta.
—¡ÓSCAR NO ME AMA A MÍ! —estalló la reina entre sollozos furiosos, rompiendo finalmente la promesa de silencio para salvar la cordura de su matrimonio—. ¡Óscar jamás me ha mirado como a una mujer! ¡Óscar no quiere mi lecho ni mi corazón! ¡Lo estaba abrazando porque se le estaba rompiendo el alma en mil pedazos al ver al hombre que ama con otra!
Nataniel parpadeó, completamente descolocado.
—¿De qué... de qué estás hablando? —alcanzó a formular el rey con la voz quebrada.
—¡Óscar está perdidamente enamorado de un hombre de esta corte! —gritó Anastasia, mirándolo con una fiera desesperación—. ¡Y la única razón por la que ha guardado silencio, la única razón por la que llora en la penumbra y por la que yo protejo su secreto es porque sabe que si la verdad sale a la luz, el mundo y tus malditas leyes lo destruirán! ¡El hombre al que Óscar ama con toda su alma es el comandante Bruno! ¡Tu mejor amigo!