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La Vida De Un Escritor Otaku

La Vida De Un Escritor Otaku

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:311
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

La vida de un escritor otaku

Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.

Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.

Todo cambia una noche en Akihabara.

Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.

Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.

Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.

La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una desición inesperada

Aquella noche apenas pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, las mismas preguntas volvían a mi cabeza.

¿Se quedarían?

¿O simplemente se marcharían cuando terminara la semana?

No sabía por qué me afectaba tanto.

Las conocía desde hacía apenas seis días.

Seis días.

No era mucho tiempo.

Y, sin embargo, durante esos pocos días mi vida había cambiado por completo.

Cuando finalmente amaneció, me levanté de la cama sintiéndome agotado.

Me miré en el espejo.

—Tengo una cara horrible...

Tenía unas ojeras bastante marcadas y mi mirada seguía mostrando la tristeza que había intentado ocultar la noche anterior.

Me vestí y salí de mi habitación.

Al bajar las escaleras escuché algunos ruidos provenientes del comedor.

Cuando llegué, vi a Akane preparando el desayuno.

Izumi estaba sentada frente a la mesa, mirando su teléfono.

Akane levantó la mirada al verme.

—Buenos días, Saito.

—Buenos días.

Mi voz sonó más apagada de lo normal.

Akane pareció notarlo.

—¿Dormiste bien?

—Más o menos.

Se acercó y me entregó una taza.

—Te preparé café.

—Gracias.

Tomé la taza y me senté.

El aroma del café llenó el comedor.

Normalmente aquello habría sido suficiente para mejorar mi humor.

Esta vez no.

Akane se sentó frente a mí.

—Sobre lo de ayer...

La miré.

—¿Sí?

Parecía querer decir algo.

Pero antes de que pudiera continuar, desvié la mirada hacia la taza.

—No tienes que decir nada.

—Pero...

—Está bien.

Akane se quedó callada.

No quería presionarla.

Si ellas habían decidido marcharse, no podía obligarlas a quedarse.

Aunque no quisiera aceptarlo.

Izumi había estado observándonos desde el otro lado de la mesa.

Finalmente dejó el teléfono.

—Saito.

—¿Qué?

—No puedes seguir así.

Levanté la mirada.

—¿Así cómo?

Izumi suspiró.

—Con esa cara.

—¿Qué tiene mi cara?

—Parece que se murió alguien.

Akane la miró sorprendida.

—Izumi...

—No estoy intentando ser cruel.

Izumi me observó directamente.

—Pero tampoco puedes ponerte así por dos chicas que apenas conoces desde hace seis días.

Sentí algo dentro de mí.

No era enojo exactamente.

Era frustración.

—¿Y qué quieres que haga?

Izumi pareció sorprendida por mi respuesta.

—No sé...

—¿Que simplemente vuelva a mi vida anterior?

Me levanté de la mesa.

—¿Como si nada hubiera pasado?

Las dos se quedaron en silencio.

—He estado solo durante mucho tiempo.

Mi voz comenzó a temblar ligeramente.

—Muchísimo tiempo.

Bajé la mirada.

—Me acostumbré a despertarme solo.

A comer solo.

A trabajar solo.

A pasar días enteros sin hablar con nadie.

Miré a las dos.

—Pensaba que estaba bien.

Izumi no dijo nada.

—Pero entonces ustedes aparecieron.

Respiré profundamente.

—Y por primera vez en mucho tiempo empecé a sentirme diferente.

Akane bajó lentamente la mirada.

—Cada mañana me levantaba y sabía que ustedes estaban aquí.

Miré alrededor del comedor.

—Escuchaba sus voces.

Las veía jugando en la sala.

Preparando comida.

Discutiendo por alguna tontería.

Sonreí ligeramente.

—Incluso cuando Izumi me molestaba.

—Oye.

Por primera vez aquella mañana apareció una pequeña sonrisa en mi rostro.

Pero desapareció rápidamente.

—Me sentía acompañado.

Las dos permanecieron completamente calladas.

—Tal vez pedirles que se queden sea algo egoísta.

Apreté las manos.

—Lo sé.

Miré a Akane.

—No quiero que sientan que tienen que quedarse porque yo esté triste.

Después miré a Izumi.

—Pero tampoco quiero que sigan huyendo de un lugar a otro.

Izumi abrió ligeramente los ojos.

—Si están escapando de alguien...

Me quedé en silencio unos segundos.

—Tarde o temprano alguien podría hacerles daño.

Ninguna respondió.

—O podrían encontrarlas.

Mi voz se volvió más seria.

—Incluso podrían terminar teniendo problemas con las autoridades.

Akane bajó la cabeza.

—Y...

Tragué saliva.

—Eso me dolería mucho más que volver a estar solo.

Las dos levantaron la mirada al mismo tiempo.

No esperaban aquella respuesta.

—Podria volver estar solo, pero no saber que les pasó algo.

Akane parecía completamente sorprendida.

Izumi tampoco encontraba palabras.

—Por eso...

Respiré profundamente.

—Quiero que esten bien no volver a verlas como cuando nos conocimos.

Nadie dijo nada.

El silencio se volvió incómodo.

Finalmente tomé mi taza de café.

Me dirigí hacia la cocina.

—Tengo que ir a la firma de libros.

Akane se levantó rápidamente.

—Saito, espera...

Pero ya estaba buscando mi cartera.

Saqué algo de dinero y lo dejé sobre la mesa.

—Aquí tienen.

Akane miró el dinero.

—¿Para qué?

—Por si quieren comer algo mientras estoy fuera.

—Pero...

—Nos vemos después.

—Saito...

No escuché lo que Akane intentó decir.

O quizá simplemente no tuve el valor de hacerlo.

Tomé mis cosas y salí de casa.

La puerta se cerró detrás de mí.

---

El camino hasta Akihabara fue más silencioso de lo habitual.

Intentaba pensar en la firma de libros.

Era un día importante para mí.

Mi primera firma.

Debería estar emocionado.

Y una parte de mí lo estaba.

Pero otra seguía pensando en las chicas.

¿Había hablado demasiado?

¿Las había presionado?

¿Había sido injusto con ellas?

No tenía ninguna respuesta.

Cuando llegué al centro comercial, Yamada ya estaba esperando.

Al verme, su expresión cambió.

—Saito.

—Buenos días.

Yamada me observó durante unos segundos.

—¿Tuviste una mala noche?

—Algo así.

—Tienes unas ojeras enormes.

—Gracias por mencionarlo.

Yamada soltó una pequeña risa.

Pero inmediatamente volvió a mirarme con preocupación.

—¿Qué pasó?

—Nada importante.

—No parece que sea nada.

Caminamos juntos hacia la librería Shoten.

—Ayer estabas emocionado por la firma.

—Lo sigo estando.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

Me quedé callado.

Yamada me conocía desde hacía un par de años.

Probablemente podía notar que algo estaba mal.

Pero nunca había sido una persona que hablara demasiado de su vida privada.

—Digamos que mi vida está un poco patas arriba.

Yamada levantó una ceja.

—Eso sí que es una respuesta extraña viniendo de ti.

—Lo sé.

—¿Tiene que ver con una chica?

Me detuve durante un instante.

Yamada sonrió.

—No hace falta ser detective.

Suspiré.

—No quiero hablar de eso.

—Está bien.

Yamada no insistió.

—Pero recuerda que puedes contarme las cosas si alguna vez lo necesitas.

—Gracias.

Continuamos caminando.

Al poco tiempo llegamos a la librería.

Habían preparado una pequeña zona para la firma.

Había mesas, sillas y varios ejemplares de mis novelas.

Y, para mi sorpresa, también había varias personas esperando.

Adolescentes.

Estudiantes universitarios.

Algunos adultos.

Incluso había personas que sostenían varias copias de El sueño de un gran futuro.

Me quedé observándolos.

—Son más de los que esperaba.

Yamada sonrió.

—Te dije que la novela estaba creciendo.

Respiré profundamente.

—Entonces vamos.

---

Las primeras horas pasaron lentamente.

Una persona tras otra se acercaba.

—Me encanta su novela.

—Muchas gracias.

Firmaba el ejemplar.

—¿Podría escribir mi nombre?

—Claro.

Y continuaba con el siguiente.

Algunos lectores me contaban brevemente qué había significado la historia para ellos.

Otros simplemente sonreían nerviosos.

Una chica de secundaria sostenia el libro contra su pecho antes de acercarse.

—Su protagonista me ayudó mucho.

Me quedé quieto por un segundo.

—¿De verdad?

Ella asintió.

—Cuando sentía que no podía hacer nada con mi vida, leí su historia.

Sonrió.

—Gracias.

No supe qué responder.

Finalmente sonreí.

—Gracias a ti por haberlo leído.

La chica se marchó feliz.

Yo me quedé mirando cómo se alejaba.

Entonces recordé las palabras de Yamada del día anterior.

Alguien puede estar leyendo las páginas y pensando que todavía es posible seguir adelante.

Quizá no había escrito aquella historia en vano.

Pero aun así, mi mente volvía constantemente a casa.

A Izumi.

A Akane.

A la posibilidad de que estuvieran preparando sus cosas para marcharse.

—Saito.

La voz de Yamada me sacó de mis pensamientos.

—¿Sí?

—Sonríe un poco.

—¿Eh?

—Mira a tu alrededor.

Señaló discretamente a las personas que esperaban.

—Toda esta gente se tomó la molestia de venir hasta aquí para conocerte.

Miré nuevamente a los lectores.

Tenía razón.

No podía recibirlos con aquella expresión.

—Entendido.

Intenté cambiar mi actitud.

Sonreí.

—Muchas gracias por venir.

A partir de ese momento traté de concentrarme completamente en la firma.

Hablé con los lectores.

Firmé libros.

Respondí preguntas sobre mis personajes.

Incluso terminé riéndome con algunas de las personas que se acercaron.

Por unas horas conseguí olvidarme de mis problemas.

Cuando finalmente terminó el evento, estaba agotado.

Me levanté de la silla y estiré los brazos.

—Terminamos.

Yamada comenzó a guardar algunos documentos.

—¿Quieres ir a tomar algo?

—¿Ahora?

—Sí.

—Quizá otro día.

Yamada me miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—Está bien.

Guardé mis cosas.

Me disponía a marcharme cuando Yamada habló.

—Saito.

Me detuve.

—¿Sí?

Yamada me miró seriamente.

—No importa qué esté ocurriendo en tu vida.

No dije nada.

—Siempre voy a escucharte.

Parpadeé.

—No porque seas mi escritor.

Hizo una pequeña pausa.

—Ni porque yo sea tu editor.

Sonrió.

—Sino porque quiero ser tu amigo.

Sentí algo cálido en el pecho.

—Y no importa lo que sea que estés pasando...

Yamada continuó.

—Voy a apoyarte.

Durante unos segundos no pude responder.

Después sonreí ligeramente.

—Gracias, Yamada.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo que hacerlo.

Yamada soltó una pequeña risa.

—Entonces nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Salí de la librería.

Esta vez mi expresión era un poco diferente.

Seguía preocupado.

Pero las palabras de Yamada habían conseguido aliviar algo de aquella presión.

---

Durante el camino de regreso a casa pasé frente a un 7-Eleven.

Me detuve.

Era el mismo lugar donde había encontrado a Izumi y Akane.

Las vi en mi memoria.

Las dos sentadas afuera.

Cansadas.

Hambrientas.

Sin saber adónde ir.

Recordé aquella primera conversación.

El momento en que les compré comida.

El instante en que les ofrecí quedarse en casa.

Y luego recordé algo más.

La semana.

Solo habíamos acordado una semana.

Seguí caminando.

Pero aquellos recuerdos permanecieron en mi cabeza durante todo el trayecto.

Cuando finalmente llegué a casa, introduje la llave y abrí la puerta.

—Ya llegué.

No obtuve una respuesta inmediata.

Entré.

Entonces escuché música.

Fruncí el ceño.

—¿Qué...?

Avancé unos pasos.

Y me quedé completamente sorprendido.

La sala y el comedor estaban decorados.

Había comida sobre la mesa.

Bebidas.

Incluso algunos pequeños adornos.

Parecía que estaban preparando una fiesta.

Izumi estaba colocando algunas cosas sobre la mesa.

Akane llevaba un plato hacia el comedor.

Cuando me vio, sonrió.

—Bienvenido a casa, Saito.

—¿Qué están haciendo?

Las dos se miraron.

Akane dejó el plato sobre la mesa.

—Estamos celebrando.

—¿Celebrando qué?

Akane sonrió.

—El día que nos conocimos.

Me quedé inmóvil.

—¿Nuestro primer día?

—Sí.

—Pero...

No entendía nada.

Akane se acercó.

—También queríamos celebrar otra cosa.

—¿Qué cosa?

Akane respiró profundamente.

Entonces sonrió.

—Entendimos que encontramos a alguien que nos necesita.

Mi corazón dio un vuelco.

—Y que quiere que estemos con él.

Sentí que todo lo que había estado pensando durante el día desaparecía de repente.

—Entonces...

No pude terminar la frase.

Akane asintió.

—Nos quedamos.

Mis ojos se abrieron.

Durante unos segundos no dije absolutamente nada.

Después sentí una enorme felicidad.

Intenté contenerla.

Realmente lo intenté.

Pero era imposible ocultarla.

Una sonrisa apareció en mi rostro.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Las dos?

—Las dos —respondió Izumi.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Gracias.

—No tienes que agradecer —dijo Akane.

—Pero...

Sonreí.

—Gracias.

Izumi cruzó los brazos.

—Aunque hay una condición.

La miré.

—¿Cuál?

—No quiero que si algún día nos vamos vuelvas a ponerte así.

—¿Así cómo?

—Como esta mañana.

Hizo una pausa.

—No quiero que te suicides por dos chicas.

Me quedé completamente congelado.

—¿Qué?

Akane se llevó una mano a la boca para contener la risa.

—Izumi...

—¿Qué? Es mejor dejarlo claro.

—No voy a suicidarme.

—Más te vale.

—Solo...

Me quedé pensando.

—Solo quiero seguir sintiéndome como me he sentido estos últimos días.

Miré a las dos.

—Y quiero que ustedes estén bien.

Mi voz se suavizó.

—Quiero que sean felices.

Izumi se quedó inmóvil.

Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.

—¿Por qué dices esas cosas así de repente?

—¿Qué cosas?

—Eso de querer que seamos felices.

Sonreí.

—¿Acaso es malo?

—No.

Izumi desvió la mirada.

—Pero eres demasiado directo.

—¿No eras tú la que quería que dijera lo que pienso?

—¡No exactamente!

Akane comenzó a reír.

—Izumi se puso roja.

—¡Akane!

—Es verdad.

—No estoy roja.

—Sí lo estás.

Las observé a las dos.

Y entonces empecé a reír.

—Supongo que todo volvió a la normalidad.

Izumi me miró.

—Hace unas horas parecías completamente destruido.

—No me lo recuerdes.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy feliz.

Izumi sonrió.

—Jajaja.

Akane también comenzó a reír.

Por primera vez desde la mañana sentí que podía respirar tranquilamente.

La fiesta improvisada continuó.

Comimos.

Hablamos.

Incluso brindamos con bebidas sin alcohol por nuestro primer encuentro.

No era una celebración especialmente grande.

Pero para mí significaba mucho.

Porque, después de aquellos seis días...

Ya no tenía que preocuparme por despertar al día siguiente y encontrar la casa vacía.

---

Más tarde, cuando llegó el momento de dormir, los tres nos quedamos unos minutos en el sillón.

Entonces recordé algo.

—Ah, cierto.

Las dos me miraron.

—Como van a quedarse más tiempo...

Señalé el segundo piso.

—Cada una puede ocupar una habitación.

Akane parpadeó.

—¿De verdad?

—Sí.

—Pero hasta ahora compartíamos una.

—Lo sé.

Sonreí.

—Pero si van a quedarse, creo que lo mejor es que cada una tenga su propio espacio.

Izumi sonrió de una manera sospechosa.

—¿Así que ahora podremos ocupar habitaciones separadas?

—Sí.

—Entonces...

Me miró directamente.

—¿Eso significa que puedo meterme en tu cama?

—¿Qué?

Me puse rojo inmediatamente.

Akane la tomó del brazo.

—¡Izumi!

—¿Qué?

—¡Deja de hacer ese tipo de bromas!

—Solo estaba preguntando.

—No estabas preguntando.

—Bueno, quizá un poco.

—¡Izumi!

Yo no sabía dónde mirar.

—Buenas noches.

Me di la vuelta rápidamente.

Las escuché reír detrás de mí.

—Buenas noches, Saito —dijo Akane.

—Buenas noches.

Subí las escaleras.

Antes de entrar en mi habitación, escuché a Izumi decir:

—Ya volvió a la normalidad.

Akane soltó una pequeña risa.

—Sí.

Sonreí.

Después entré en mi habitación.

Por primera vez en toda la noche no sentía preocupación.

Solo felicidad.

---

Cuando las chicas finalmente se fueron a dormir, bajé hasta el baño de la planta baja.

Preparé la bañera y entré lentamente en el agua caliente.

Cerré los ojos.

El cansancio de todo el día comenzó a desaparecer.

Pensé en la mañana.

En mis palabras.

En el camino hacia la firma.

En los lectores.

En Yamada.

Y finalmente en lo que había encontrado al regresar.

Una fiesta.

Las dos esperándome.

Y una decisión que no esperaba escuchar.

—Se quedan...

Sonreí.

Durante mucho tiempo había pensado que la soledad era algo con lo que simplemente debía aprender a vivir.

Pero ahora sabía que no quería volver a ella.

No todavía.

Quizá tampoco nunca.

Me recosté un poco más en la bañera.

—Supongo que esta casa ya no es solo mi casa.

Era una sensación extraña.

Pero agradable.

Y mientras cerraba los ojos, una pequeña sonrisa permaneció en mi rostro.

Por primera vez desde que Izumi y Akane habían aparecido en mi vida...

Podía dormir tranquilo.

Sabía que al despertar ellas seguirían allí.

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