Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 24
Capítulo 24: La reclusa que sabe
Entre la pulsera recuperada y el rastro nuevo que había dejado la golpiza en la bodega, sentía que mi vida entera se había convertido en un expediente que no terminaba de cerrarse nunca. Dora me buscó la semana siguiente. No esperaba volver a saber de ella nunca, y mucho menos con ese tono meloso que usó en el mensaje: Hola, Renatita. Cuánto tiempo. ¿Nos vemos por los viejos tiempos?
Reconocí el nombre de inmediato. Compañera de celda durante mi condena en Guadalajara, parte del grupo que Dora había liderado dentro, el mismo que me dejó las cicatrices que todavía cargaba en el antebrazo, escondidas bajo mangas largas incluso en pleno verano. No tenía ninguna intención de verla por nostalgia.
Fui de todos modos. Necesitaba saber qué quería.
Le marqué a Julián antes de salir, no para pedirle que me acompañara, sino para que supiera dónde estaba, por si algo salía mal.
—¿Estás segura de esto? —me preguntó, con esa preocupación suya que ya no me molestaba tanto como antes—. Esa mujer te hizo mucho daño, Renata.
—Lo sé. Por eso mismo tengo que ir.
—Mándame la ubicación, y si en una hora no me escribes, voy para allá.
—No hace falta que...
—Renata. Una hora.
Colgué sin discutirle, guardándome, en el fondo, un poco de calma extra por saber que alguien estaría pendiente.
Caminé las últimas dos cuadras a pie, dejando el auto con chofer una calle antes, como si necesitara sentir el ruido de la colonia —los puestos de tacos, la música de una tienda de abarrotes, los niños jugando fútbol en la calle— para recordarme que ese mundo también era el mío, no solo el de Polanco y las oficinas con vista panorámica. Antes de prisión jamás hubiera notado ese contraste. Ahora lo llevaba clavado en la piel, como todo lo demás.
—————
Nos vimos en un café discreto de una colonia popular, lejos de cualquier mirada que pudiera reconocerme. Dora llegó con el mismo aire desafiante de siempre, aunque los años y la libertad la habían suavizado un poco por fuera: el pelo teñido de un rubio barato, unas uñas largas pintadas de rojo que golpeteaban la mesa sin descanso.
Se sentó frente a mí con la misma tranquilidad de quien no le debe explicaciones a nadie. Pidió un café con mucha azúcar, vació tres sobrecitos seguidos sin dejar de revolver, y me miró de arriba abajo antes de hablar.
—Te ves bien, Renatita —dijo—. Mejor que la última vez que te vi.
—¿Qué quieres, Dora?
—Directa. Me gusta. —Sonrió, a medias—. Quiero platicarte algo que sé, que tú seguramente ya sospechas, pero que yo puedo confirmarte con pruebas.
—¿Por qué no vas directo al grano?
—Porque me gusta ver tu cara cuando te pones nerviosa —dijo, disfrutando cada segundo—. Sigues siendo la misma de adentro, Renatita. Solo que ahora traes ropa cara.
Sentí el estómago revolverse, ese nudo viejo y conocido que todavía me visitaba cada vez que alguien mencionaba la cárcel sin cuidado. Apreté la servilleta de papel bajo la mesa hasta que se me quedaron los dedos marcados.
—Habla.
—Alguien de buena posición pagaba adentro para que a ti "te hicieran la vida difícil" —dijo, bajando la voz, aunque el café estaba prácticamente vacío—. Yo estaba ahí, Renata. Yo sé quién cobraba ese dinero y para qué.
Cerré los ojos un segundo, y las imágenes que llevaba tres años intentando enterrar volvieron de golpe: el patio, las voces, el cigarro que alguien me acercó al brazo como advertencia mientras dos mujeres más me sujetaban de los hombros. Los aparté con la misma disciplina de siempre y volví a abrir los ojos.
—¿Tienes pruebas?
—Guardé una grabación de una llamada de aquellos años —dijo, con una sonrisa a medias—. Por si algún día la necesitaba para mí misma. Ya sabes cómo es esto, nunca falta quien quiera voltearte la espalda.
—¿Una llamada de quién?
—De la persona que hablaba con el custodio que nos dejaba entrar al pasillo de tu celda —dijo, sin dejar de revolver el café ya frío—. Voz de mujer. Fina, de las que hablan como si trajeran un caramelo en la boca. Nunca dio nombre completo, pero mencionó un apellido, una vez, sin querer.
No pregunté cuál. No hacía falta. Ya lo sabía, aunque todavía no pudiera probarlo frente a nadie.
—————
Calculé rápido, con la cabeza fría a pesar del asco que me daba negociar con la misma mujer que había ordenado que me lastimaran adentro.
—¿Cuánto quieres por tu silencio, por ahora?
—No mucho —dijo Dora—. Solo lo justo para no tener que preocuparme este mes. Ya sabes cómo está la renta, Renatita. Afuera cuesta más caro sobrevivir que adentro.
Le ofrecí una cifra, contándola de un sobre que llevaba preparado desde antes, previendo justo este tipo de conversación. La aceptó sin regatear, algo que me dijo, más que cualquier otra cosa, que necesitaba el dinero de verdad y no solo estaba jugando conmigo.
—¿Por qué ahora, Dora? Pudiste haber venido antes.
—Antes no me convenía —dijo, con una honestidad brutal que casi respeté—. Ahora sí. Las cosas cambian, Renatita. Tú lo sabes mejor que nadie. La persona que me pagaba dejó de pagarme hace meses, y una tiene que buscarse la vida de otra manera.
—Esto es solo por ahora —le advertí, sosteniéndole la mirada—. Algún día voy a querer esa grabación completa. Como prueba.
—Ya veremos —dijo, guardándose el sobre en el bolso sin comprometerse a nada más—. Cuídate, Renatita.
—Una cosa más —le dije, antes de que se levantara del todo—. Si esa persona vuelve a buscarte, si te ofrece más dinero por quedarte callada para siempre, quiero que me avises. Voy a pagar mejor que ella.
Dora se detuvo, con la mano ya en el respaldo de la silla, y por primera vez en toda la conversación algo parecido al respeto le cruzó la cara.
—Siempre fuiste la más lista de todas, adentro —dijo—. Nadie te lo va a admitir, pero es la verdad.
Se levantó, dejó el café a medias, y se perdió entre la gente de la calle, dejándome sentada sola con la taza fría y una certeza nueva, incómoda, dando vueltas en la cabeza: alguien con dinero y con poder había pagado, durante tres años, para que mi condena fuera todavía más cruel de lo que ya era. No tenía nombre todavía. Pero por primera vez, tenía un hilo real del que jalar.
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Le escribí a Julián antes de que se cumpliera la hora, avisándole que estaba bien, y le marqué a Ortega esa misma tarde, sin darle todos los detalles, solo lo necesario.
—Necesito que investigues transferencias hacia el penal de Guadalajara, de hace tres años —le dije—. Cualquier pago irregular a custodios o intermediarios. Empiece por las fechas de mi ingreso.
—¿Tienes algo concreto?
—Todavía no. Pero pronto lo voy a tener.
—Le va a tomar semanas encontrar algo así, si es que existe siquiera un rastro en papel.
—Tenemos tiempo, licenciado. Yo llevo tres años esperando esto. Unas semanas más no me van a matar.
—¿Puedo preguntar qué la hizo remover esto justo ahora?
—Una vieja conocida me recordó algo que ya sabía, pero que no había tenido cómo probar —dije—. Ahora lo tengo. Solo hace falta jalar el hilo con cuidado.
Bianca. Guardé el celular en cuanto pronuncié su nombre en silencio. Ya no buscaba a ciegas: tenía una testigo viva y un hilo del que tirar.