Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 15
Leonardo
El viernes por la mañana, mi madre se plantó en la puerta del penthouse sin avisar.
Eran las diez. Los mellizos acababan de despertar de su primera siesta y yo estaba en medio del ritual que había perfeccionado en los últimos días, Tomas en mi brazo izquierdo, Lucía en el derecho, caminando de un lado a otro de la sala mientras tarareaba Nina Nanna para mantenerlos tranquilos hasta que Vale llegara con los biberones.
El timbre sonó. Pensé que era Vale, que había venido antes de su turno como había hecho los últimos días. Abrí la puerta sin mirar por la mirilla.
Y allí estaba Isabella Fontana.
Con su vestido de lino blanco, su bolso de piel, sus zapatos de tacón bajo que hacían juego con todo. Y detrás de ella, Enzo Fontana con su traje gris y ese ceño que parecía haberse instalado permanentemente en su cara desde que yo tenía uso de razón.
—¿Leonardo?
mi madre me miró con los ojos abiertos como platos. Primero a mí, con mi camisa arrugada y manchada de leche de fórmula. Después a los mellizos, que me miraban con esa curiosidad tranquila que tenían cuando estaban despiertos pero contentos.
— ¿Qué... qué es esto?
—Mama
dije, y mi voz sonó exactamente como me sentía, atrapado.
— Puedo explicarlo.
—¿Explicar qué?
mi padre entró sin esperar invitación, y su presencia llenó el pasillo con ese peso que siempre llevaba consigo.
— ¿Desde cuándo tienes niños en tu casa, Leonardo?
No supe qué decir. Tomas eligió ese momento para soltar un gemido y aferrarse a mi camisa con sus manitas diminutas. Lucía, como si hubiera sentido la tensión, empezó a llorar.
Mi madre me miró. Me miró a mí, con dos bebés en brazos, con el penthouse a mis espaldas que ya no era el lugar minimalista de antes sino un caos organizado de cunas, moisés, pañales y biberones. Y en sus ojos vi cómo las piezas empezaban a encajar.
—Leonardo
dijo, con una calma que me asustó más que un grito.
— Siéntate. Y cuéntame qué está pasando.
Me senté en el sofá porque no me quedaban fuerzas para estar de pie. Mi madre se sentó a mi lado y, con una naturalidad que me dejó sin aliento, tomó a Lucía en sus brazos.
—Hola, pequeña
dijo, con una voz que no le conocía, una voz suave, casi susurrada.
— Hola, preciosa.
Lucía dejó de llorar. Por supuesto. Mi madre había criado a tres sobrinos antes de tenerme a mí. Sabía de bebés más que cualquier persona que hubiera conocido.
Mi padre, en cambio, se quedó de pie en medio de la sala, mirando las cunas, los moisés, los biberones en la encimera, los pañales apilados junto al sofá. Su mandíbula estaba tensa, y sus manos, esas manos que habían cerrado los tratos más importantes de Fontana Moda, estaban apretadas a los lados de su cuerpo.
—Son mellizos
dijo mi madre, mientras acunaba a Lucía.
— ¿Cuánto tiempo tienen?
—Seis meses. por su fecha de nacimiento casi siete.
—Y desde cuándo están contigo?
—Desde el domingo pasado. Aparecieron en la puerta. En una canasta.
Mi madre cerró los ojos. Por un momento, el penthouse estuvo tan silencioso que pude oír el reloj de la cocina marcando los segundos.
—¿Son tuyos?
preguntó mi padre, y su voz sonó como un latigazo.
—Sí. Hice la prueba de ADN. Los resultados llegaron. Son míos.
—¿Y la madre?
mi madre abrió los ojos, y en ellos había algo que no sabía si era compasión o furia.
— ¿Quién es la madre, Leonardo?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Mama
tragué saliva. Tomas se movió en mi brazo y lo apreté un poco más contra mi pecho, como si pudiera protegerme con su pequeño peso.
— No sé quién es. La nota estaba firmada con una S. Pero podría ser cualquiera. No recuerdo. No recuerdo a ninguna mujer que me dijera que estaba embarazada. Y si me lo dijo... no la escuché.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Mi madre me miró con una expresión que no había visto en su cara nunca, decepción. No la decepción de siempre, la que decía podrías esforzarte más. Era una decepción más profunda, más personal, como si acabara de descubrir que el hijo que había criado era un extraño.
—¿Seis meses?
repitió mi padre, con una voz que temblaba de ira contenida.
— ¿Estos niños tienen seis meses y tú no sabías que existían, Y ahora aparecen en tu puerta como si fueran un paquete?
—Enzo
mi madre lo interrumpió, con un tono que no admitía réplica.
—Ahora no.
—¿Cómo que ahora no, Isabella, Tu hijo ha estado viviendo una vida de excesos durante tres años, ha dejado dos hijos abandonados por ahí sin saberlo, y ahora pretenden que me calle?
—Ahora no
repitió mi madre, con la misma calma de antes, pero esta vez había acero en sus palabras.
— Ahora voy a conocer a mis nietos. Después, si quieres, hablamos de lo que haya que hablar.
Mi padre abrió la boca para responder, pero algo en la mirada de mi madre lo detuvo. Cerró la boca, apretó la mandíbula, y se quedó en silencio.
Mi madre se volvió hacia mí con Lucía ya dormida en sus brazos.
—¿Cómo se llaman?
—Tomas y Lucía.
—Tomas
repitió, como si probara el nombre.
—Enséñame al niño
dijo.
Le entregué a Tomas con el mismo cuidado con el que se entrega algo que no quieres soltar pero sabes que está en buenas manos. Mi madre lo recibió con la misma naturalidad con la que había recibido a Lucía, y por un momento, vi en su cara algo que no había visto desde que era niño, felicidad.
—Hola, Tomas
susurró.
— Hola, pequeño. Soy tu nonna.
Tommaso la miró con sus ojos enormes, frunció el ceño como si estuviera evaluándola, y luego hizo algo que no había hecho conmigo en todos estos días, sonrió.
Mi madre soltó una risa que sonó a sollozo.
—Mira, Enzo
dijo, con la voz quebrada.
— Mira cómo sonríe.
Mi padre se acercó. Lentamente, como si cada paso le costara un esfuerzo sobrehumano. Se puso al lado de mi madre y miró a Tomas con una expresión que no sabía descifrar.
El bebé lo miró. Frunció el ceño otra vez. Y luego, como si hubiera decidido que mi padre también merecía una oportunidad, extendió su manita diminuta hacia él.
Mi padre se quedó paralizado. Sus manos, esas manos que habían dirigido un imperio durante treinta y cinco años, temblaron cuando levantó un dedo para que Tomas lo agarrara.
El bebé apretó su puño alrededor del dedo de mi padre con una fuerza que parecía imposible para algo tan pequeño. Y Enzo Fontana, el hombre que nunca lloraba, que nunca mostraba debilidad, que había convertido el control en una religión, tragó saliva con un sonido que resonó en el silencio.
—Se parecen a ti
dijo mi padre, sin mirarme.
— Tienen tu nariz. Y tu terquedad. Mira cómo me agarra, como si no me fuera a soltar.
—Enzo...
mi madre lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Ya sé
dijo él, con la voz ronca.
—Ya sé.
En ese momento, el timbre sonó otra vez. Me levanté para abrir, aunque mis piernas apenas me sostenían.
Era Vale. Con su uniforme celeste, su carrito de limpieza, y una expresión de preocupación en la cara que se transformó en sorpresa cuando vio a mis padres en medio de la sala.
—Señor Fontana
dijo, con ese tono profesional que usaba cuando alguien más estaba presente.
— No sabía que tenía visitas. Puedo volver más tarde.
—No
dije, antes de que pudiera irse. Y antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, la tomé del brazo y la hice entrar.
—Quiero que conozcas a mis padres. Ellos son Enzo e Isabella Fontana. Mama, papà, ella es Valeria.
Vale me miró con una mezcla de pánico y algo más. No la había soltado del brazo, y sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mi mano.
—Encantada
dijo mi madre, con la elegancia de quien ha saludado a mil personas en mil eventos.
— ¿Eres la señora de la limpieza?
—Sí, señora. Pero estos días también he estado ayudando con los niños. El señor Fontana... Leonardo... necesitaba una mano.
—¿Y cómo es que tú, una empleada de limpieza, sabes cuidar niños?
La pregunta sonó más dura de lo que mi madre probablemente pretendía. Pero Vale no se inmutó. Enderezó la espalda, y por un momento no fue la chica de la limpieza. Fue Valeria Rossi, la mujer fuerte que yo sabía que era.
—Porque he tenido que aprender, señora. Porque cuando no tienes a nadie, aprendes a cuidar de los demás.
El silencio que siguió fue tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo. Mi padre la miró con una ceja levantada. Mi madre parpadeó, como si no estuviera acostumbrada a que nadie le hablara así.
Y luego, mi madre sonrió.
Era una sonrisa pequeña, pero genuina. La sonrisa de alguien que acaba de encontrar algo que no esperaba.
—Me gustas
dijo mi madre, con una simpleza que me dejó sin aliento.
— Llevamos veinte años con empleados que nos dicen que sí a todo. Es bueno encontrar a alguien que diga la verdad.
Vale no supo qué responder. Sus mejillas se sonrojaron, y por un momento vi a la chica que se escondía detrás del uniforme celeste, la que no estaba acostumbrada a los cumplidos, la que esperaba siempre lo peor de la gente con dinero.
—Mama
intervine, soltando el brazo de Vale porque me di cuenta de que todavía lo estaba sujetando.
—Vale nos ha ayudado mucho estos días. Sin ella, no sé qué habría hecho.
—Ya veo
dijo mi madre. Miró a Vale, luego a mí, luego a los mellizos que seguían en sus brazos y los de mi padre.
— Creo que tenemos mucho de qué hablar. Y creo que Valeria debería quedarse.
Vale abrió la boca para decir que no, para decir que tenía que trabajar, que no era su lugar. Pero mi madre no le dio tiempo.
—Siéntate, hija
dijo, señalando el sillón frente a ella.
— Y cuéntame cómo ha sido esta semana. Porque tengo la sensación de que mi hijo no me ha contado ni la mitad.