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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Ayla volvió a la cámara del sultán al día siguiente. Y al otro. Y al siguiente.

Ya nadie le explicaba el camino. Los guardias abrían la puerta en cuanto la veían aparecer con la bandeja. El eunuco de turno apenas la miraba. Entraba, dejaba el desayuno, se sentaba en el banquito bajo y esperaba.

Kael hablaba más cada mañana.

A veces solo unas frases. Otras, largos ratos en los que parecía olvidar que ella estaba ahí. Hablaba del dolor que no se iba, de las noches en que las piernas le ardían aunque no pudiera moverlas, de cómo el silencio de la habitación se volvía demasiado grande cuando se quedaba solo.

Ayla escuchaba. Asentía cuando hacía falta. Negaba cuando él preguntaba algo que se contestaba con la cabeza. Nunca intentaba escribir. Todavía no.

El cuarto día de esas visitas, Zahir entró sin avisar.

Ayla se levantó al instante y bajó la cabeza. El príncipe era alto, de la misma complexión que su padre, pero más joven y con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Llevaba ropa oscura y el sello real colgando del cuello.

—Padre —dijo con voz suave—. Veo que ya tienes compañía fija.

Kael no sonrió.

—Se llama Silencio. No molesta.

Zahir la miró de arriba abajo. La túnica gris, las manos agrietadas, el pelo recogido sin gracia.

—Una esclava muda. Qué original. —Se acercó un paso—. ¿Y qué hace exactamente aquí, además de respirar?

—Escucha —contestó Kael—. Algo que tú no haces.

Zahir soltó una risa corta.

—Como digas. Vine a traerte los papeles de la frontera norte. El visir Hamid ya los revisó. Solo falta tu firma.

Kael tomó los documentos. Los miró sin leerlos de verdad. Después los dejó a un lado.

—Los veré más tarde.

—No hay mucho tiempo, padre. Los comandantes esperan.

—Dije más tarde.

Zahir sostuvo la mirada de su padre unos segundos. Después inclinó la cabeza con esa cortesía que rozaba el desafío.

—Como ordenes. —Al salir, rozó el hombro de Ayla con el brazo, como si no la hubiera visto—. Cuida bien al sultán, muda. Parece que le caes bien.

La puerta se cerró. Kael se pasó una mano por la cara.

—Ese muchacho ya no pregunta. Solo informa. —Miró a Ayla—. ¿Lo oíste todo?

Ella asintió.

—Bien. Entonces sabes que no puedo confiar en casi nadie. —Hizo una pausa—. Tú no firmas papeles. No sonríes cuando no hay motivo. Por eso sigues viniendo.

Ayla bajó un poco la cabeza. No era respeto. Era la forma que había encontrado de no mostrar demasiado.

Cuando salió esa mañana, el eunuco le entregó un trozo de papel doblado.

—El sultán dijo que lo guardaras. Y que nadie más lo viera.

Ayla lo escondió dentro de la túnica. No lo abrió hasta estar otra vez en el patio de los naranjos, sola, con el cubo a los pies. El papel tenía una sola frase escrita con letra temblorosa:

“Mañana trae algo para escribir.”

Ayla lo rompió en trozos pequeños y los tiró al agua de la fuente. Los peces rojos se acercaron un momento y después se alejaron.

Se arrodilló y empezó a fregar.

Por primera vez desde que había llegado a Zafira, alguien le había pedido que hablara.

Aunque fuera en silencio.

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