"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
NovelToon tiene autorización de Mi Autoria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: La bestia al descubierto (Perspectiva de Antoni)
Desde el momento en que Katherine me avisó por la mañana que iría a pasar el día con su madre, supe que la noche libre era mía. A las ocho en punto, cuando ya no había rastro de ella por el vecindario, llamé a Lucía.
Lucía era una de las nuevas compañeras del sector de ventas telefónicas; una piba avispada, de labios pintados de rojo furioso y risa fácil, que llevaba semanas rozándome los codos junto a la fotocopiadora y mandándome indirectas en medio de los llamados. Esa tarde, en la oficina, la tensión entre los dos había llegado a un punto insostenible. Nos habíamos encerrado diez minutos en el depósito de suministros, respirándonos cerca, con las manos de ella recorriendo mi pecho por encima de la camisa.
—Vení a casa —le dije al oído por el handy de la oficina, con esa urgencia mezquina que me recorría las venas—. La idiota de mi hermana no vuelve hasta mañana.
No fuimos a cenar a ningún lado ni gastamos plata que no teníamos. Apenas cruzamos la puerta del departamento, Lucía ya me estaba desabrochando el cinturón y yo le arrancaba la blusa con una mezcla de morbo y hartazgo. Todo iba según lo planeado, en la penumbra de nuestra habitación, con los gemidos de Lucía amortiguados contra las sábanas.
Hasta que la llave giró en la cerradura principal.
El sonido seco del cerrojo metálico me congeló la sangre por un segundo. Miré el reloj de la mesa de luz: pasaban de las diez y media. ¿Qué carajo hacía aca tan tarde? ¿Se le había olvidado algo? ¿O su madre la había echado por insoportable?
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía en un susurro, sobresaltada, con las sábanas tapándole el pecho desnudo.
—Shh, callate —le ordené, poniéndome los pantalones a los tirones y cubriéndola con el cuerpo mientras los pasos de Katherine resonaban en el pasillo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Ahí estaba ella, con esa cara de estúpida asustada que tanto me exasperaba, sosteniendo una bolsita de compras y con los ojos abiertos de par en par, fijos en la escena. Por un segundo, la culpa intentó asomar la cabeza, pero la rabia de verme descubierto la aplastó de inmediato. El instinto me ganó: me puse de pie de un salto, interponiéndome entre la puerta y la cama, intentando ocultar a Lucía con mi propio cuerpo.
En vez de balbucear una excusa o disculparme por entrar sin avisar, Lucía se asomó por encima de mi hombro, curiosa y descarada, y soltó con desprecio:
—¿Y esta quién es? ¿Qué hace acá?
La pregunta de Lucía pareció sacudir a Katherine de su estupor. Sus ojos marrones, por lo general apagados y sumisos, se encendieron con una furia ciega, inyectados en sangre.
—¿Qué hago acá? —repitió Katherine, con la voz temblando de una rabia que jamás le había visto—. ¡Esta es mi maldita casa! ¡Quien carajo es esta zorra y qué hace en nuestra cama, Antoni!
—Bajame el tono, imbécil —le espeté, avanzando hacia ella con los puños apretados, sintiendo que la situación se me iba de las manos y que mi autoridad masculina quedaba en entredicho frente a Lucía—. No me grites en mi propia casa.
Katherine ignoró mis palabras. Sus pasos resonaron firmes por el pasillo y se abalanzó directamente hacia la habitación, decidida a sacar a Lucía de los pelos.
Eso fue el límite. Nadie me pisotea en mi propia casa, y menos una mujer a la que mantuve por lástima durante años.
Cuando intentó pasar de largo, la agarré del brazo con violencia y la empujé hacia atrás. Katherine soltó un grito ahogado y, en medio del forcejeo, mi mano abierta se estrelló contra su pómulo con un golpe seco que resonó en todo el departamento.
Se quedó tambaleando, llevándose la mano a la cara, con los ojos llenos de lágrimas contenidas pero con una resistencia que me dio asco. No iba a permitir que me arruinara la noche.
—¡Basta de dramas, Katherine! —le grité, perdiendo los estribos por completo.
La tomé de los hombros, la arrastré a empujones por el pasillo hasta la puerta de entrada, sin importarme que arrastrara los pies. Abrí la puerta de un golpe. Afuera, la llovizna fría caía con fuerza. Agarré la pequeña bolsa de ropa que ella había llevado a lo de su madre y se la tiré a los pies, mojándose en el felpudo.
—Vete a la mierda con tu madre si tanto la extrañas —le espeté con desprecio, sacándole las llaves del bolsillo del abrigo de un tirón—. Vení mañana a buscar el resto de tus chucherías, ahora no rompas las pelotas.
Y antes de que pudiera articular palabra, le cerré la puerta en la cara, pasándole el cerrojo con fuerza.
Respirando agitadamente, con el ritmo cardíaco a mil por la adrenalina, volví a paso firme hacia la habitación. Lucía me esperaba sentada al borde de la cama, acomodándose la blusa roja con una mueca de burla.
—Vaya carácter que se gasta tu hermana —soltó Lucía con una risita cínica, sin saber que Katherine era mi novia—. Menos mal que ya la echaste.
Me tiré al lado de ella en la cama, enterrando mi rostro en su cuello, sintiendo el perfume barato y olvidándome por completo de la silueta temblando bajo la lluvia al otro lado de la puerta.
—Sí, mi hermana es una pesada de mierda —mentí con una sonrisa torcida, volviendo a besarla—. Ya no nos va a molestar más. Sigamos en lo nuestro.