Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 24: La mañana siguiente, el desayuno y la "propuesta" del Lobo
El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas del gran ventanal del departamento, iluminando las sábanas de seda revueltas y el desorden de la pasión de la madrugada.
Chiara abrió los ojos despacio, sintiendo un calor placentero y a la vez una pesadez intensa recorriendo cada músculo de su cuerpo. Intentó incorporarse en la cama, pero un leve calambre en los muslos la hizo soltar un quejido ahogado. Tenía la piel ultrasensible, marcada por las caricias y el ritmo implacable de la noche anterior. Con un suspiro y envuelta en una bata de seda ligera, caminó a pasos lentos por el pasillo, tambaleándose ligeramente mientras apoyaba una mano en la pared.
Al asomarse a la cocina, la imagen que vio la dejó completamente congelada en el sitio.
Matteo estaba de pie frente a la mesada. Llevaba únicamente el pantalón de vestir de la noche anterior, pero la camisa blanca estaba abierta en los primeros cuatro botones, dejando al descubierto su tórax amplio, los pectorales firmes y la piel ligeramente bronceada. Las mangas se encontraban dobladas prolijamente hacia los antebrazos, resaltando la firmeza de sus músculos y un entramado de venas marcadas por la fuerza. Tenía el cabello oscuro todavía mojado por la ducha, con varios mechones rebeldes cayéndole húmedos sobre la frente.
Chiara se quedó estática en el marco de la puerta, embobada por completo, tragando saliva con torpeza mientras sentía un vuelco en el estómago. Se llevó una mano al cuello, abanicándose con los dedos mientras un rubor intenso le encendía las mejillas al recordar absolutamente todo lo que ese hombre le había hecho sobre las sábanas.
«Madre mía... y pensar que todo ese monumento de hombre me lo comí yo enterito anoche», pensó Chiara, mordiéndose el labio inferior con una mezcla de picardía y puro deseo reprimido.
Matteo, sintiendo la presencia de la mirada fija en su espalda, se giró despacio. Sus ojos grises, oscurecidos con esa intensidad de depredador observando a su presa, recorrieron el cuerpo de Chiara desde las piernas con dificultad para caminar hasta su rostro totalmente sonrojado. Dejó la cafetera a un lado y dio dos pasos lentos hacia ella.
Instintivamente, Chiara dio un paso hacia atrás, sintiendo que la temperatura de la habitación subía de golpe.
—Parece que no te alcanzó lo de anoche, Romano —dijo Matteo con una voz grave, rasposa y cargada de una sensualidad peligrosa que le sacudió la columna.
Antes de que ella pudiera articular una sola palabra, el Capo cerró la distancia en un segundo. Su mano gigante se amoldó con firmeza a la nuca de Chiara y le devoró la boca en un beso voraz, profundo y hambriento. La atrajo contra su pecho con tanta fuerza que a Chiara se le cortó el aire por completo, sintiendo la dureza de su torso desnudo presionando contra el suyo hasta dejarla sin aliento.
—Tú... —alcanzó a exclamar Chiara cuando él la liberó apenas un milímetro, con el pecho agitado y la cara roja como un tomate.
—Parece que te gusta ponerme roja, Vitale —logró murmurar ella con una sonrisa nerviosa.
Matteo la miró de cerca, esbozando una sonrisa torcida y oscura, y lanzó con absoluta calma:
—Me gusta más perderme dentro de ti.
Al escuchar semejante frase, Chiara, que justo se disponía a tomar aire, se atragantó por completo. Tosió con fuerza, llevándose la mano al pecho mientras lo miraba con los ojos abiertos como platos.
—¡Estás loco! —le reclamó ella, recuperando el aliento entre risas y vergüenza.
Matteo le sirvió una taza de café humeante y unas tostadas calientes, guiándola con suavidad hasta la mesada para que se sentara. Chiara lo miró de reojo, apoyando el mentón sobre la palma de su mano.
—Y ahora... ¿qué hacemos, Matteo? —preguntó ella en un susurro más serio—. Sabemos que después de lo de anoche no hay marcha atrás, pero... creo que deberíamos mantenerlo entre nosotros por un tiempo. Ir despacio, sin armar revuelo...
Matteo dejó caer la taza sobre la mesada con un golpe seco. Se enderezó por completo, cruzándose de brazos con una mueca de evidente molestia e indignación.
—¿Eso sí que no, Chiara! —exclamó el Capo, con un sarcasmo posesivo que la hizo estremecer—. ¿Te aprovechas de mí, pones mi cosa en tu boca, paseo mi lengua por todo tu cuerpo, te hago mía de mil formas... y pretendes que lo mantengamos en secreto? Ahora te haces cargo: hablas con mi padre, pides mi mano y nos casamos.
Chiara soltó una carcajada ahogada, aguantando la risa ante el dramatismo del hombre.
—¿Disculpa? —dijo ella con una ceja alzada.
Matteo se inclinó hacia ella, acorralándola contra la barra con el peso de su presencia, y su tono cambió a una honestidad cruda, profunda y descarnada.
—No hay disculpa, Chiara. Escúchame bien: no te voy a dejar ir. Te comiste al lobo, y te juro que este lobo no te va a soltar nunca más. No soy un hombre romántico, nunca lo fui, ni siquiera con la madre de Leo. Siempre he sido un tipo frío, seco, un hombre al que jamás le importó nada en este mundo más allá de su hijo y su familia. No sé si te amo, en eso no te voy a mentir; nunca en mi vida sentí esto por nadie y tampoco sé muy bien qué es el amor. Pero sé una cosa: eres mía. Tus pechos son míos y entran perfecto en mi boca... tus labios me reclaman y tu cuerpo pide por mí. Desde hoy no te quiero lejos, te quiero al lado mío, y si es preferible, arriba o abajo mío. No te puedo ofrecer mucho de poesía, solo soy un hombre común y corriente que se prende como fuego cuando te ve, toda tú me vuelves loco. No sé cómo controlarte, te me vas de las manos... y si esto no es una confesión de un hombre jodidamente enamorado y perdido por ti, no sé qué demonios sea.
Las palabras cayeron con la fuerza de un impacto directo al corazón. Sin pensarlo un segundo más, Chiara se levantó del taburete y le saltó a los brazos, rodeándole el cuello con fuerza mientras hundía los dedos en su cabello húmedo.
—Sos un completo calentón y un loco desquiciado... ¡pero sos mío, solo mío! —le gritó ella con una sonrisa radiante antes de devorarle la boca en un beso hambriento, desesperado y salvaje.
Le devoró la boca en un beso feroz, profundo y apasionado, chocando sus lenguas con desesperación mientras él la sostenía en el aire sin el menor esfuerzo.
—Solo tuyo... y tú solo mía —respondió Matteo contra sus labios.
Sin pedir permiso, la mano del Capo bajó la solapa de su bata y desabrochó la parte superior de su camisón, dejando sus pechos firmes al descubierto en medio de la cocina.
—Y estos dos también son míos —agregó Matteo, llevándose uno de los pezones directamente a la boca para lamerlo y morderlo con un hambre renovada.
—¡Ah! ¡Matteo! —gimió Chiara, echando la cabeza hacia atrás.
El Capo la levantó un poco más y le dio una palmadita posesiva en la nalga.
—Vamos a bañarnos —anunció él con una sonrisa pícara y oscura.
—¡Aah no! ¡De eso nada! —protestó ella entre risas y jadeos—. ¡Apenas puedo caminar por tu culpa!
Matteo la miró desde abajo con una chispa de fuego puro en sus ojos grises.
—Lo dijiste tú misma, Romano... 'apenas' puedes caminar. Eso quiere decir que todavía falta.
Sin darle opción a réplica, el Lobo de Roma avanzó a pasos firmes hacia el cuarto de baño llevando a su mujer en brazos, listo para reiniciar la tormenta bajo el agua tibia.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.