Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 9
Capítulo 9: El plan de Roxana
Amanecí con un pincel en la nariz.
Damián estaba despierto, apoyado en un codo, haciéndome cosquillas en la nariz con la punta de un pincel de esos que usan los pintores —vaya uno a saber de dónde lo sacó, si en esa casa no había ni un cuadro— y mirándome dormir con una cara que no le había visto nunca. Una cara suavizada, casi tierna, sin la coraza de piedra, sin el Verdugo. La cara, quizá, del muchacho de pueblo que había sido antes de que la vida lo endureciera.
—Deja dormir —protesté, arrugando la nariz y tapándome con la cobija.
—Ya dormiste mucho. Roncaste toda la noche. —Me quitó la cobija de un tirón—. Levántate, nena. Tengo hambre y tú también, que anoche no cenaste.
—Yo no ronco.
—Roncas y hablas dormida. —Sonrió de medio lado—. Anoche dijiste que las quesadillas de flor de calabaza son las mejores del mundo.
Me puse roja. Le aventé la almohada. Él la atrapó en el aire, se rió —una risa de verdad, rara en él, que le cambiaba la cara entera— y me hizo cosquillas hasta que me rendí muerta de risa, y así, jugando como dos escuincles, se nos fue empezando el día.
Pasamos el día enredados en su departamento, entre las sábanas y la cocina, molestándonos, riéndonos por tonterías. Descubrí que sabía cocinar, que tomaba el café amargo, que odiaba la luz fuerte y por eso mantenía las cortinas a media asta. Me contó, sin que se lo preguntara —como quien deja caer las cosas para ver si a alguien le interesan—, que tenía treinta y dos años, que había hecho su fortuna de la nada, que venía de un pueblo chiquito, el sexto hijo y el único varón de una familia campesina, con cinco hermanas mayores que lo criaron a jalones.
—Yo empecé cargando bultos —dijo, mirando el techo, con la voz distinta, más baja—. Como tu papá. La gente que hoy me hace caravanas ni me habría dejado entrar por la puerta hace veinte años.
—¿Y por eso da tanto miedo? —me atreví—. Dicen que le dicen el Verdugo.
Algo se le cerró en la cara.
—Dicen muchas cosas. —Se quedó callado un momento y luego, medio en broma medio en serio, agregó—: ¿Sabes? Hasta hace poco no entendía para qué servía una mujer en la vida de un hombre. Creía que nada más estorbaban, que pedían, que traicionaban. —Me miró de reojo, y en esa mirada había algo que no supe leer todavía, una herida vieja—. Apenas lo estoy descubriendo. Contigo.
No supe qué contestar. Se me hizo un nudo raro en el pecho, entre la ternura y la alarma. Me hice la dormida, porque era más fácil que contestar la verdad: que yo también estaba descubriendo cosas que no quería. Que en tres días con este hombre había reído más que en meses. Que su casa, tan fría al principio, ya no me daba miedo. Que la palabra "adicción" empezaba a tener sentido, y no solo la de él.
Me abrazó por la espalda, me acomodó la barbilla en el hombro, y nos quedamos así un rato largo, viendo la ciudad por el ventanal. Grupo Godoy tenía una torre allá, en el horizonte, una de las más altas. Él la señaló con la barbilla.
—¿Ves esa? La construí yo. Bueno, mi gente. Pero es mía. —Y luego, más bajo—: Y a veces subo hasta el último piso, de noche, y no hay nadie esperándome en ningún lado. Tanto edificio, tanto dinero, y ni un perro que te ladre cuando llegas.
Se calló, como arrepentido de haber dicho tanto. Yo no dije nada. Pero le apreté la mano que me rodeaba la cintura, y él me la apretó de vuelta.
Ese hombre, entendí, estaba más solo que yo. Y eso, más que sus millones, fue lo que me empezó a atar a él.
Lo que yo no sabía —lo que ninguno de los dos sabía todavía— era que, del otro lado de la ciudad, se estaba tejiendo algo.
—————
En una casa de clase media alta, con muebles caros y un aire de resentimiento viejo, Roxana Belmonte le servía un café a su sobrina Brenda Chávez.
Porque sí: Roxana era la tía de Brenda. Y había sido ella quien la había metido a fuerza como asistente de Damián Godoy, con un plan claro en la cabeza —"acercar el agua al árbol", decía—, para que la muchacha, joven y bonita, se ganara al magnate y lo conquistara.
—No entiendo por qué no le echas más ganas, Brenda —le reclamó Roxana—. Un hombre como Damián. Con todo lo que tiene.
—Porque me da miedo, tía. —Brenda encogió los hombros—. Ese hombre no es normal. Es frío. Te mira y sientes que ya te leyó por dentro, que sabe hasta lo que no le has dicho. Un día me equivoqué en un cuarto de hotel y me miró de un modo que todavía sueño con eso. A mí déjame en paz con él. Yo lo que quiero es recuperar a Kevin.
—¿A Kevin? —Roxana casi tira la taza—. ¿Un gamer? ¿Cambias a Damián Godoy por un muchacho que juega videojuegos por internet? ¿En qué cabeza cabe?
—En la mía. —Brenda levantó la barbilla, terca—. Kevin es mío desde niños. Y esa Sofía me lo quitó. Eso no se lo perdono.
Roxana apretó la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Y por dentro le hirvió una rabia vieja, de años, que su sobrina ni sospechaba.
—————
Porque Roxana llevaba diez años.
Diez años enamorada de Damián Godoy en silencio, sin ser correspondida jamás. Lo había visto ascender, hacerse poderoso, volverse el hombre que todas querían, y jamás la había mirado a ella. Ni una vez.
De puro despecho se había hecho amante de otro: Fabián Cortés, el dueño de Velatech —sí, mi jefe—, socio y proveedor del propio Damián. Fabián le prometió el cielo. Y Roxana se embarazó.
Fabián Cortés, el dueño de Velatech, el "esposo modelo" que en mi oficina todos ponían de ejemplo, el que tenía en el escritorio la foto de su familia sonriente. Socio y proveedor del propio Damián. Mi jefe.
Al principio Fabián le juró a Roxana que era libre, que estaba solo, que ella era el amor de su vida. Y Roxana, que de tonta no tenía un pelo pero que andaba herida y con ganas de creer, le creyó. Se embarazó pensando que así lo amarraba.
Demasiado tarde supo la verdad completa: Fabián ya estaba casado. Tenía una esposa —Renata León, una empresaria de acero, dueña de su propia compañía, Novix— y un hijo de siete años, Emilio. Toda una familia que él escondía como quien esconde una mancha en la camisa. Cuando Roxana se lo reclamó, llorando, él no se inmutó: le suplicó que abortara, que no le arruinara la vida "que tanto le había costado armar". Ella no tuvo que decidir nada: el cuerpo decidió por ella y perdió al bebé. Y Fabián, para taparle la boca y quitarse el problema de encima, la compensó con una casa y un auto, prometiéndole —como prometen siempre estos hombres— que un día, pronto, se divorciaría de Renata y sería suya.
Un día que, por supuesto, nunca llegaba. Un día que era la zanahoria con la que la mantenía callada y esperando.
Así que Roxana había armado su plan: si lograba que Brenda se casara con Damián, tendría todo el poder de Grupo Godoy detrás para pelearle a Renata el lugar de esposa, para presionar a Fabián, para trepar por fin. Pero Brenda no cooperaba. Brenda le tenía miedo a Damián y andaba encaprichada con recuperar a un gamer sin futuro.
Roxana se quedó mirando el fondo de su taza de café, con esa calma fría de quien ya perdió el amor y solo le queda la ambición como brújula.
—Está bien —murmuró para sí misma, dándole vueltas a la cuchara—. Si esta inútil no sirve para meterse en la casa de Damián… habrá que usar a la que ya está adentro.
Y sus ojos, sin que yo lo supiera, sin que nadie me avisara, sin que ni siquiera me hubieran presentado todavía, empezaron a apuntar hacia mí. Hacia la muchacha de compras que en ese momento dormía tranquila en la cama de Damián Godoy, creyendo que lo peor ya había pasado.
Yo, que ni sabía que existía una mujer llamada Roxana Belmonte.
Ingenua. Siempre ingenua.