Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 3: LA SOMBRA DE LA LEY
Elena permaneció congelada con el auricular pegado a la oreja, escuchando el tono sordo de la línea desconectada. La voz al otro lado del teléfono no era la de Julián. Tenía una aspereza familiar, pero la distorsión del viento y la prisa del interlocutor le impidieron identificarla con certeza.
"Estás pisando su sangre".
Elena bajó la mirada de inmediato. La punta de sus zapatos de tacón estaba manchada de un color rojo oscuro y viscoso. La repulsión la hizo dar un salto hacia atrás, dejando caer el auricular, que quedó colgando del cable en espiral, balanceándose como un péndulo macabro.
Antes de que pudiera reaccionar o dirigirse hacia la pared donde se ocultaba la caja fuerte tras un falso panel de madera, el exterior de la propiedad se iluminó de forma violenta. Ráfagas de luz roja y azul atravesaron las altas ventanas del estudio, proyectando sombras alargadas sobre los muebles destrozados. Las sirenas de varias patrullas policiales resonaron en la entrada de la mansión, seguidas por el chirrido de frenos sobre la grava húmeda.
Elena sintió que el pánico le oprimía el pecho como una prensa de hierro. La llamada no era una advertencia para salvarla; era una emboscada para atraparla en la escena del crimen.
Rápidamente, echó mano a su bolso. Sacó el sobre de papel manila con la fotografía chantajista y la orden de no acudir a la mansión. Si la policía la encontraba allí con esa fotografía en su poder, sus antecedentes y sus conexiones oscuras quedarían al descubierto antes de que pudiera articular una defensa. Se deslizó el sobre dentro del forro secreto de su abrigo de paño, justo cuando los pesados pasos de botas tácticas comenzaban a retumbar en el suelo de mármol del vestíbulo.
—¡Policía! ¡Que nadie se mueva! —resonó una voz grave y masculina desde la entrada.
Elena se quedó inmóvil en el centro del estudio, con el vestido manchado de lluvia y los zapatos salpicados de sangre. Un grupo de cuatro agentes uniformados irrumpió en la habitación con las linternas en alto y las armas reglamentarias desenfundadas. Las potentes luces cegaron a Elena por un instante, obligándola a cubrirse el rostro con las manos.
—¡Baje las manos donde podamos verlas! —ordenó uno de los oficiales.
—Por favor... no disparen. Soy Elena Marín... la prometida de Julián Valdés —logró articular, con la voz temblando descontroladamente.
Desde la retaguardia del grupo de uniformados, una figura alta y erguida avanzó lentamente hacia el centro de la luz. Vestía una gabardina oscura ligeramente humedecida por la lluvia y un traje de corte impecable. No llevaba el uniforme reglamentario, sino la placa de detective enganchada al cinturón de cuero.
Era el detective Gabriel Prado.
Gabriel aparentaba unos treinta y ocho años. Tenía facciones afiladas, ojos grises de una frialdad calculada y una mirada inquisitiva que parecía desarmar a la gente sin necesidad de alzar la voz. Se detuvo a dos metros de Elena, observando la escena con la rapidez de un depredador experimentado: el escritorio volcado, los cuadros rasgados, la mancha masiva de sangre y, finalmente, el estado deplorable de la mujer vestida de gala frente a él.
—Inspector Gabriel Prado, División de Delitos Contra la Vida —se presentó con una calma helada, sin guardar las manos en los bolsillos—. Señorita Marín... ¿qué hace usted en este lugar a esta hora y en estas condiciones?
—Llegué hace apenas unos minutos —explicó Elena, tratando de mantener la compostura—. Julián no se presentó a nuestra fiesta de compromiso. Me preocupé y vine a buscarlo. Cuando entré, la puerta estaba abierta y encontré esto...
Gabriel hizo una leve seña con la mano a los oficiales para que bajaran las armas, pero estos mantuvieron el perímetro de la estancia rodeado. El inspector se agachó junto a la mancha de sangre, sacó un bolígrafo de su bolsillo y rozó apenas la alfombra.
—Aún está tibia —murmuró Gabriel, poniéndose de pie de nuevo y fijando su mirada directamente en los ojos de Elena—. El aviso anónimo que recibimos en la central indicaba que se estaba cometiendo un crimen en esta dirección en este preciso momento. Llegamos en menos de seis minutos desde la patrulla de cuadrante.
Gabriel dio un paso hacia ella. La diferencia de estatura era imponente. El detective inclinó levemente la cabeza y fijó la vista en las manos de Elena, que permanecían apretadas contra su bolso.
—Dígame, señorita Marín... si usted llegó impulsada por la preocupación por su prometido... ¿por qué no llamó a la policía desde su vehículo antes de entrar a una casa en penumbras?
—Pensé que podría estar herido, que necesitaba ayuda inmediata —mintió Elena, sintiendo la mirada inquisidora de Gabriel atravesándole la frente.
Gabriel no respondió de inmediato. Comenzó a caminar alrededor de Elena en un círculo lento, inspeccionando cada detalle de su figura. Se detuvo a su espalda y luego regresó a su posición frontal.
—Hay algo que no me cuadra, señorita Marín —dijo Gabriel, bajando el tono de voz a un murmullo casi confidencial—. Las cerraduras de esta mansión son de alta seguridad, con control biométrico y clave electrónica en la puerta del estudio. No hay señales de forzamiento en la entrada principal ni en este marco de madera.
Gabriel metió la mano en su bolsillo, sacó una bolsa de plástico transparente para evidencias y la sostuvo frente al rostro de Elena.
—Curioso que su llavero personal, el que encontramos colocado en la cerradura por el lado interior de la puerta del estudio, sea la única copia de la llave maestra que faltaba en la caja fuerte de la administración de los Valdés. ¿Cómo explica eso?