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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:92k
Nilai: 5
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4 — ¿Y qué me vas a hacer?

Dentro de la alcoba, la luz de las velas tiembla contra los cortinajes. Huele a incienso y a medicina, un olor denso y dulzón. Telas que cuelgan unas sobre otras le dan a la habitación un aire casi irreal.

Aparto la última cortina y me acerco a la cama.

El hombre que hay tumbado tiene la cara pálida como la cera. Y aun así —aun medio muerto, aun consumido— es de una belleza que corta la respiración. La piel blanca y fría como el mármol, los rasgos casi demasiado perfectos.

Es él. Adrián. El cuarto príncipe. El hijo más querido del rey y, también, el más desgraciado: enfermo desde niño, atado a las medicinas, encerrado en una cama, apartado de todo, sin la menor posibilidad de heredar el trono.

Me siento en el borde de la cama y le tomo el pulso. Bajo la yema de los dedos late revuelto, roto, con ese ritmo que conozco tan bien. Del bolsillo cosido en el forro saco un estuche de cuero, lo abro y elijo la lanceta más fina. La luz de las velas resbala por el filo.

Lo miro un buen rato. Y entonces, sin previo aviso, le acerco el filo a la garganta, como si fuera a degollarlo.

El “moribundo” reacciona en un parpadeo.

De un salto me atrapa la muñeca con una fuerza que ningún enfermo debería tener, gira, y de golpe soy yo la que está de espaldas contra el colchón, con una de sus piernas aplastándome, sujetándome contra la cama. Todo pasa en un abrir y cerrar de ojos, demasiado rápido para defenderse… si no lo hubiera provocado yo misma.

Porque no me sorprende. Lo esperaba.

—¿Quién eres? —Su voz ya no es el hilo débil de un enfermo. Es baja, dura, peligrosa—. ¿Quién te manda?

Apenas termina de hablar, un hilo de sangre negra le asoma por la comisura. El movimiento brusco ha adelantado el veneno; se le retuercen las entrañas de dolor. Aprieta los dientes, aguanta, y no me quita los ojos de encima.

Yo, sujeta debajo de él, ni me inmuto. Levanto la vista, le sostengo esos ojos preciosos y feroces, y le sonrío.

—Me llamo Isabela. Hija adoptiva de los Montenegro. Y, desde hoy, tu esposa. También voy a ser, de ahora en adelante, tu médica.

—¿Esposa? ¿Médica? —Mira la lanceta que tengo entre los dedos y tuerce la boca en una sonrisa helada—. ¿Curar, o degollar?

—Sacarte el veneno. Y, de paso, ver de qué eres capaz.

No se me tiembla la voz. Y mientras hablo, le hundo el pulgar en un punto exacto del antebrazo, justo sobre el nervio, y aprieto.

El brazo se le duerme de golpe. La fuerza que me tenía sujeta se desarma sola. Me libro de él, lo empujo y lo devuelvo a la cama, boca arriba.

—Si eres un enfermo, quédate quieto como un enfermo. No te muevas.

Se mira la mano dormida, incrédulo.

—¿Sabes pelear?

No le contesto.

Va a intentar algo más, pero un calor le sube por el pecho. Se incorpora a duras penas, se dobla sobre el borde de la cama y —¡bggh!— vomita un buche de sangre negra que salpica los cortinajes.

Se queda ahí, medio caído, con los ojos entreabiertos, sin fuerzas, ardiendo por dentro.

—Estás en plena crisis de veneno —le digo—. No deberías forzarte. Cuanto más brusco te mueves, más rápido corre la ponzoña por la sangre.

—Tú… —se obliga a hablar—, no sé quién te manda, pero te lo advierto…

No le hago caso. Le desabrocho la camisa y, de un tirón, le dejo el torso al descubierto. Después lo tumbo de espaldas, sujeto, sin que pueda moverse.

—¿Qué haces? —De la rabia se le pone la cara verde—. Una mujer… desnudando así a un hombre… ¿No te da vergüenza?

—Ahora soy tu esposa, y esta es nuestra noche de bodas. Aunque te desnude entero, nadie va a tener nada que decir. —Saco de mi estuche un frasco de tintura oscura y un paño limpio—. Esta noche voy a empezar por sacarte un poco de sangre envenenada y calmarte la crisis. Espero que colabores.

La crisis lo tiene sin una gota de fuerza, pero los ojos le siguen echando chispas.

—¿De verdad crees que me voy a fiar de ti?

—¿Y si no te fías, qué? —Levanto una ceja—. ¿Qué me vas a hacer?

—Tú… —Le hierve la sangre. Me mataría si pudiera.

Pero no puede. Ahora mismo es un cordero atado esperando el cuchillo. Aunque lo matara aquí y ahora, no podría levantar una mano. Así que cierra los ojos y se entrega a lo que venga, pensando, seguro, que si de verdad me atrevo a matarlo se llevará por delante a quien pueda antes de caer.

Yo, mientras, le paso el paño por el pliegue del brazo, le busco la vena y, con la punta de la lanceta, la abro apenas. La sangre que asoma no es roja: es casi negra, espesa, con ese mismo olor dulzón. La dejo caer, gota a gota, en una escudilla de plata. Poco a poco, la ponzoña que lo está matando empieza a salir de su cuerpo.

Fuera, al pie de la escalinata, se oye alboroto. Ni él ni yo le hacemos caso. Aquí dentro tengo trabajo; y ahí afuera Amaya sabe defender una puerta.

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Maria Cantillo
bueno ya logro tiemp9🤭🤭🤭
Maria Cantillo
vaya sorpresa
Rose M
Felicidades!!
Olga Perez
así son muchos papás es que lo sabía , pero no podía hacer nada . se hacen güeros.
Olga Perez
nunca falta un roto para un descocido
Olga Perez
el mejor consejo jajaja jajaja jajajaja jajajaja
Maria Cantillo
Aquí comienza el ascenso de un joven moribundo y ojalá tengan poder para meterla presa y hacer justicia
Maria Cantillo
bueno excelente actitud para comenzar está novela aquí vamos por la vida de un futuro 👑
Pao
Excelente historia, 100% recomendada te mantiene entretenida de principio a fin, me encanto 😍
Pao
Hermosa historia no han regalado 😍
Pao
Ya lo sospechaba es ella Isabela😭
Pao
Lo que faltaba, recordo su primera vida en la que fue el rey y esposa de isabela
Pao
Esta princesa es la mera bestia 🤭 es la manda
Juany Barrientos
sospecho que Isabel es una princesa de Solterra
marb
está si es una mujer empodera carajo, la versión 2.0😂😈
marb
madre mía, q mujer, aquí estoy aprendiendo el arte de la guerra 😂🔱
marb
q miedo me da está mujer 😂
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
Clotilde Diaz Chavez
Excelente historia de época, gŕacias escritora..!! Me gustó mucho los personajes de Isabela y Adrian.
Elba Lucia Gomez
linda y juguetona sta historia felicidades escritora🌟👏
Arely Vazquez
excelente novela!!!!
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻
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