Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 2: Beta por suerte
En mi liceo la prueba te la hacían como si fuera una vacuna. Te llamaban por lista, entrabas a la enfermería, te sacaban sangre y esperabas afuera sentado en el suelo del pasillo.
Yo me acuerdo del olor a cloro de ese pasillo. Y del ruido de la calefacción vieja. Todos estábamos callados. Nadie se reía. Porque ese papel te decía qué ibas a ser el resto de tu vida.
Mi amigo de entonces, Tomás, salió antes que yo. Salió agrandado, con el papel estrujado. Alfa. Me hizo un gesto con el pulgar y se fue caminando como si midiera dos metros más. Después salió una niña de mi curso, Javiera, llorando. Omega. La tía de enfermería la abrazó y se la llevó a otro lado. Todos miramos para abajo.
Cuando me tocó a mí, la enfermera ni me miró. Pinchazo, algodón, listo. Me dijo espera afuera.
Me quedé mirando mis zapatillas. Tenían una mancha de corrector blanco que no salía. Pensé puras tonteras para no pensar. Que si iba a llover. Que si Colette me había dejado comida o no.
"Laurent, Adrien."
Me paré tan rápido que me mareé.
La enfermera me pasó un papel doblado. Ni siquiera lo abrió para decírmelo. Lo leí yo.
BETA.
Lo leí dos veces. BETA.
No sé por qué me puse feliz. De verdad me puse feliz. Sentí un alivio que me bajó por la espalda, como cuando te sacas una mochila muy pesada. No era Alfa, no iba a tener que pelear con nadie. No era Omega, no iba a tener que tener miedo de que me olieran o me siguieran. Era normal. Era del montón. Era invisible.
Salí al pasillo y creo que sonreí como tonto. Tomás me gritó desde lejos, ¿qué te salió? Y yo le grité Beta! Y él me dijo aaa buena, piola, y siguió caminando.
Guardé el papel en el bolsillo de mi polerón y me fui corriendo a la casa. Corrí. No tomé micro. Quería llegar luego a contarle a mi papá.
Mi papá estaba en la cocina, tomando té. Cuando llegué con la cara roja por el frío, me miró raro.
"¿Qué pasó? ¿Te fue mal?"
Saqué el papel arrugado, todo transpirado. Se lo puse en la mesa.
Lo leyó. Y me abrazó. Me abrazó fuerte, como no me abrazaba hace tiempo. Me dijo mi Beta tranquilo. Mi Beta bueno. Como si fuera un piropo. Para él sí lo era.
En ese momento entró Colette con Margot. Venían del mall, con bolsas. Colette me vio abrazado a mi papá y puso cara de qué pasa aquí.
Mi papá, orgulloso, le pasó el papel. "Es Beta, Colette. Como nosotros queríamos, tranquilo."
Ella lo tomó entre dos dedos. Lo leyó. Y te juro que nunca la había visto sonreír así. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de alivio, como cuando te dicen que al final no tienes que pagar una cuenta.
"Qué suerte tuviste, Adrien", me dijo. Y me tocó el hombro. Una vez.
Yo pensé que me lo decía a mí. Qué iluso.
Esa noche me desperté a tomar agua. Bajé descalzo, sin prender la luz, porque si prendía la luz Colette reclamaba por la cuenta. La escuché en la cocina. Estaba hablando por teléfono con su amiga, esa que habla muy fuerte.
La escuché clarito.
"No, te digo que es Beta. Sí, al final Beta... No, no sirve para presentarlo, tú sabes que las familias quieren Alfa u Omega joven... Sí, nadie paga por un Beta... Mejor, así no da problemas. Que ayude nomás en la casa, para eso sirven."
Se me heló la mano con el vaso.
No valía. Eso era. No valía plata. No valía un matrimonio arreglado. No valía un contacto con una familia con plata. En el mundo de Colette, que vendía casas a puros Alfa con plata, un Beta de dieciséis no era un hijo. Era un mueble que no se podía vender.
Y por eso era suerte.
Me quedé ahí parado en la oscuridad con el vaso de agua. No lloré. Me sentí raro. Como aliviado y con rabia al mismo tiempo. Aliviado porque si no valía, no me iban a molestar con eso de buscarme un Alfa mayor para casarme, que era lo que le hacía a amigas de Margot. Con rabia porque me di cuenta que desde que llegaron, nunca me vieron como hijo. Me veían como algo que había que administrar.
Al día siguiente empezó lo del chico que ayuda.
No fue de golpe. Fue de a poco, como cuando te entra agua por la zapatilla. Primero fue "Adrien, ¿puedes llevar estas llaves a la oficina de Colette?". Después "Adrien, ¿puedes limpiar el depa que voy a mostrar mañana? Hay que barrer nomás". Después ya era todos los días.
Me levantaba a las seis para ir al liceo, volvía a las cuatro, y a las cuatro y media tenía que ir a limpiar un depa vacío en el centro. Sin guantes. Con una escoba vieja. Sacaba el polvo, sacaba pelos de otro, sacaba la basura que dejaban los maestros. Colette me pagaba a veces veinte dólares. A veces nada. Me decía que era para aprender el valor del trabajo.
Margot también empezó. "Adrien, llévame". "Adrien, tráeme". "Adrien, mi mamá dice que le limpies el auto". Al principio le decía que no. Después era más fácil decir que sí.
Mi papá lo veía a medias. Una vez lo encontró retándome porque no había limpiado bien un baño. Le dijo a Colette, oye, déjalo tranquilo, es un niño todavía. Y ella le contestó, es para que aprenda, si es Beta tiene que esforzarse más. Mi papá se quedó callado. Estaba cansado. Siempre estaba cansado.
Yo me repetía lo mismo todas las noches en mi pieza chica. Falta poco. A los dieciocho te vas. Aguanta.
Me puse a guardar plata sin decirle a nadie. Cada billete de veinte que me daba Colette, lo metía en una cajita de zapatos debajo de mi cama. Cada vuelta que me daban en el almacén cuando iba a comprar pan. No era mucho. Pero era mío. Nadie sabía.
A veces me miraba al espejo del baño y me decía a mí mismo, qué suerte, soy Beta. Y me lo creía a medias.
Lo que no sabía es que ese papel que decía BETA estaba equivocado. O estaba a medias. Que mi cuerpo había estado aguantando tanto, con tanto estrés y tanto frío en esa casa, que se había apagado. Que no era Beta. Que era otra cosa que todavía no despertaba.
Pero eso lo supe mucho después, en Montreal, con fiebre, en el piso de un dépanneur a las tres de la mañana, oliendo a madera y a cigarro.
En ese momento, con dieciséis, yo de verdad pensé que ser Beta era una bendición.