Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 8: DESPUÉS DE AQUELLA NOCHE
Valentina apenas durmió.
Una y otra vez, la misma frase regresaba a su mente.
Porque no me gusta que otros hombres te miren como yo te miro.
Cerró los ojos intentando olvidarla.
No funcionó.
¿Qué había querido decir Maximiliano?
Y, peor aún…
¿Por qué aquellas palabras habían conseguido alterarla tanto?
A la mañana siguiente, llegó a Grupo Blackwood unos minutos antes de lo habitual.
Necesitaba trabajar.
Necesitaba concentrarse.
Necesitaba dejar de pensar en su jefe.
—Buenos días —saludó Laura.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
Valentina dejó su bolso sobre la silla.
—Más o menos.
Laura la miró con curiosidad.
—Eso suena interesante.
—No empieces.
—Yo no he dicho nada.
Valentina sonrió.
—Pero lo estás pensando.
Antes de que Laura pudiera responder, las puertas del ascensor se abrieron.
Maximiliano salió.
Valentina lo vio.
Él también la vio.
Durante unos segundos, ninguno apartó la mirada.
Finalmente, Maximiliano caminó hacia su oficina.
—Buenos días, Valentina.
—Buenos días, señor Blackwood.
Él se detuvo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué espera?
—No sé.
La miró unos segundos.
—Buenos días, Maximiliano.
Algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios.
—Mucho mejor.
Y entró en su despacho.
Valentina se quedó mirándolo.
¿Qué demonios está pasando?
---
Una hora después, él la llamó.
—Pasa.
Valentina entró con unos documentos.
—Aquí está el informe que solicitó.
Maximiliano lo tomó.
—Gracias.
Ella permaneció de pie.
Él levantó la mirada.
—¿Necesitas algo?
—No.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Valentina dudó.
—Quería preguntarle algo.
—Pregúntame.
Ella respiró profundamente.
—Lo de anoche…
La expresión de Maximiliano cambió.
—Sí.
—¿Lo dijo en serio?
Él dejó el documento sobre el escritorio.
—¿Qué parte?
—Lo que dijo sobre cómo me mira.
Maximiliano guardó silencio.
Esta vez no intentó esconderse detrás de una respuesta profesional.
—Sí.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Por qué?
—Porque es verdad.
Ella no esperaba aquella respuesta.
—Señor Blackwood…
—Maximiliano.
—Maximiliano…
Él se levantó.
—No quiero que esto te incomode.
—No me incomoda.
—¿Segura?
Valentina asintió.
—Sí.
Él se acercó un poco.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que ella sintiera nuevamente esa tensión.
—Entonces quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—No espero nada de ti.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Nada?
—Nada que tú no quieras darme.
Aquellas palabras hicieron que algo dentro de ella se relajara.
Por primera vez entendió que, aunque existía una atracción evidente, Maximiliano no estaba intentando obligarla a nada.
Él simplemente estaba siendo honesto.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por decírmelo así.
Maximiliano sonrió.
—Creo que te mereces saberlo.
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Ese día trabajaron como siempre.
O al menos lo intentaron.
Porque cada vez que sus miradas se cruzaban, ambos recordaban la conversación.
A mediodía, Valentina recibió un mensaje.
Tomás: ¿Podemos vernos hoy? Necesito hablar contigo.
Ella frunció el ceño.
No sabía qué quería.
Respondió:
Valentina: Está bien. Después del trabajo.
Guardó el teléfono.
Maximiliano, que estaba revisando unos documentos, levantó la mirada.
—¿Tomás?
Valentina soltó una pequeña risa.
—¿Cómo sabe que es él?
—Porque sonríes diferente cuando recibes sus mensajes.
Ella lo observó.
—¿Está celoso otra vez?
Maximiliano dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Quizá.
Valentina sonrió.
—Al menos ahora lo admite.
—Estoy aprendiendo.
Ella negó con la cabeza.
—Nunca pensé que usted fuera capaz de admitir algo así.
—Yo tampoco.
Se miraron.
Y esta vez fue Valentina quien apartó la mirada primero.
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Al terminar la jornada, Tomás la esperaba afuera.
—Hola, Vale.
—Hola.
Caminaron hasta una cafetería cercana.
Tomás parecía nervioso.
—¿Qué sucede?
Él tomó aire.
—Quería hablar contigo porque no quiero seguir dando vueltas.
Valentina frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A nosotros.
Ella guardó silencio.
—Me gustas, Vale.
Valentina no esperaba escucharlo.
Tomás continuó:
—Siempre me has gustado. Y sé que quizá no es el mejor momento, pero quiero saber si tengo alguna oportunidad contigo.
Valentina bajó la mirada.
No sabía qué responder.
No porque sintiera algo por Tomás.
Sino porque, últimamente, su corazón estaba demasiado ocupado pensando en otra persona.
Un hombre que, hasta hacía poco, jamás había imaginado de esa manera.
Su jefe.
Maximiliano.
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Esa misma noche, en su apartamento, Maximiliano estaba frente al ventanal con un vaso de agua en la mano.
Pensaba en Valentina.
En sus ojos.
En la forma en que había reaccionado aquella mañana.
Su teléfono sonó.
Era Santiago.
—¿Qué pasa? —contestó Maximiliano.
—Quería saber cómo estás.
—Bien.
—Mentiroso.
Maximiliano soltó una risa.
—¿Ahora eres psicólogo?
—No. Soy tu mejor amigo. Es peor.
Hubo un breve silencio.
—¿Hablaste con ella?
Maximiliano miró hacia la ciudad.
—Sí.
—¿Y?
—Le dije la verdad.
Santiago soltó un silbido.
—Finalmente.
—No fue fácil.
—¿Y qué dijo?
Maximiliano sonrió apenas.
—No se fue.
—Eso es buena señal.
—No sé qué significa.
Santiago se quedó callado unos segundos.
—Entonces averígualo.
Maximiliano miró su teléfono cuando terminó la llamada.
En ese mismo instante, recibió un mensaje.
De Valentina.
Valentina: Buenas noches, Maximiliano. Gracias por hoy.
Él sonrió.
Pero entonces llegó otro mensaje.
Valentina: Mañana necesito hablar contigo.
La sonrisa desapareció.
Maximiliano sintió una extraña inquietud.
No sabía qué quería decirle.
Pero, por primera vez, tuvo miedo de que aquella conversación pudiera cambiarlo todo.