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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 20

Los tres días siguientes fueron un suplicio que me desgarró los nervios.

En el palacio imperial, el tiempo parecía haberse congelado bajo una capa de escarcha. No comía, apenas bebía agua y la comida que las doncellas me traían a la alcoba se enfriaba intacta sobre las mesas bajas. Me pasaba las horas en el mirador, con los ojos fijos en el horizonte del norte, donde las nubes grises presagiaban tormenta.

Nadie sabía si el halcón de cresta roja había alcanzado las líneas del frente antes del alba. Nadie sabía si el mensaje con mi advertencia había llegado a las manos de Li Yan a tiempo, o si un arquero rebelde lo había derribado sobre las cumbres nevadas.

La corte se movía como una manada de hienas esperando a que el león cayera. En los corredores, los ministros cuchicheaban tras sus abanicos de seda. Si el emperador moría en el Río Negro, la guardia de Jin no bastaría para protegerme; me arrastrarían a la plaza pública para quemarme viva antes de que cayera la noche.

—Mi Señora Lian —dijo la Dama Kang la mañana del cuarto día, entrando a mis aposentos con pasos cautelosos—. Debe descansar. Su rostro está tan pálido como el de su madre cuando llegó de la aldea.

—No tengo sueño, Kang —respondí sin apartar la mirada del patio desierto—. ¿Hay noticias de los puestos de avanzada?

—Aún no. La ventisca cortó los pasos de montaña. Los caballos de relevo no pueden cruzar.

Apreté los puños bajo las mangas de mi túnica de lana. Me dolía el pecho; una puntada sorda, punzante, no me daba tregua en el centro del esternón. No era una visión, era la pura angustia de saber que mi propia alma estaba atada a la de ese hombre con un nudo que me ahogaba.

Decidí bajar al Pabellón de los Cerezos para alejarme del silencio aplastante de la recámara imperial.

Caminé escoltada por Jin y cuatro guardias. En el jardín, los árboles desnudos crujían por el viento helado. Al entrar al aposento de mi madre, la encontré sentada junto a la ventana baja, mirando hacia el mismo cielo norteño que me quitaba el sueño.

—No ha muerto —dijo mi madre antes de que yo pudiera abrir la boca. Su voz ya no tenía la carraspera enferma de la tos; los tónicos del palacio le habían devuelto el color a la piel.

Me senté a su lado sobre el tapiz grueso, frotándome las manos frías.

—No lo sabes, madre. No han llegado informes.

—Lo sé porque tú sigues entera —respondió ella, girando el rostro para mirarme con esa sabiduría pesada de quien conoce el don mejor que nadie—. El lazo del carmesí no solo te permite ver el futuro, Lian. Cuando el hombre que tiene tu marca derrama su sangre hasta el final, el hilo se corta en tu propio pecho. Sentirías el vacío como si te arrancaran las tripas. Si todavía te duele, es porque ese corazón salvaje sigue latiendo.

Tragué saliva, bajando la cabeza. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que el dolor de Li Yan se hubiera convertido en mi propia medida de vida.

—Le envié una advertencia con el halcón —confesé en un susurro—. Si me ignoró... si su orgullo de guerrero pudo más que mi palabra...

—Un hombre cegado por la soberbia ignora a sus ministros, pero jamás a la mujer que calma sus demonios —dijo mi madre, posando su mano delgada sobre mi regazo—. Espera, Lian. La respuesta está más cerca de lo que crees.

No pasaron ni dos horas cuando el sonido quebró la calma del palacio.

No fue un murmullo de sirvientes. Fue el estruendo seco y distante de un cuerno de bronce sonando tres veces desde las murallas exteriores de la capital.

Ta-ra-rá. Ta-ra-rá. Ta-ra-rá.

El toque de victoria.

Me puse de pie de un salto, con el corazón golpeándome contra la garganta. Jin desenvainó la espada a medias en el umbral, con los ojos muy abiertos:

—¡Es el cuerno de la caballería imperial! —exclamó el comandante—. ¡Viene la guardia de vanguardia!

Salí corriendo del pabellón sin esperar a la litera ni a las doncellas. Mis faldas se levantaban con el viento helado mientras cruzaba a zancadas los senderos de piedra, con Jin y los soldados pisándome los talones. Atravesé los arcos de mármol del patio principal justo cuando las gigantescas puertas de hierro del palacio se abrían de par en par.

Una columna de cincuenta jinetes con armaduras cubiertas de barro, sangre seca y nieve cruzaba el umbral al galope tendido. Los caballos echaban vapor por los ollares, exhaustos, y los estandartes negros del dragón ondeaban hechos jirones por el combate.

Al frente de todos, montando un corcel negro de batalla que resoplaba con furia, venía él.

Li Yan.

No llevaba el casco puesto. Su pelo largo y azabache caía revuelto, pegado a las sienes por el sudor y la escarcha. Tenía la coraza de hierro negro abollada y salpicada de carmesí, pero la espalda seguía recta como una torre de asedio. En la mano izquierda sostenía las riendas con firmeza; de la montura colgaba, atada por los cabellos con una cuerda de cáñamo, la cabeza decapitada de un hombre de rasgos toscos con adornos de hueso en las orejas: el hermano del General Wu.

El emperador tiró de las riendas con un movimiento seco, haciendo que el caballo se detuviera en seco a diez pasos de donde yo estaba parada.

Los ministros y cortesanos que habían salido al patio cayeron de rodillas al instante sobre el suelo helado, golpeando la frente contra los adoquines:

—¡Larga vida al Hijo del Cielo! ¡Larga vida al Señor de la Guerra!

Li Yan no miró a ninguno de ellos. No miró a los oficiales ni al consejo que temblaba a sus pies. Sus ojos oscuros, inyectados en una fatiga salvaje y con restos de la adrenalina de la matanza, barrieron la plaza entera hasta detenerse en mí.

Se quedó inmóvil sobre la montura durante tres latidos eternos, respirando hondo el aire gélido mientras me recorría de arriba abajo, asegurándose de que estaba viva y entera.

De pronto, desmontó de un salto ágil. El metal de sus botas chocó pesado contra el suelo de piedra. Arrojó las riendas a un soldado que se arrastró a recibirlas y avanzó a zancadas largas y decididas directo hacia mí, apartando a los ministros a su paso como si fueran hierba seca.

Yo no me moví. Me quedé clavada en el sitio, con el pecho agitado y los ojos ardiéndome por las lágrimas que me negaba a derramar frente a la corte.

Li Yan se detuvo a un solo palmo de mi cuerpo. Olía a hierro quemado, a sudor de caballo y a nieve fresca. Tenía un corte superficial en la mejilla izquierda que aún manchaba su mandíbula con una línea de sangre oscura, pero en su cuello no había ninguna herida.

La flecha de plumas blancas no lo había tocado.

Se despojó del guantelete de hierro con un tirón violento y lo arrojó al suelo. Levantó su mano grande, cubierta de hollín y sangre ajena, y me tomó de la nuca con una posesividad feroz, estrellando su frente contra la mía con un golpe sordo.

El contacto de su piel caliente me atravesó como un rayo. Un jadeo se me escapó de la garganta y, antes de que pudiera contenerme, mis manos se alzaron por instinto, aferrándose con fuerza a las placas frías de su coraza para no caer.

—Las cornisas del oeste estaban llenas de arqueros —susurró Li Yan contra mis labios, con la voz tan ronca y rasposa que parecía cortada por navajas—. Tu halcón llegó dos horas antes de que la vanguardia entrara al desfiladero. Quemamos el bosque entero con ellos adentro.

—Estúpido tirano... —murmuré con la voz rota, sintiendo cómo una lágrima me resbalaba por fin por la mejilla, rozando su piel sucia de combate—. Casi te haces matar allá afuera.

Li Yan soltó un gruñido bajo, ronco, y sus ojos brillaron con una luz salvaje y posesiva que me devoró por completo.

—Te dije que nadie más ocuparía mi lugar en esa cama, Lian —dijo, y delante de los cien soldados de su guardia, de los generales del ejército y de los ministros arrodillados en el lodo, su boca se estrelló contra la mía en un beso feroz, hambriento y despiadado que le gritó a todo el imperio a quién le pertenecía la vida del rey.

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LEIDY KATERINE TANGARIFE MONTOYA
novela super buena, sigue así autora por fa terminala rápido🤩
Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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