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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL FILTRO DEL QUINTO NIVEL

​El trabajo de sellado temporal de la grieta logró contener la entrada masiva de aire por unos minutos, pero la atmósfera dentro del pasillo del piso 5 se volvió irrespirable de una forma distinta: el calor metabólico de las catorce personas atrapadas, sumado a la falta de circulación, elevó la temperatura del corredor a más de treinta y dos grados centígrados.

​En la esquina del pasillo, el anciano del 502, cuya cánula de oxígeno portátil comenzaba a emitir un pitido de reserva baja, empezó a hiperventilar.

​—Se está quedando sin aire... —dijo su hija, una mujer de unos cuarenta años con los ojos hinchados de llorar—. El tanque de condensación del concentrador eléctrico no funciona porque no hay luz. Solo le queda la bala pequeña de transporte.

​Sofía se acercó con cuidado, manteniendo una distancia prudente de un metro para no alarmar a la familia.

​—No deje que se hiperventile —dijo Sofía con voz suave pero autoritaria—. Si empieza a respirar agitado, la saturación de oxígeno va a caer más rápido y va a entrar en pánico. Respire con él, despacio. Contenga el aire tres segundos antes de soltarlo.

​La mujer miró a Sofía con una mezcla de desconfianza y gratitud desesperada, y comenzó a marcarle el ritmo respiratorio al anciano.

​Mientras tanto, Mateo examine la puerta de acceso al bloque de escaleras principales que conducía al piso 6.

​A diferencia del piso 3 —donde el tramo de concreto se había pulverizado por completo—, la rampa de escaleras que subía del piso 5 al piso 6 permanecía estructuralmente intacta. Sin embargo, la puerta de entrada era una estructura metálica blindada de doble hoja, instalada por la administración años atrás para aislar los penthouses del resto del complejo. La cerradura era un sistema de tres pernos de acero accionado por una llave de paletón de alta seguridad.

​Don Guillermo se acercó a Mateo, sacando el gran manojo de llaves.

​—Esa puerta no la abre ninguna de estas llaves —dijo el administrador, negando con la cabeza—. Esos apartamentos del sexto piso los compró una firma de inversionistas extranjeros hace dos años. Le pusieron su propia seguridad. Ni la administración del edificio tiene copia de esa llave.

​Mateo se agachó frente al cerrojo. Inspeccionó el escudo protector de acero con la linterna de cabeza.

​—Es una cerradura mecánica de sobreponer con cilindro de seguridad —analizó Mateo, tocando el marco de hierro frío con la punta del destornillador que traía en el cinturón—. El marco no es de concreto macizo; está anclado sobre un vano de ladrillo tolete con mortero pobre. No necesitamos abrir la cerradura si podemos romper los puntos de anclaje de los pernos en la pared.

​—¿Romper el muro? —preguntó Guillermo—. Nos tomaría horas con un martillo manual.

​—No si usamos el peso muerto del contrapeso del elevador secundario —dijo Mateo, mirando el pasillo con la mente técnica trabajando a mil revoluciones.

​—El ascensor B cayó al foso, Mateo —le recordó Sofía, acercándose al grupo tras estabilizar al anciano del 502.

​—La cabina cayó al foso, Sofía —corrigió Mateo—, pero el contrapeso de hierro fundido de ochocientos kilogramos quedó atascado en las guías superiores, justo a la altura del piso 6. El cable primario se reventó abajo, pero el cable de compensación secundario todavía pasa por la polea de la sala de máquinas del piso 7. Si liberamos el freno de la polea manualmente desde el registro del piso 5, el contrapeso va a bajar como un plomo hacia el subterráneo.

​—¿Y eso en qué nos ayuda con la puerta blindada? —inquirió Guillermo, confundido.

​—El cable de compensación pasa a diez centímetros del marco de esta puerta —explicó Mateo—. Si enganchamos la barra de tracción del cable al anclaje superior de la puerta blindada usando la cadena de la columna de incendios, el tirón descendente de ochocientos kilos de hierro va a arrancar los pernos del muro de ladrillo como si fueran fósforos.

​Sofía miró a su esposo con una mezcla de asombro y preocupación. La maniobra era un cálculo de ingeniería improvisado extremadamente peligroso: si la cadena no aguantaba la tensión o si el contrapeso no bajaba en línea recta, la sacudida podía fracturar la losa del piso 5 o colapsar el tramo de la escala.

​—Mateo... si el contrapeso se traba a mitad de camino, vas a tensionar el cable hasta reventar la losa donde estamos parados —advirtió Sofía.

​—Es un riesgo calculado, Sofía —respondió Mateo, mirándola fijamente a los ojos—. O nos arriesgamos a romper el marco de la puerta ahora, o nos quedamos a esperar que el pegamento de la grieta ceda cuando los infectados del piso 4 se acumulen contra el muro.

​Guillermo miró hacia el fondo del pasillo. A través del vinipel transparente del apartamento 501, la silueta del repartidor congelado en la ventana ya no estaba sola. Dos figuras más, con batas médicas desgarradas y movimientos erráticos, se apoyaban contra la pared exterior del edificio, atraídas por el siseo del pegamento al secarse.

​—Hagámoslo —sentenció Guillermo, apretando la escopeta contra su pecho—. Marcela, vaya por la cadena gruesa del pozo técnico.

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