Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 4
Capítulo 4
—¿Él sabe que usaron su muestra?
Fue lo primero que pude preguntar. Robledo negó con la cabeza.
Yo conocía el apellido Alcántara por sus hospitales, sus empresas, los edificios que llevaban su nombre. Nunca había tenido un motivo para pensar en el hombre. Ahora estaba de pie en un archivo de su ciudad, embarazada de dos hijos suyos, y él ni siquiera sabía que existían.
Volví a mirar el código. Era el mismo en las dos hojas.
—Quiero sentarme —dije.
Regresamos al consultorio con la carpeta. Robledo me sirvió agua. No la probé.
—¿Cuándo descubrieron la confusión?
—Antes de la transferencia.
La miré.
—¿Antes de ponérmelos?
—Sí.
Necesité un momento para escuchar lo que seguía sin levantarme y salir.
Robledo habló de dos procedimientos que coincidieron, de un vial almacenado desde un accidente que el paciente había sufrido dos años antes, de códigos semejantes y de una comprobación que nadie hizo. No la dejé pasar de ahí.
—Alguien se equivocó con los códigos. Después usted ya sabía.
—Sí —repitió, esta vez más bajo.
—Y aun así siguió.
—Le avisamos a su marido. Pensé que él…
—Yo era la paciente.
La doctora dejó el vaso sobre el escritorio.
Durante tres años había confiado en aquella voz para saber si podía levantarme de una camilla, si debía preocuparme por una mancha en la ropa interior, si existía todavía alguna esperanza. Me costaba aceptar que la misma voz hubiera sabido callarse algo así.
—Rodrigo pidió que no se lo dijéramos —continuó—. Pagó para que el incidente quedara fuera del expediente que usted podía consultar.
—¿Por qué?
—Dijo que su abuela necesitaba creer que tendría un heredero. Que la familia no debía enterarse. No quiso suspender el proceso.
Recordé a Nicolás preguntándole cómo pensaba quitarme al bebé. Rodrigo no había defendido a un hijo suyo. Estaba protegiendo el lugar que un embarazo le daba dentro de su familia.
—¿Le entregaron el nombre de Alcántara?
—No. Solo supo que era de otro paciente. El reporte con la identidad quedó en el archivo restringido.
Fotografié las páginas. Robledo no intentó impedirlo, pero cuando le pedí una copia certificada del expediente volvió a mirarme con miedo.
—Mi firma está en todo esto.
—La mía también. La diferencia es que a mí no me dijeron qué estaba aceptando.
Hablé con Poncho desde el pasillo. Me hizo repetir qué documentos tenía y pidió que no saliera sin copias completas, fechas y firmas. Yo quería huir con la carpeta apretada contra el pecho. Él insistió en que una hoja arrancada y una foto suelta iban a ser más fáciles de cuestionar.
Volví a entrar.
Robledo sacó los formularios y los registros del procedimiento. Mientras preparaba las copias me contó que Rodrigo le había recordado varias veces quién financiaba proyectos de la clínica. Había pensado renunciar. Nunca había querido dejar por escrito la razón.
—No sé qué hará si se entera de que hablamos —dijo.
Yo tampoco.
Podía denunciar el error en ese momento. Lo que no tenía resuelto era dónde vivir esa noche si Rodrigo decidía buscarme, ni cómo impedir que su familia convirtiera la confusión en una infidelidad mía. Y al otro lado estaba Alcántara. No sabía si al enterarse querría conocer a sus hijos o apartarme de ellos.
Pensé en el hombre como pensaba en los edificios de su grupo: puertas a las que yo tendría que pedir acceso y que él podía cerrar desde dentro. Era miedo, no conocimiento. Pero acababa de descubrir cuánto podía hacerse con mi vida mientras yo esperaba afuera de una sala.
Necesitaba tiempo y asesoría. No necesitaba que desaparecieran las pruebas.
—Le voy a conseguir ayuda para salir de aquí —le dije a Robledo—. Pero no voy a prometerle que lo que hizo no tendrá consecuencias.
Ella sostuvo mi mirada y asintió.
Poncho encontró un vuelo de madrugada y un alojamiento provisional fuera del país. Robledo tenía el pasaporte vigente. La vi escribir la solicitud de licencia, borrarla y empezar de nuevo. Llevaba años trabajando allí; ahora no sabía a quién podía avisar de que se iba.
Antes de irnos, firmó una relación de lo ocurrido y entregó las copias completas para que quedaran bajo resguardo. Al fechar la última hoja, su teléfono empezó a vibrar. El nombre de Rodrigo apareció en la pantalla. Robledo me miró; yo negué con la cabeza. Dejó que la llamada terminara.
—¿Y las computadoras? —preguntó—. Hay accesos de la familia. Solicitudes de información que no pasan por mí.
Poncho habló con el responsable técnico al que ella podía acudir. Le pidió preservar los registros y suspender las consultas compartidas que permitían sacar expedientes sin control. El informe del incidente nunca había estado en el sistema general; eso no significaba que no quedaran otros rastros.
—Si buscan con tiempo, algo van a encontrar —me advirtió por teléfono—. Podemos cerrar una filtración. No borrar que estuviste ahí.
Preferí saberlo.
Salimos por el estacionamiento del personal. Robledo iba a recoger una maleta antes de encontrarse con el enlace de Poncho. En la puerta del coche quiso tocarme el brazo y se detuvo.
—Ayer usted estaba tan contenta…
No soporté que terminara.
—Todavía quiero a mis hijos, doctora.
Me quedé esperando mientras subía al vehículo. Ella lloraba en silencio. Yo estaba demasiado cansada para consolarla y demasiado preocupada por que llegara al aeropuerto para dejar de mirarla.
Cuando por fin estuve sola, encontré un mensaje de Rodrigo.
“¿Dónde estás? Mi mamá dice que hoy no te pusiste la dosis”.
Me había visto salir de aquella clínica dos días seguidos sin preguntarme qué había dicho la doctora. Ahora sí quería saber dónde estaba.
Contesté que había ido a pedir una segunda opinión. Borré la frase antes de mandarla. Escribí solo: “Descansando”.
Poncho me llamó para confirmar el traslado. Le pedí una cosa más: información comprobable sobre Jerónimo Alcántara. Lo que pudiera encontrar sin acercarse a él.
—¿Para hablarle? —preguntó.
Miré las copias, todavía sobre mis piernas.
—Para saber con quién tendría que hablar.
Guardé una copia lejos del departamento nupcial. La otra fue conmigo. A la mañana siguiente buscaría otro médico para el embarazo.
Aquella noche, antes de dormir, tuve que llamar al aeropuerto para confirmar que Robledo había abordado. Hasta que Poncho me dijo que el avión estaba en el aire, no pude apagar la luz.