El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23: Cartas de amor y peligro
El pergamino descansaba sobre la mesa, como si tuviera vida propia. El emblema grabado en el sello —media luna entrelazada con una huella de lobo, igual que su marca— la llamaba sin descanso. Conozco la verdad sobre tus padres. Esas palabras ardían en su mente, encendiendo la esperanza que había guardado en lo más profundo de su corazón durante toda una vida.
Casi fue a contárselo a Kael. Casi corrió a sus brazos, le mostró la carta y le pidió que la acompañara. Pero se detuvo. La nota era clara: sola. Y una voz interior le dijo que quien la escribía no quería dañarla… sino revelar algo que nadie más debía escuchar. Algo que podía cambiarlo todo.
Esa tarde, mientras Kael revisaba las defensas del palacio, Elara tomó pluma y papel. No para escribirle a la desconocida… sino a él.
Mi amado Kael:
Si lees esta carta, es porque fui y volví… o porque algo me ocurrió. No te culpes. No busques a quien mandó la nota entre los tuyos. Esto es algo que debo hacer sola, como aprendí a hacer tantas cosas estos días.
Te amo más de lo que las palabras pueden decir. Me enseñaste que no soy un error, que no soy invisible, que merezco ser amada con todo lo que soy y todo lo que no sé aún. Gracias por creer en mí cuando yo misma dudaba.
Cuida de los seis pequeños si no regreso. Diles que su madre los amó antes de verlos, antes de tocarlos, desde el primer instante en que supe que venían. Diles que el amor que nos une es más fuerte que cualquier sombra, más antiguo que cualquier leyenda.
Volveré. Prometo que haré todo lo posible por volver. Por ti. Por ellos. Por nosotros.
Tu Elara.
La dobló con cuidado y la escondió entre las páginas de un libro que Kael siempre leía antes de dormir. Luego se vistió con ropas oscuras y cómodas, ocultó la marca bajo la manga y salió cuando el sol empezaba a ocultarse, sin hacer ruido, siguiendo el camino que la carta indicaba: el claro del bosque antiguo, donde los árboles eran tan viejos que se decía que habían escuchado las voces de los primeros reyes.
El aire allí era fresco y denso, lleno de sombras largas y el murmullo de hojas que se movían sin viento. Elara caminaba despacio, la mano siempre en su vientre, hablando en voz baja con sus pequeños:
—No tengan miedo. Mamá está aquí. No dejaré que nada nos pase.
Cuando llegó al claro, no había nadie. Esperó, el corazón latiéndole con fuerza, mirando hacia todos lados entre la penumbra. Y entonces, de entre los árboles, salió una figura encorvada por la edad, vestida con túnicas descoloridas, el rostro oculto tras un velo oscuro. Al acercarse, Elara contuvo el aliento: los ojos que la miraban eran conocidos. Los había visto en los retratos antiguos del palacio.
—¿Quién eres? —preguntó, dando un paso atrás.
La anciana se detuvo a pocos metros y se quitó el velo lentamente. Su rostro estaba marcado por el tiempo, pero la mirada era inconfundible: era la misma que aparecía en los retratos de la reina madre, la que todos creían muerta hacía dieciocho años.
—Soy quien te dio la vida —dijo con voz temblorosa pero firme—. Soy tu abuela.
Elara dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies:
—¿Mi abuela?… Pero dicen que desapareciste. Que te fuiste y nunca volviste.
—Me escondí —respondió la mujer, acercándose un poco más—. Me escondí para protegerte. Para proteger el secreto que destruiría nuestra familia si salía a la luz. Tus padres no te abandonaron. Te entregaron a mí con el corazón roto, sabiendo que era la única forma de mantenerte viva.
—¿De qué secreto hablas? —preguntó Elara, con lágrimas que empezaban a brotar—. ¿Por qué me escondieron? ¿Por qué nadie me dijo quién era?
La anciana bajó la mirada, y por primera vez pareció mostrar su edad real:
—Porque la profecía tiene dos caras, niña. La que todos conocen: que unirás lo roto y traerás luz. Y la que callamos: que si la hija del linaje se une con el Lobo Plateado, el equilibrio se romperá y la sangre antigua reclamará lo que le fue arrebatado. Kael no es solo tu destino… es también tu condena. Su sangre y la nuestra debieron permanecer separadas. Y al unirse… despertamos algo que llevaba siglos durmiendo.
Elara sintió que el aire le faltaba:
—¿Algo… algo que viene por nosotros?
—Viene por los seis —confirmó su abuela con voz sombría—. Ellos son el equilibrio y también la amenaza. Quienes sirven a la sombra antigua no quieren destruirlos… quieren poseerlos. Usar su poder para recuperar lo que creen que les pertenece. Y están mucho más cerca de lo que imaginas.
En ese instante, las luces de Elara brillaron con fuerza en su vientre, advirtiéndole. Y desde el borde del claro, una voz cortante y fría resonó:
—Muy conmovedor. Pero me temo que no podrás contarle toda la historia.
Valerius salió de entre los árboles, rodeado de hombres armados. Su rostro no mostraba rastro de amabilidad ni cortesía: solo frialdad pura.
—Gracias por venir sola —dijo, mirando a Elara—. Esto termina aquí. Sin el rey, sin el pueblo, sin testigos.
Su abuela se interpuso entre ellos:
—No la tocarás. Si lo haces, todo se sabrá.
—No habrá nadie que lo cuente —respondió él, haciendo una seña a sus hombres—. Llévensela. Y a ella también.
Elara dio media vuelta y corrió, pero el camino estaba bloqueado. Estaba atrapada. Y mientras los hombres se acercaban, pensó en la carta que había dejado para Kael. En sus palabras de despedida. En la promesa de volver.
No me rendiré, pensó, apretando las manos sobre su vientre. No ahora. No cuando por fin sé quién soy.
Las luces de los seis brillaron todas a la vez, llenando el claro de colores vivos, cegando a quienes se acercaban. Y en medio del resplandor, se escuchó un aullido lejano, potente, que hizo temblar las hojas de los árboles. Kael había encontrado la carta. Y venía.