Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 1: La cuenta regresiva
Me dijeron que mi sangre estaba enferma un martes a las tres de la tarde. Martes de prueba de matemáticas, de esas que valen el treinta por ciento. Tenía dieciséis años con tres meses, lo recuerdo porque lo tenía anotado en mi planner con un sticker amarillo que decía tú puedes, y lo había pegado yo misma la noche anterior mientras intentaba entender logaritmos. La doctora usó un nombre larguísimo, leucemia linfoblástica aguda, y lo dijo en voz baja, como si al bajar el volumen doliera menos. En ese momento no entendí nada, solo que la palabra leucemia sonaba a algo que le pasa a otra gente, no a mí.
Mi mamá se quebró ahí mismo, en el pasillo del hospital regional. No fue un llanto bonito de película, fue uno con hipo, con los hombros temblando, con la cartera colgando chueca. Mi papá no lloró. Me apretó la mano tan fuerte que sentí sus uñas y después me pidió perdón en voz baja. Yo, en cambio, pensé en algo ridículo. Pensé que no había estudiado para la prueba de mañana y que la profe Arancibia me iba a retar. Así de desconectada estaba de todo.
Después de eso todo cambió de forma rara, no de golpe, sino como cuando te cambian el brillo del celular y al principio no te das cuenta. Aprendí palabras que nadie a mi edad debería saber. Plaquetas, neutrófilos, protocolo, punción. Aprendí a decir estoy bien aunque estuviera pálida como hoja de cuaderno. Aprendí a sonreír para que los demás no se sintieran incómodos, porque a la gente le incomoda ver a alguien enfermo y no saber qué decir. Y aprendí que mis papás iban a trabajar doce horas, a veces más, porque cada examen, cada bolsa, cada viaje a Concepción cuesta lo mismo que un mes de arriendo. No es que no me quisieran, es que quererme salía caro, y eso me daba una culpa que no sabía dónde poner.
Mi casa se volvió un lugar silencioso. Llego del colegio y tiro la mochila al lado del sillón. Siempre hay un post-it en el refrigerador con la letra de mi mamá que dice calienta la comida, te amo, nos vemos en la noche. Caliento la comida. Como sola. Prendo la tele aunque no la vea, solo para que haya ruido. Odio el silencio porque en el silencio me escucho el corazón. Lo escucho latir y me da miedo pensar que un día pueda parar. Suena exagerado, lo sé, pero a las cinco de la tarde, sola en la cocina, todo suena exagerado y grande.
Por eso me quedo en el colegio hasta tarde. Hasta que me echan, literalmente. La señora Marta, la de la biblioteca, ya me conoce. Me dice Abril, de nuevo tú, ¿no te aburres aquí? Y yo le digo que no, que aquí estoy tranquila. Ella me deja quedarme hasta que don Luis, el conserje, empieza a apagar las luces una por una. Ahí no me preguntan por qué estoy ojerosa, no me miran con esa lástima que parece cariño pero no es. Ahí puedo ser solo la niña que no entiende química y que pide otro libro prestado para disimular.
Fue en esa biblioteca donde empecé mi lista. No en una libreta bonita, en la última hoja de mi cuaderno de cálculo, al lado de una fórmula que nunca entendí y que tenía manchada con café. No le puse cosas que hacer antes de morir porque me daba vergüenza, sonaba a frase de Instagram. Le puse Días Prestados. Me gustó más, porque sentía que cada día era prestado, no regalado, y que tenía que devolverlo haciendo algo que valiera.
Escribí cuatro cosas, nada más. Cuatro que me parecían posibles, no como tirarme en paracaídas o viajar a Europa, que era lo que ponían todos en internet.
La primera era ver el amanecer desde la azotea del colegio. Nunca lo había visto, siempre llegaba tarde corriendo. La segunda era que alguien me esperara de verdad, no por obligación, no porque le toca, sino porque quiere quedarse. La tercera era aprender a pegar un jab sin caerme de poto, porque había visto un video y me dio risa imaginarme. Y la cuarta era enamorarme una vez, aunque fuera la peor idea del mundo.
Esa última la borré como diez veces. La escribía con lápiz pasta y la tachaba con corrector. La escribía de nuevo y la volvía a tachar. ¿Cómo te vas a enamorar cuando sabes que eres como un celular con uno por ciento de batería? Me parecía egoísta. Como invitar a alguien a subirse a un barco que ya se está hundiendo y decirle que todo va a estar bien. No quería ser esa persona que deja recuerdos tristes.
Ese mismo día, después de escribir la lista, subí a la azotea. Era mi lugar desde segundo medio. Nadie sube porque la puerta se traba y hace frío. Huele a cemento mojado, a antenas viejas, y se ve todo Concepción con los edificios chiquititos y el cielo que a esa hora se pone naranjo. Me senté en el borde, con las piernas colgando, y saqué mi cuaderno para mirar la lista otra vez.
Y había alguien más.
Un cabro de buzo negro, de esos que usan capucha aunque haga calor, pegándole al aire. Pum, pum, pum. No a un saco, al aire. Transpiraba aunque corría viento. Tenía las manos vendadas, con vendas blancas ya sucias, con un poco de sangre seca en los nudillos. No me vio al principio. Estaba concentrado, con el ceño fruncido, como si quisiera ordenar sus pensamientos a golpes.
Le iba a decir oye, esta es mi azotea, ¿qué haces aquí? Pero me miró un segundo, solo un segundo, y me dijo cinco minutos más. Sin conocerme. Sin preguntar quién era. Como si supiera que yo también necesitaba cinco minutos más para no volver a mi casa vacía.
Y me quedé. No sé por qué no me fui. Tal vez porque por primera vez en semanas alguien no me preguntó cómo estaba. Tal vez porque sus manos vendadas se parecían a las mías, llenas de pinchazos.
Me senté más atrás y lo miré entrenar. Cada golpe sonaba seco. Cuando terminó, se sacó la capucha y vi que tenía dieciocho, o por ahí, con el pelo desordenado y una cara de cansado que no era de sueño. Me preguntó si yo también me escondía aquí. Le dije que sí. Supe después que se llamaba Kael y que faltaba martes y jueves por la escuela de boxeo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentíme sola.