Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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Honor y Protocolo
La luz invernal de la mañana se filtraba de manera tenue a través de los altos ventanales de la suite ducal en el Palacio Imperial. El Duque de Rothwood, un hombre de sienes plateadas y postura impecable formado en la diplomacia y el servicio al reino, revisaba unos documentos de propiedad cuando el ujier de la puerta anunció una visita totalmente inesperada.
—Su Alteza Real, el segundo príncipe del reino, Jack von Valenvoir —proclamó el sirviente con voz solemne.
El duque alzó la mirada con una ligera mueca de desconcierto. Conocía perfectamente la fama de adustez y frialdad del príncipe, así como las actitudes distantes con las que había tratado a su hija Jessica durante los últimos meses. Ajustándose el chaleco de terciopelo, el duque se puso en pie y realizó un asentimiento respetuoso.
—Príncipe Jack —saludó el aristócrata—. Es un honor inesperado. Por favor, tome asiento. ¿A qué debo el privilegio de su visita a estas horas de la mañana?
Jack entró en la estancia luciendo su uniforme militar completo de gala, impecablemente abotonado. Sin embargo, a pesar de su porte erguido y su expresión sobria, una mirada atenta podía notar las gruesas tiras de lino que aún envolvían sus nudillos bajo los guantes de cuero blanco. Su rostro no mostraba la impasibilidad altanera de otras ocasiones; había en sus ojos grises una gravedad sincera, mezclada con una contenida humildad.
—Le agradezco que me reciba sin previo aviso, Duque de Rothwood —comenzó Jack, manteniendo la voz firme y profunda—. Prefiero ser directo, ya que el asunto que me trae aquí concierne al honor de su casa y al futuro de su única hija.
El duque entrelazó las manos sobre el escritorio, adoptando una postura atenta y recelosa.
—La escucho, Alteza.
—Durante los últimos meses —continuó el príncipe, midiendo cada palabra con absoluta meticulosidad—, he sido consciente del interés y la devoción que Lady Jessica ha demostrado hacia mi persona. Confieso que mis respuestas hacia ella fueron inaceptablemente secas, distantes y hasta impropias de un caballero. Me escudé en mis deberes militares y en una severidad malentendida para mantenerla alejada.
El duque entrecerró ligeramente los ojos, intuyendo hacia dónde se dirigía la conversación.
—Mi hija es una joven noble pura, educada en los más altos valores y merecedora del máximo respeto, Príncipe Jack. Si sus actitudes pasadas se debieron a un rechazo de su parte, no entiendo la razón de esta audiencia.
Jack dio un paso al frente. Por primera vez en toda su vida ante un miembro de la alta nobleza, inclinó levemente la cabeza en un gesto de franca disculpa.
—No se trató de desprecio, Duque de Rothwood. Se trató de mi propia incapacidad para manejar mis emociones y de la conciencia de no estar a la altura de una mujer de su elegancia y virtud —hizo una pausa, tomando una respiración profunda antes de articular las palabras clave—. He comprendido que intentar huir de lo que siento por ella es inútil y cobarde. Por esa razón, me presento hoy ante usted, no como el comandante de las fuerzas del norte ni como segundo en la línea de sucesión, sino como un hombre que desea enmendar sus errores. Solícito formalmente su consentimiento para iniciar el cortejo oficial de Lady Jessica conforme a todas las reglas del decoro y la etiqueta que su posición exige.
El silencio que siguió en la habitación fue denso. El duque examinó la mirada del joven príncipe, buscando cualquier atisbo de frivolidad o cálculo político. Pero solo encontró una determinación inquebrantable y una madurez que distaba mucho de los caprichos habituales de los jóvenes nobles.
—Lady Jessica es el tesoro más preciado de mi familia, Alteza —respondió finalmente el duque con tono severo pero comprensivo—. Si su intención es cortejarla, no toleraré juegos de salón ni vacilaciones. Exijo un compromiso serio y un trato impecable hacia su honor.
—Tiene mi palabra de caballero y mi juramento de honor, Señor —aseguró Jack sin titubear—. A partir de este momento, Lady Jessica contará con toda mi protección, devoción y respeto.