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Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Ascenso de clase social
Popularitas:457
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Luz Albarracín

Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
​Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
​Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.

NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18

​Me desperté porque mi celular no paraba de sonar. Lo único que lograba articular entre mis lastimosos intentos de seguir durmiendo eran maldiciones.

​Rendida, extendí mi brazo tanteando con la mano la mesa hasta que agarré el celular.

​Vi muchos mensajes —más de cien— y más de veinte llamadas perdidas. Todas pertenecían a la misma persona: Elian Capell.

Suspirando, le contesté una de las llamadas que entraba en ese instante. Lo primero que escuché fue esa hermosa voz que siempre lograba moverme el universo:

​—Morgi, vi que al final le diste una oportunidad a la cerámica.

​Sonaba como si no se hubiera ido abandonándome con el corazón en la mano. No hubo respuesta de mi parte, pero él siguió hablando como si nada:

​—Aquí en París todo es fantástico, más que nada porque estoy con Alexandra. Anoche me besó y dijo que podríamos salir y...

​No lo dejé seguir. Sentía que el estómago se me revolvía y trataba de no llorar:

​—No me importa, Elian; no quiero volver a saber nada de vos.

​Corté la llamada llorando y lo bloqueé de todas las redes. Sabía que mi día había comenzado horrible.

Pasó un año entero desde aquella mañana.

​Un año en el que el nombre de Elian Capell dejó de ser una herida abierta para convertirse en un recuerdo borroso, desprovisto de todo poder sobre mí. Durante doce meses me dediqué en cuerpo y alma a mi taller en Italia. Moldeé el barro hasta que las manos me dolieron, experimenté con pigmentos y formas, y volqué cada remanente de mi historia en mis piezas.

​El esfuerzo dio sus frutos. Lo que empezó como una exposición exitosa se convirtió en una carrera imparable. Las revistas internacionales me catalogaban como una prodigio de la cerámica contemporánea, los coleccionistas hacían listas de espera para conseguir una sola de mis piezas y las galerías más importantes de Europa disputaban mi trabajo.

​Esa tarde, mientras caminaba por la terraza de mi propio taller en el corazón de Milán con un café en la mano, me atrapó un pensamiento repentino sobre él. Pensé en Elian, en sus promesas vacías, en el vacío que me dejó cuando se fue a París. Pero por primera vez en años, el pecho no me apretó. No hubo angustia, ni rencor, ni ese deseo desesperado de ser elegida.

​Simplemente entendí que él era parte de un pasado al que ya no pertenecía. Yo había construido mi propio imperio desde las cenizas, y el futuro me pertenecía por completo.

​Era una tarde lluviosa. Me encontraba terminando de pulir los bordes de un recipiente de gran formato cuando el sonido suave de la puerta de madera me hizo levantar la vista.

​No esperaba a nadie a esa hora. Parado en el umbral, sacudiéndose las gotas de lluvia del tapado de paño oscuro, estaba Caín.

​Se quedó en silencio por un par de segundos, recorriendo el espacio con una mirada minuciosa: las estanterías repletas de piezas terminadas, los bocetos colgados en la pared y la luz cenital que caía sobre la mesa de trabajo.

​—Veo que la tarjeta del club de arte no terminó en la basura —dijo a modo de saludo, con esa voz grave y pausada que no escuchaba desde hacía meses.

​Dejé la herramienta sobre la mesa, me limpié las manos con un trapo húmedo y lo miré fijamente, sin la menor sombra de la timidez que solía sentir frente a él.

​—Servó para abrir algunas puertas al principio, no te lo voy a negar —respondí, cruzándome de brazos—. Pero el resto lo hice yo sola. ¿Qué hacés en Milán, Caín?

​Caín caminó despacio hacia una de las esculturas expuestas cerca de la entrada. Pasó la yema de los dedos sobre la superficie texturada con un cuidado casi respetuoso.

​—Vine por negocios, pero sería un mentiroso si dijera que no quería ver esto con mis propios ojos —admitió, girándose hacia mí—. En Buenos Aires no se habla de otra cosa. En el ambiente del arte dicen que una argentina revolucionó la cerámica en Europa.

​—Los rumores viajan rápido.

​—No son rumores, Morgana. Se nota en el trabajo —dijo, observándome directo a los ojos—. Ya no hay rastro de la chica que dudaba de cada paso que daba. Te convertiste en una artista de verdad.

​Sostuve su mirada. Ya no existía la tensión del pasado, ni la sombra de su hermano interponiéndose entre nosotros. Caín no estaba ahí para juzgarme ni para perdonarme nada; estaba ahí como un igual frente a una mujer que había construido su propio lugar en el mundo.

​—Me costó mucho llegar hasta acá —le dije con calma—. Pero sí, tenés razón. Ya no me queda nada de la chica de antes.

​Caín esbozó una leve sonrisa, una de las pocas genuinas que le había visto en la vida, y asintió despacio.

​—Me alegro por vos, Morgana. De verdad.

​Lo miré por unos instantes y vi a un chico completamente diferente al que conocí; el dinero cambiaba a las personas.

​—¿Ahora me hablás bien porque tengo dinero?

​Él frunció el ceño y me miró con disgusto.

​—¿Por qué siempre pensás que las personas hacen algo para dañarte a vos y no simplemente confiás?

​Sonreí tristemente hacia un costado.

​—Cuando confié en tu hermano se terminó yendo, dejándome tirada como si no sirviera y solamente fuera una caridad que hizo.

​Mi voz cargaba una amargura que transformó el encuentro en un momento tenso.

Caín dio un paso hacia adelante, cerrando un poco la distancia entre los dos, pero manteniendo una postura rígida. Su mandíbula se tensó antes de hablar.

—Yo no soy Elian, Morgana —dijo con una firmeza que resonó en todo el taller—. Nunca fui mi hermano y no tengo por qué hacerme cargo de las estupideces que él haya hecho. Si te dejó tirada, el problema es de él, no mío.

Me sostuvo la mirada sin pestañear, dejando que el peso de sus palabras se asentara en el aire.

—No vine a Milán para jugar al salvador ni para pedirte perdón en nombre de nadie —continuó, bajando el tono de voz a una gravedad casi rasposa—. Vine porque reconozco el trabajo de alguien que se rompió la espalda para llegar a donde está. Si preferís meter a todo el mundo en la misma bolsa y vivir a la defensiva, allá vos. Pero a mí no me cargues las culpas de Elian.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Al llegar a la puerta, apoyó la mano en el picaporte y me miró por encima del hombro una última vez.

—Felicidades por todo lo que lograste, Morgana. De verdad. Una lástima que todavía no te dejes disfrutarlo.

Salió al callejón empedrado y la puerta se cerró tras él, dejándome a solas con el eco de sus palabras y el ardor amargo de una verdad que no quería escuchar.

El portazo de Caín dejó un eco sordo que pareció congelar el aire del taller. Me quedé inmóvil en el centro de la habitación, con las manos aún manchadas de arcilla seca, mirando la puerta de madera por donde acababa de desaparecer.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era el silencio pacífico de cuando trabajaba, sino uno pesado, denso, cargado de todo lo que no había querido admitir.

«Una lástima que todavía no te dejes disfrutarlo».

Las palabras de Caín me retumbaban en la cabeza con la precisión de un golpe bien dado. Caminé despacio hacia el ventanal y me apoyé contra el marco frío, mirando la calle empedrada bajo la lluvia de Milán. Un año entero creando, vendiendo piezas en miles de euros, apareciendo en revistas y llenando galerías... Y, sin embargo, en cuanto apareció un Capell en mi puerta, toda mi coraza de mujer exitosa e independiente se desmoronó en un segundo.

Le había reprochado a Caín las culpas de su hermano. Le había saltado a la yugular a alguien que simplemente había venido a reconocer mi trabajo, impulsada por un acto reflexivo de autodefensa.

¿Tan arraigado tenía el rencor?

Me miré las manos. Había sido capaz de moldear el barro, de transformar el dolor más amargo en arte consagrado, de levantar un imperio desde las cenizas de mi corazón roto. Pero no había sido capaz de limpiar el veneno que me quedaba adentro. Elian ya no estaba, su fantasma no tenía ningún poder real sobre mi vida diaria, pero yo le seguía cediendo espacio en mi mente cada vez que elegía la amargura por encima de la paz.

Caín tenía razón en algo: no era él quien me ataba al pasado. Era yo la que guardaba las cadenas por miedo a volver a confiar.

Respiré hondo, sintiendo el aire fresco de la tarde colarse por la rendija de la ventana. Me acerqué a la bacha, me lavé las manos con agua fría y vi cómo los restos de arcilla se iban por el desagüe. Sabía que superar el éxito profesional era fácil; lo verdaderamente difícil, el verdadero trabajo de orfebre, iba a ser aprender a soltar.

Di muchas entrevistas donde por primera vez contaba dónde aprendí a hacer lo que hoy lo mi pasión y dejé ir al fantasma de Elian, porque me di cuenta de que el único vínculo que me unía a él era el dolor.

El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados sobre el espacio principal de la galería en Milán, donde los pedestales blancos aguardaban la revelación de mi nueva colección. Ya no había figuras amargas ni rostros atrapados en el dolor de un amor inconcluso. La arcilla, esta vez, contaba una historia completamente distinta.

Matteo caminó hacia el micrófono, sonriendo con una satisfacción serena que reflejaba la complicidad entre los dos.

—Señoras y señores —anunció, capturando la atención de los críticos, coleccionistas y medios que abarrotaban la sala—, hace un año presenciamos el nacimiento de una artista que transformó su quebranto en una obra inolvidable. Hoy, la Galleria d'Arte Brera tiene el privilegio de presentar la evolución inevitable de ese talento. Con ustedes, la nueva colección de Morgana: Luz sobre Tierra.

Los aplausos rompieron el murmullo de la sala mientras el equipo retiraba las veladuras que cubrían las piezas.

Las nuevas vasijas y esculturas eran monumentos a la calma. Líneas orgánicas, superficies suaves y pulidas, tonos cálidos que evocaban el amanecer y grietas rellenadas con pan de oro que no ocultaban las fracturas pasadas, sino que las celebraban como parte de la belleza final. Ninguna llevaba el rostro de Elian ni la sombra de Buenos Aires; cada trazo pertenecía enteramente a mi propia voz, a mi propia fuerza.

Un reconocido crítico de un diario europeo se me acercó, observando fascinado una pieza de gran formato que parecía flotar sobre su base.

—Es un cambio rotundo, Morgana —comentó, buscando mi mirada—. La colección anterior transmitía una angustia casi insoportable, pero esto... esto transmite una paz absoluta. ¿Qué cambió?

Sonreí con la calma de quien ya no necesita defenderse de nada ni de nadie.

—Cambió el lugar desde el que creo —respondí con voz firme y serena—. La primera colección fue mi forma de sobrevivir al dolor; esta es mi forma de celebrar que sobreviví. Ya no moldeo para soltar un fantasma, sino para construir mi propia libertad.

El crítico asintió con un gesto de profundo respeto y anotó algo en su libreta antes de perderse entre la multitud que rodeaba las obras. Miré a mi alrededor: la prensa tomaba fotos, los coleccionistas contemplaban cada detalle con admiración y Matteo me ofrecía una copa a lo lejos a modo de brindis.

Por primera vez, no sentí el vértigo de la impostora ni el temor a ser descubierta. La chica que lloraba en silencio buscando encajar había quedado atrás. Esta era yo, consagrada, libre y en absoluta paz con mi arte.

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Maria M. Rosario
Creo q la familia lo savo del.medio. y no es cierto q va tras Alexandra o quizas ellos se lo hiceron creer.
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