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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: El tío que ocupó mi casa

Me dieron de alta tres días después, con el brazo todavía vendado y una copia certificada del testamento guardada en el bolso como quien guarda un arma cargada. El licenciado Ortega insistió en acompañarme personalmente hasta la reja de Lomas de Chapultepec.

—Recuerde —me dijo en el coche—: el derecho ya es suyo desde el momento en que su abuelo firmó ese papel. Pero la transferencia formal toma tiempo. No espere que su tío se vaya de la casa hoy mismo solo porque usted trae un documento en la mano.

—No espero que se vaya hoy. Espero que empiece a temer que se va a ir.

Tocamos el timbre. Salió tía Marisol, con la misma bata de seda de la última vez, y detrás de ella Daniela, que al verme puso los ojos en blanco.

—Otra vez tú —dijo Daniela—. ¿Vienes con el mismo cuento de que es tu casa? Mira nada más, hasta te trajiste abogado. ¿Le pagas con propinas del Club Dorado?

Se rió de su propio chiste. Yo ni siquiera la miré.

—Renata, por Dios, esto ya se está volviendo pesado —dijo tía Marisol, con esa voz cansina de quien cree que la razón está de su lado solo por llevar más tiempo repitiéndola—. Ya te dijimos que esta situación tuya, legal, no es nuestro problema. Búscate un departamento, algo modesto, y déjanos en paz.

—Vengo con esto —dije, y le entregué el sobre a mi tía, sin darle tiempo a cerrarme la puerta en la cara.

Tía Marisol abrió el sobre con dedos temblorosos. Vi cómo sus ojos recorrían el documento, cómo la cara se le iba poniendo del color de la cera.

—Raúl —dijo, casi sin voz, hacia el interior de la casa—. Raúl, ven.

Mi tío apareció en la puerta con la bata abierta sobre la panza y el periódico todavía en la mano, como si el mundo no tuviera derecho a interrumpirle el desayuno. Cuando vio el documento en manos de su esposa, algo le cambió en la cara, un parpadeo que no logró controlar.

—Esto es un papel viejo —dijo, después de leerlo por encima—. Cualquier abogado de verdad te va a decir que esto no...

—Es el testamento de mi abuelo, tío —lo corté—. Redactado, firmado y resguardado antes de que él muriera. El licenciado Ortega fue su albacea durante veintidós años. No es un papel viejo. Es la ley.

—Yo administro esta empresa desde hace tres años —dijo, subiendo la voz—. La gente confía en mí. Los empleados confían en mí. No puedes llegar así, de la nada, con...

—No llegué de la nada, tío. Llegué de la cárcel a la que usted no fue a sacarme, mientras usted vivía en mi casa y le cambiaba el nombre a la empresa de mi abuelo.

Se quedó callado un segundo, pillado, y el licenciado Ortega intervino con esa voz tranquila y firme que ya empezaba a agradecer.

—El proceso legal completo va a tomar semanas, señor Linares. Nadie le está pidiendo que se vaya de aquí hoy mismo. Pero sí exigimos, de manera formal, que se reconozca a la señorita Linares como legítima habitante de esta casa mientras se resuelve la transferencia.

Tío Raúl intentó ganar tiempo con excusas —"hay que pensar en el ánimo de los empleados", "esto no se resuelve de un día para otro", "démonos un tiempo de transición"— pero al final, acorralado entre el documento y la mirada helada del licenciado Ortega, cedió de mala gana.

—Puedes quedarte —dijo, como si me hiciera un favor—. Pero no esperes que te trate como si fueras dueña de nada todavía.

—No espero nada de usted, tío. Ya aprendí a no esperar nada de nadie en esta familia. Solo espero lo que dice el papel.

Se le tensó la mandíbula, pero no contestó. Sabía, igual que yo, que cualquier cosa que dijera enfrente del licenciado Ortega podía usarse después en su contra.

Me mandó a un cuarto de servicio en la parte de atrás, lleno de cajas y muebles viejos, con una sola ventana que daba al garaje, como si esperara que yo lo aceptara sin chistar solo por gratitud de que me dejara entrar.

No le reclamé. Subí las escaleras que conocía de memoria, cada escalón crujiendo exactamente donde siempre había crujido, y entré a mi antigua recámara —la que ahora ocupaba Daniela— sin tocar la puerta.

—————

Daniela estaba sentada en mi vieja cama, viendo el celular, cuando entré. Se sentó de golpe, indignada.

—¿Qué haces? Esta es mi recámara.

—Era mi recámara antes de que tú nacieras —dije, y empecé, sin prisa, a sacar su ropa del clóset y ponerla en el pasillo—. Esta casa fue de mi abuelo antes que de nadie aquí, y esta habitación fue mía. Ve a dormir al cuarto de servicio que me dieron a mí. A ver qué se siente.

—¡Mamá! —gritó Daniela, corriendo al pasillo—. ¡Mamá, se volvió loca!

Nadie vino a defenderla. Tío Raúl y tía Marisol se quedaron abajo, mudos, sin atreverse a subir, sabiendo que cualquier pelea frente al licenciado Ortega solo empeoraría las cosas.

Doña Meche apareció en el pasillo con una charola de trapos, recogiendo en silencio las cosas de Daniela que yo iba sacando. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no dijo nada, pero por un segundo dejó que se le escapara una sonrisa pequeña, casi escondida, la primera desde que volví.

—Le puedo traer sus cosas del cuarto viejo, niña Renata —dijo, en voz baja, mirando hacia la escalera para asegurarse de que nadie bajaba—. Todavía tengo guardadas algunas cosas suyas, de antes. Su mamá nunca las quiso tirar, y cuando ella se fue, yo tampoco.

—Gracias, doña Meche.

—No me dé las gracias todavía. —Apretó la charola contra el pecho—. Démelas cuando esto se acomode de verdad. Yo aquí sigo, aguantando, esperando a que se acomode.

—Bienvenida a casa, niña Renata —murmuró después, tan bajito que solo yo la oí, antes de seguir con su trabajo como si nada hubiera pasado.

Cerré la puerta de mi antigua recámara con Daniela y su ropa todavía afuera, en el pasillo, y me senté en la cama que había sido mía desde niña. Ya no tenía mis cosas —Daniela la había redecorado entera, cortinas nuevas, un espejo de marco dorado que no era mío—, pero la vista por la ventana seguía siendo la misma: el jardín donde aprendí a andar en bici, la cochera donde mi abuelo me enseñaba matemáticas los domingos de infancia, sentado a mi lado con la pulsera de cuentas tintineando cada vez que movía la mano para corregirme un número.

El licenciado Ortega se despidió abajo, prometiendo volver en unos días con noticias del proceso formal, y antes de irse me tomó la mano buena un segundo.

—Va a ser una guerra larga, señorita Linares. No se desgaste peleando cada batalla pequeña. Guarde fuerzas para las que de verdad importan.

Asentí, aunque en ese momento, sentada en mi cuarto recuperado, cada batalla pequeña me sabía exactamente igual de dulce que las grandes.

Abajo, en el pasillo, se hizo un silencio raro, del tipo que solo se logra cuando alguien acaba de perder algo y todavía no sabe bien qué hacer con esa certeza. Me quedé escuchándolo un buen rato, sin moverme, disfrutando cada segundo de ese silencio como quien saborea algo que tardó tres años en probar.

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Guylaine Sevillano
no me gustó q perdonará a Max...
no va con el nombre d la novela
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