Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 17
Capítulo 17
Mi papá contestó con el ruido del taller detrás. Estaba trabajando; don Ismael no había ido esa mañana. Le pregunté por la renta sin mencionar la foto y me dijo que lo habláramos el fin de semana.
Conocía ese modo de tranquilizarme. Significaba que el problema seguía ahí, pero él prefería seguir atendiendo el coche que tenía enfrente antes que hacer cuentas conmigo por teléfono. Le prometí llamarlo después y me fui a trabajar.
Esa tarde tenía otro asunto pendiente: devolverle dinero a Tadeo Carvajal.
Unos días antes, un McLaren naranja se había pegado a mi motoneta en el eje de Nueva Aurora. El conductor tocaba el claxon, aceleraba para ponerse junto a mí y frenaba. Al esquivarlo le rocé el retrovisor y tuve que detenerme.
Me pidió mis datos para pagar la reparación de la motoneta. Yo, enfadada y preocupada por llegar tarde, se los di. Al día siguiente recibí una transferencia mucho mayor que el daño, acompañada de un mensaje llamándome «preciosa» e invitándome a salir.
Después averigüé quién era: el primo de Damián.
Había intentado devolver la transferencia, pero Tadeo no quiso confirmar la cuenta y siguió escribiendo. Esa tarde me indicó dónde estaría. Preferí llevarle el efectivo y conseguir que acusara recibo delante de alguien. Era una mala hora para resolver otro problema, pero no quería dejarle abierta una deuda que él consideraba una invitación.
Damián me encontró en la cochera con el sobre en la mano.
—¿A dónde va?
—Al Diamante. Su primo dice que está ahí.
Se quedó mirando el sobre. Le expliqué lo del dinero y el coche. Tomó su teléfono.
—La llevamos. Julián está por llegar.
—No necesito que entre a discutir por mí.
—La espero afuera.
Acepté. En el camino comprobé por segunda vez la cantidad. Damián iba a mi lado, mirando la pantalla; Julián manejaba.
—Se lo doy, me confirma que está completo y nos vamos —dije.
—Con Tadeo conviene no alargar las conversaciones.
—Eso intento.
Frente al club, Damián se quedó junto al coche. En la entrada lo saludaron por el apellido y me dejaron pasar cuando él indicó que lo acompañaba. Pregunté por Tadeo. Un empleado me llevó al reservado A-002.
La música hacía vibrar la mesa. Había varias personas en un sillón en herradura y botellas abiertas entre las cubetas de hielo. Tadeo levantó el vaso al verme.
—La del retrovisor. Pensé que ya no venías.
Dos hombres se volvieron hacia mí. Uno mantuvo la pierna extendida frente al lugar vacío, como si quisiera obligarme a pedirle permiso para sentarme.
—Vengo a devolver esto.
Puse el sobre en la mesa, lejos de los vasos mojados.
—¿Ya te había dicho que su papá arregla coches? —le dijo Tadeo al hombre de la pierna—. En Nueva Aurora. Tiene su tallercito.
—Sí —contesté—. Y tú le pegaste a mi motoneta. Ya hablamos de eso.
Abrí el sobre y conté los billetes por grupos. Necesitaba que alguien viera la cantidad, aunque ninguno pareciera interesado en el dinero. Lo metí de nuevo y se lo acerqué.
—Está completo. Confírmamelo en el mensaje y terminamos.
—Guárdatelo. Nos lo tomamos aquí.
—No vine a tomar.
Su sonrisa cambió al notar que uno de sus amigos nos observaba con demasiada atención. Dejó el vaso.
—Una copa. No te cuesta nada.
—Tengo prisa.
Me di la vuelta. Tadeo me sujetó la muñeca y tiró de mí hacia el sillón. La cadera me golpeó contra el borde; tuve que apoyar la mano libre en la mesa para no caer encima de él.
—No seas grosera —dijo, todavía sonriendo hacia sus amigos—. Te estoy invitando bien.
—Suéltame.
Intenté recuperar el brazo. Apretó más y puso la otra mano en mi hombro. Tenía la cara demasiado cerca. Oí una risa y después a una mujer decir su nombre, sin que él la mirara.
Volví a tirar. No podía levantarme así, con el hombro sujeto y las piernas contra el sillón. Busqué algo con la mano que tenía en la mesa y encontré el cuello de una botella.
Lo golpeé.
No se rompió. Tadeo hizo un ruido y me sujetó con más fuerza. Volví a levantarla antes de pensar qué iba a pasar después.
Esta vez el vidrio se quebró.
Me soltó. Retrocedí hasta chocar con la mesa de atrás. La música se cortó y alguien gritó que llamaran al encargado. Tadeo se llevó las manos a la cabeza; entre sus dedos empezó a salir sangre. Se inclinó de lado y dejó de contestar a su amigo.
Me quedé mirando la botella rota en mi mano. La puse en el piso, lejos de mis pies, y me aparté otro paso.
—Tadeo. Oye, Tadeo. —El hombre que antes me cerraba el paso se arrodilló frente a él—. ¡Que venga alguien!
Una de las mujeres tomó servilletas de la mesa y se las dio. Otra salió del reservado llamando a seguridad. Nadie se reía ya.
Yo podía mover los dedos. Lo comprobé sin saber por qué, abriendo y cerrando la mano. Me dolía la muñeca. Tenía que salir de ahí, pero no sabía si debía hacerlo antes de que llegara alguien o si irme empeoraría las cosas.
El sobre seguía en la mesa. Recordé haber ido solamente a devolverlo y me pareció imposible que eso hubiera ocurrido hacía menos de cinco minutos.
Damián entró detrás del encargado.
Miró a Tadeo, el vidrio y mi mano. El encargado empezó a explicarle algo, pero él pasó a mi lado antes de escucharlo entero.
—¿Te cortaste?
Negué con la cabeza. Me tomó la mano abierta, comprobó la palma y la soltó con cuidado al ver la marca de la muñeca.
—Me agarró —dije—. Le dije que me soltara.
Damián miró hacia el sillón. Gael, el amigo que sostenía las servilletas, había sacado el teléfono para pedir una ambulancia.
—Aquí está el dinero —añadí, señalando el sobre.
Ni siquiera sabía por qué seguía intentando terminar ese encargo.
Damián se colocó entre el sillón y yo.
—¿Ya terminaste? —preguntó en voz baja.
Lo miré. Tenía mi muñeca al alcance de la mano, pero esta vez esperó a que fuera yo quien la acercara.