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LA HEREDERA DEL SILENCIO

LA HEREDERA DEL SILENCIO

Status: En proceso
Genre:Aventura de una noche / Casarse por embarazo / Malentendidos
Popularitas:869
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

Valentina Rivas es la heredera de un poderoso imperio empresarial. Tras desaparecer dos meses, regresa a casa marcada por un secreto que no puede revelar. Su matrimonio por contrato con Aniel, un hombre reservado y observador, se tensa cuando comienzan a llegar amenazas silenciosas: fotografías de su hija y mensajes que demuestran que alguien cercano conoce cada debilidad de su familia.
Mientras el tiempo del contrato se agota, Valentina debe decidir entre seguir callando para proteger a los suyos o enfrentar la verdad que podría destruirla. En un mundo donde el poder se hereda y el silencio tiene un precio, algunas herencias no se eligen.

NovelToon tiene autorización de Genesis YEPES para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PORQUE NO PIDE AYUDA I

Una semana después

Valentina había aprendido que una semana podía ser muchísimo tiempo cuando cada día comenzaba con la misma pregunta.

¿Cómo estás?

La escuchaba de Aniel por las mañanas.

La escuchaba de su madre por teléfono.

La escuchaba de sus amigas cuando alguna aparecía de improviso con comida, flores o cualquier excusa absurda para no dejarla sola demasiado tiempo.

Y, sobre todo, se la escuchaba a sí misma cada vez que abría los ojos.

¿Cómo estás?

La respuesta automática siempre era la misma.

—Bien.

Pero no estaba bien.

No exactamente.

Había días en los que se sentía cansada. Otros en los que sentía vergüenza. Otros en los que simplemente quería dormir y no tener que explicar absolutamente nada.

Y estaban los momentos en los que recordaba aquella noche y sentía que su propio cuerpo dejaba de pertenecerle durante unos segundos.

Entonces respiraba.

Miraba alrededor.

La habitación.

La ventana.

La cama.

El baño.

El vaso de agua que Aniel insistía en dejar siempre sobre la mesa de noche.

Y respiraba otra vez.

Aniel tampoco la dejaba demasiado tiempo sola.

Al principio, Valentina lo había entendido.

Después empezó a desesperarla.

No porque no apreciara que estuviera ahí.

Lo apreciaba más de lo que podía explicar.

Pero había algo incómodo en descubrir que alguien había comenzado a medir sus silencios.

Si tardaba demasiado en salir del baño, Aniel preguntaba si estaba bien.

Si cerraba la puerta de la habitación, unos minutos después escuchaba sus pasos acercándose.

Si se quedaba mirando por la ventana durante demasiado tiempo, él aparecía a su lado con alguna pregunta absurda.

—¿Quieres comer?

—No.

—¿Quieres café?

—No.

—¿Quieres ver una película?

—No.

—¿Quieres que me calle?

Valentina lo miraba.

—Sí.

—Perfecto.

Y se sentaba a su lado.

Eso era lo que más la desconcertaba.

Aniel podía ser insoportable.

Pero no se iba.

No la dejaba sola con sus pensamientos durante demasiado tiempo.

Y Valentina sabía por qué.

Sabía que tenía miedo.

Aunque él nunca lo decía.

Lo veía en sus ojos cada vez que ella se encerraba unos minutos.

Lo veía en la manera en que buscaba cualquier excusa para permanecer cerca.

Lo veía incluso cuando fingía normalidad.

Y quizá por eso Valentina tampoco podía enojarse completamente con él.

Porque ella también tenía miedo.

Solo que era un miedo diferente.

Era miedo de sí misma.

Aquella mañana estaba sentada en el sofá cuando escuchó la puerta abrirse.

Su madre entró con una bolsa de comida en una mano.

—Te traje desayuno.

—Mamá, ya comí.

—¿Qué comiste?

Valentina guardó silencio.

Su madre levantó una ceja.

—Eso pensé.

Dejó la bolsa sobre la mesa.

—Además, traje unas cosas que te dejaron tus amigas.

Valentina miró hacia la bolsa.

—¿Vinieron?

—Ayer.

—No me acuerdo.

—Estabas dormida.

Su madre se sentó junto a ella.

—Están preocupadas por ti.

Valentina bajó la mirada.

—Lo sé.

Hubo un silencio.

—Les dije que te había dado un dolor estomacal fuerte

continuó su madre.

—No quería preocuparlas más de la cuenta.

Valentina sintió que algo le apretaba el pecho.

Un dolor estomacal.

Eso era lo que todos creían.

Un dolor.

Una mala noche.

Un susto.

Nada más.

Valentina no había tenido el valor de decirles la verdad.

Ni a sus padres.

Ni a sus amigas.

No podía pronunciar las palabras.

Cada vez que intentaba hacerlo, algo dentro de ella se cerraba.

Porque decirlo significaba convertir aquella noche en algo real.

Significaba mirar a sus padres a los ojos y admitirles que su hija había llegado a un punto en el que había pensado que no quería seguir viviendo.

Y no sabía cómo soportar la expresión que aparecería en sus rostros.

Culpa.

Miedo.

Dolor.

Tal vez decepción.

Tal vez preguntas.

¿Por qué no nos llamaste?

¿Por qué no nos dijiste?

¿Por qué pensaste que no podíamos ayudarte?

No tenía respuestas.

Así que había elegido el silencio.

—¿Valentina?

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Estás segura de que estás bien?

Valentina tragó saliva.

—Sí, mamá.

La mentira salió con una facilidad que le dolió.

Su madre le acarició el cabello.

—Si necesitas algo, me llamas.

—Lo sé.

—A cualquier hora.

y vamos a contratar a una cocina no puede estar comendo cualquier cosa va te te hace daño denuevo

—Sí.

Su madre la abrazó.

Valentina cerró los ojos.

Por un instante quiso decirlo.

Quiso romper aquella mentira.

Quiso decir:

No fue el estómago.

No estaba enferma.

Me pasó algo.

Yo hice algo.

Pero las palabras nunca salieron.

Cuando su madre se marchó, Valentina permaneció sentada durante varios minutos.

Hasta que escuchó la voz de Aniel desde el pasillo.

—¿Tu mamá se fue?

—Sí.

Él apareció en la sala.

—¿Todo bien?

Valentina soltó una pequeña risa.

—¿Ves? Eso es exactamente lo que te digo.

—¿Qué?

—Que no puedes preguntarme eso cada cinco minutos.

Aniel se quedó mirándola.

—Puedo.

—Aniel.

—Valentina.

Ella negó con la cabeza.

—Eres desesperante.

—Me lo han dicho.

—Muchas veces, seguramente.

—Demasiadas.

Valentina sonrió ligeramente.

Y durante unos segundos pareció que todo estaba normal.

Hasta que Aniel habló.

—Todavía no vas a volver a la empresa.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—Aniel...

—No.

—Ya pasó una semana.

—Lo sé.

—Estoy bien.

Él no respondió.

—Aniel, necesito hacer algo.

—Puedes hacer muchas cosas aquí.

—No es lo mismo.

—Necesito distraerme.

—Podemos buscar algo.

—No quiero hacer manualidades contigo.

Aniel frunció el ceño.

—Yo tampoco quiero hacer manualidades.

—Entonces déjame volver.

—No.

Valentina se levantó.

—¡No puedes decidir eso por mí!

Aniel también se puso de pie.

—No estoy intentando decidir por ti.

—¡Eso es exactamente lo que estás haciendo!

—Estoy intentando cuidarte.

—¡No necesito que me cuides las veinticuatro horas!

El silencio cayó entre ambos.

Aniel la observó.

Valentina respiraba rápido.

No porque estuviera furiosa solamente.

También porque sabía que estaba siendo injusta.

Pero estaba cansada.

Cansada de sentirse como una persona rota.

Cansada de que todos la miraran como si pudiera desaparecer en cualquier momento.

Cansada de que cada puerta cerrada provocara preocupación.

—No quiero que me trates como si fuera a hacer algo otra vez

dijo finalmente, más bajo.

La expresión de Aniel cambió.

—No te estoy tratando como si fueras...

Se detuvo.

—Sí lo estás haciendo.

Aniel bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Aquella confesión desarmó parte de la rabia de Valentina.

—¿Miedo de qué?

Él tardó unos segundos en contestar.

—De que vuelvas a sentirte como esa noche y yo no me dé cuenta.

Valentina no supo qué decir.

Aniel respiró profundamente.

—No sé qué estabas pensando. No sé cuánto tiempo llevabas sintiéndote así. No sé qué señales me perdí.

—Aniel...

—Y no quiero volver a enterarme después.

Ella se acercó.

—No fue tu culpa.

—Lo sé.

Valentina lo miró.

Aniel soltó una pequeña sonrisa triste.

—Pero estoy intentando convencerme.

Ella bajó la cabeza.

—Solo necesito volver a sentir que mi vida es normal.

—Entonces vamos a empezar poco a poco.

—¿Eso significa que puedo volver?

Aniel la miró durante unos segundos.

—Sí.

Valentina abrió los ojos.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—¿Mañana?

—Mañana.

Ella sonrió por primera vez de verdad.

—Gracias.

—Pero con una condición.

La sonrisa desapareció un poco.

—¿Cuál?

—Si te sientes sofocada, si te sientes sobrepasada, si no puedes concentrarte, si algo te pesa demasiado... me llamas.

—Puedo manejarlo.

—No dije que no pudieras.

—Entonces...

—Me llamas.

Valentina rodó los ojos.

—Está bien.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Aniel asintió.

Valentina tomó su teléfono y lo levantó.

—Pues no sueltes el teléfono.

Aniel la miró.

Durante un segundo ambos permanecieron serios.

Y entonces Valentina soltó una pequeña carcajada.

Aniel terminó riéndose también.

—Vale.

—¿Qué?

—No importa.

—¿Entonces?

—Llámame.

Valentina sonrió.

—Está bien.

—Aunque sea para decirme que soy insoportable.

—Eso puedo hacerlo gratis.

—Lo sabía.

 en mucho tiempo, Valentina sintió que podía respirar un poco mejor.

No porque todo estuviera solucionado.

Sino porque, por primera vez, alguien le estaba diciendo que podía regresar a su vida sin exigirle que fingiera que nada había ocurrido.

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karencitha
no entiendo porque se queda cayada porque no le cuenta lo que le paso 😡
rey marisol
oh Dios
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