Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Banquete y los Espejismos
El gran salón de banquetes del palacio era un hervidero de risas, copas de vino de los valles del sur que se chocaban y banquetes servidos en vajillas de plata fina. La aristocracia celebraba la consolidación de la paz entre las provincias, ajena a los terremotos emocionales que sacudían la mesa de los monarcas.
Nataniel permanecía sentado en el trono principal, con la espalda completamente recta y la mirada fija en el horizonte del salón. Aunque aparentaba ser la imagen viva del dominio y la compostura real, su mente era un caos hirviente. No había probado bocado. La calidez de la mano de Anastasia durante la ceremonia todavía le quemaba la piel y la sonrisa que ella le había dedicado continuaba repetida en su memoria como un enigma indescifrable.
"¿Por qué me miró así?", se preguntaba el rey, apretando la copa de vino de oro hasta que los nudillos se le pusieron blancos. "¿Acaso es una estrategia diplomática enseñada por sus tutores del sur para ganarse mis favores? ¿O es una máscara de sumisión para protegerse de mi rigor?"
A su lado, Anastasia observaba el desarrollo del festín con atención analítica. Sabía perfectamente cómo pensaba su esposo; entendía que su mente estratégica e insegura buscaría motivos políticos o segundas intenciones detrás de cada uno de sus gestos. No podía apresurar las cosas; si intentaba cambiar demasiado rápido, solo lograría que Nataniel se volviera más desconfiado.
Girando levemente la cabeza sobre la silla de alto respaldo, Anastasia contempló las mesas inferiores. Allí, entre los jóvenes nobles de la corte, se encontraba Óscar. El joven lucía una túnica verde esmeralda y conversaba con cortesía con los condes vecinos, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la entrada lateral del salón, donde el comandante Bruno custodiaba la seguridad del evento con su porte imponente, su armadura reluciente y sus cicatrices de batalla.
Anastasia sintió un nudo de compasión en la garganta al recordar el trágico destino que les aguardaba a ambos si no intervenía: la depresión de Óscar, su confesión agónica y su posterior suicidio con veneno, junto con el dolor eterno de Bruno.
Decidida a empezar a cambiar las cosas, Anastasia rompió el protocolo habitual de silencio que solía mantener en las banquetes. Se inclinó sutilmente hacia el rey, rozando apenas la manga de su túnica con la suya.
Nataniel se tensó al instante, girando la cabeza hacia ella con un movimiento rápido y una mirada defensiva.
—¿Ocurre algo, Anastasia? —preguntó él con su voz grave y cortante, intentando desesperadamente enmascarar la aceleración de su pulso—. ¿El banquete no es de vuestro agrado? Si la comida o el vino no satisfacen vuestros estándares del sur, puedo ordenar de inmediato que los cocineros...
—Todo es absolutamente maravilloso, majestad —lo interrumpió Anastasia con voz suave, manteniendo una mirada serena que desarmaba la tensión del monarca—. Solo deseaba expresaros mi gratitud por la impecable organización de este día. Sé que coordinar la seguridad y el protocolo de un evento de esta magnitud requiere un esfuerzo colosal.
Nataniel la miró en silencio durante varios segundos, parpadeando despacio, visiblemente desarmado por la gentileza inesperada de sus palabras.
—Es... es mi deber para con la corona y para con vos —logró responder el rey, endureciendo la mandíbula en un intento desesperado por mantener su fachada helada—. Nada de lo que pertenezca a esta casa será descuidado jamás.
—Lo sé —asintió ella con delicadeza, regalándole otra breve mirada de confianza—. También quisiera pedireros un pequeño favor, si vuestra majestad me lo permite.
La mirada de Nataniel se volvió instantáneamente alerta. El antiguo vicio de la sospecha regresó a sus ojos.
—Decidme —dijo él, entrecerrando la vista—. ¿De qué se trata?
—He notado que mi amigo de la infancia, el conde Óscar, ha asistido a la celebración —explicó ella con total naturalidad y transparencia, nombrando a Óscar sin el menor rastro de vacilación o secreto—. Como sabéis, es el único rostro familiar que me acompaña desde las tierras del sur. Me gustaría asegurarme de que el comandante Bruno y la guardia real le brinden la debida cortesía y comodidades durante su estancia en el castillo. Es un joven sumamente reservado y no desearía que se sintiera desplazado entre la nobleza del norte.
Nataniel sintió un pinchazo agudo de celos en el pecho al escuchar el nombre de Óscar salir de los labios de su esposa. En su mente, el rey registró la petición como una prueba de que Anastasia se preocupaba profundamente por el joven conde. Sin embargo, lo que desconcertó a Nataniel fue la forma abierta y directa en que ella se lo había pedido. En su vida pasada, Anastasia nunca le nombraba a Óscar a menos que fuera absolutamente necesario, alimentando con su silencio y susurros las sospechas de un romance secreto.
Al pedirlo de forma tan transparente, frente a la mesa real y buscando la aprobación del rey, Anastasia le quitaba a la relación con Óscar cualquier aire de clandestinidad.
—El comandante Bruno es mi hombre de mayor confianza —respondió Nataniel con frialdad rígida, aunque internamente procesaba la extraña actitud de su esposa—. Si es vuestro deseo que el conde Óscar sea atendido con distinción, yo mismo le daré instrucciones a Bruno para que vele por su comodidad mientras permanezca en Veloria.
—Os lo agradezco infinitamente, Nataniel —dijo Anastasia, usando intencionalmente su nombre de pila en lugar de su título oficial.
Escuchar su propio nombre pronunciado con tanta cercanía por la voz dulce de la reina hizo que el rey apretara los dientes para reprimir un suspiro de emoción. Nataniel desvió la mirada hacia el frente, fingiendo observar a los bailarines, pero en su pecho rugía un incendio de confusión y deseo reprimido que amenaza con consumirlo.