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El Corazón Que No Se Apura

El Corazón Que No Se Apura

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Romance / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:181
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.

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CAPÍTULO 20 Preparando la casita amarilla

Pasaron los días, y el otoño se fue desvaneciendo poco a poco para dejar paso a un invierno suave, de días grises y noches largas, pero dentro de la casita de la puerta amarilla siempre hacía calor.

Lucía ya no podía esconderlo: su barriga crecía despacio, muy despacio, redonda y firme, como una pequeña pelota llena de vida debajo de sus vestidos holgados. Cada mañana, en cuanto se despertaba, se sentaba en el borde de la cama, se quedaba mirándola un buen rato, y luego le hablaba bajito, contándole cosas sencillas: del sol que salía, de las nubes, de Mota y Chispa que ya no estaban, de la abuela que los cuidaba desde las estrellas, de Julián que trabajaba en el taller para hacerles una casa más bonita.

Julián, por su parte, no paraba ni un minuto.

Desde la tarde en que Lucía le contó el encuentro con Doña Carmen en la plaza, había puesto en marcha todo lo que se le había ocurrido para protegerlos. Había hablado con el abogado del pueblo, un señor mayor de lentes gruesos que los conocía de toda la vida y que había aceptado ayudarlos sin cobrarles nada. Había conseguido todos los papeles: su certificado de residencia, el de Lucía, las constancias de trabajo, las cartas de recomendación de Doña Clotilde, Don Humberto, el médico Don Eduardo y media docena más de vecinos que los querían de verdad. Todo lo guardaba en una caja de madera fuerte, con cerradura, en lo más alto del armario, bajo llave.

Pero lo que más le gustaba hacer, lo que le hacía olvidarse por un rato de los miedos y de las amenazas, era arreglar la casa.

—Tenemos que dejarla perfecta —le decía a Lucía cada mañana, mientras tomaban mate cocido con leche—. Porque cuando llegue el bebé, todo tiene que estar listo. Seguro. Cálido. Bonito.

Y se ponía a trabajar.

Primero arregló todas las ventanas viejas que entraba viento por los bordes, les cambió los burletes, las pintó de blanco brillante para que entrara más luz. Luego reforzó el techo que se había aflojado con las tormentas de años atrás, cambiando las tejas rotas una por una, subido en la escalera con el frío del invierno calándole los huesos. Después aisló las paredes del dormitorio con lana de oveja que le habían regalado las viejas señoras del pueblo, para que por las noches no hiciera frío nunca más. Puso un calentador de leña nuevo, más seguro, más chico, que no pudiera quemar a nadie. Instaló una cerradura doble en la puerta principal, y barrotes delgados pero fuertes en la ventana de atrás, no para encerrarse… sino para que nadie entrara sin permiso.

Pero su obra favorita, la que le llevaba más tiempo y más cariño, era la habitación pequeña que antes había sido de la abuela Rosa.

La habían decidido convertir en el cuarto del bebé.

Julián la vació enteramente: sacó la cama vieja, el armario de ropa de invierno, las cajas de recuerdos que guardaban con tanto cuidado y que pasaron a estar bajo su propia cama. Lavó las paredes de arriba abajo, las lijó bien, y luego las pintó de un color amarillo suave, casi como la mantequilla, el mismo que Lucía había elegido de una carta de colores que habían traído de la ciudad.

—Así —decía ella, pasando una mano por la pared todavía húmeda, con los ojos brillantes—. Parece… sol. Adentro.

—Exacto —sonreía Julián, limpiándose un poco de pintura de la nariz—. Que nunca le falte sol a nuestro chiquito.

Luego hizo él mismo, con sus manos de carpintero, todos los muebles:

Una cómoda baja, de madera clara, con cuatro cajones grandes que deslizaban suaves, sin chirriar, para guardar pañales, ropita, calcetines diminutos, baberos. Talló en cada tirador una margarita pequeña, idéntica a la primera flor que ella le había dado hacía ya casi diez años.

Un armario chiquito, con dos puertas y un espejo redondo en la de arriba, para que el bebé pudiera mirarse cuando fuera más grande. En la parte de arriba, en la madera, talló las tres estrellas que Lucía siempre señalaba en el cielo: la de la abuela, la de Julián, la de ella… y una cuarta, más pequeña, al lado, que era la nueva.

Y por supuesto… la cuna.

La había empezado casi sin darse cuenta, aquel día en el taller, antes de saber siquiera que Lucía estaba embarazada. Ahora la terminaba, detalle por detalle, despacio, como todo lo que era de ellos. Era de madera de pino clara, suave, sin ninguna astilla, lijada una y otra vez hasta que pareciera seda. Los barrotes eran redondos, gruesos, a la distancia justa para que no se metiera ninguna cabecita ni ninguna manita por ahí. En la cabecera, con mucho cuidado, había tallado la cara de un osito de peluche tierno, con los ojos cerrados sonriendo, y a los lados, pequeñas margaritas y estrellas. Cuando la terminó, la barnizó con una capa transparente, sin olor, sin tóxicos, para que fuera completamente segura.

Una tarde, cuando la metieron despacio en la habitación amarilla, Lucía se quedó parada en la puerta mirándola, con una mano puesta suave sobre su barriga redonda, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es… la más bonita —dijo, con la voz quebrada—. De todo… el mundo.

Julián la abrazó por detrás, pegando su pecho a su espalda, y puso sus manos grandes encima de la de ella, sobre el bebé que se movía despacio ahí debajo.

—Es para él —dijo, muy bajito, en su oreja—. O para ella. Para quien sea. Para que duerma seguro. Para que sepa, desde el primer día, que lo queremos más que a nada en este mundo.

Mientras Julián arreglaba la casa y los papeles, Lucía se ocupaba de lo que ella sabía hacer mejor: preparar el corazón del bebé.

Cada día, sentada en el sofá de la sala con una manta de lana sobre las piernas, cosía. La abuela le había enseñado de niña algunos puntos sencillos, y ahora los practicaba horas y horas, despacio, equivocándose a veces, deshaciendo y volviendo a empezar, sin prisa nunca. Hizo baberos de todos los colores: amarillos como el sol, azules como el cielo, rosados como las flores del manzano, blancos como la nieve. A cada uno le bordaba una margarita chiquita en una esquina, con hilo blanco o amarillo. Hizo mantitas de punto, suaves como el algodón, pequeñas, perfectas para envolver a un recién nacido. Hizo incluso un osito de trapo, con botones negros de ojos y una bufanda roja alrededor del cuello, que quedó un poco torcido, un poco feo, pero que era el más querido de todos.

Doña Clotilde y las otras señoras mayores del pueblo venían casi todas las tardes. Traían ropita que habían tenido guardada durante años, de sus propios hijos y nietos: vestiditos, pantalones cortos, bodies, gorritos de lana, zapatitos diminutos que apenas cabían en la palma de la mano. Todo limpio, todo planchado, todo con olor a lavanda y a cariño. Se sentaban con Lucía en la cocina, tomaban té, le enseñaban trucos para coser mejor, le contaban historias de cuando ellas eran jóvenes y esperaban a sus propios hijos, le daban consejos que nadie más podía darle.

—No le hagas caso a la gente mala, hija —le decía una de ellas, la más mayor, de manos arrugadas y ojos dulces—. El amor no tiene reglas. No tiene edades. No tiene explicaciones. Lo que tú y Julián tienen… es de verdad. Y eso es lo único que necesita un niño para crecer bien. De verdad.

Lucía escuchaba todo, asintiendo, guardando cada palabra en su corazón como si fueran tesoros.

También empezaron a ir al médico cada quince días, como Don Eduardo se lo había ordenado. Julián nunca faltaba. Iba siempre con ella, la tomaba de la mano todo el rato, le hacía las preguntas que ella no sabía formular, escuchaba cada instrucción, cada consejo, cada detalle, y luego se lo anotaba todo en un cuaderno especial, con letra clara, para no olvidarse de nada: qué comidas le hacían bien, cuáles le sentaban mal, cuánto debía caminar, cuánto descansar, qué signos debían preocuparlos. En cada control, cuando el médico les ponía el estetoscopio sobre la barriga de Lucía y les dejaba escuchar el latido rápido, fuerte, *¡pum-pum, pum-pum, pum-pum!*, del corazón diminuto de su hijo, los dos se miraban, sonreían, y se apretaban la mano con más fuerza. Era real. Estaba ahí. Creciendo. Vivo. Suyo.

Una noche de mediados de julio, cuando afuera soplaba un viento frío que hacía crujir las ramas del manzano, se quedaron los tres —los dos y el bebé— sentados en el suelo del cuarto ya terminado, entre la cuna, la cómoda y el armario nuevo. Lucía estaba recostada entre las piernas de Julián, apoyada en su pecho, con su mano grande puesta sobre su barriga, esperando.

Y entonces lo sintieron.

Una patadita suave. Muy suave. Casi un roce. Desde adentro.

Lucía contuvo el aliento.

—¿Lo sentiste? —susurró, sin moverse casi.

—Sí —dijo Julián, y su voz le tembló de emoción—. Sí… lo sentí.

Otra vez. Un poco más fuerte. Esta vez, claramente. Un codito, o un piecito, empujando suavemente la mano de él desde el otro lado de la piel, como si el bebé los saludara, como si quisiera decirles: *ya estoy aquí. Ya voy llegando. Esperenme un poquito más*.

Julián inclinó la cabeza, apoyó la mejilla suavemente contra la barriga redonda de Lucía, y se quedó ahí un buen rato, escuchando, sintiendo, hablándole bajito al oído a su hijo por nacer:

—Hola, mi vida… ya somos tres, de verdad. Tu mamá y yo… te estamos esperando con muchas ganas. Tenemos tu cuarto listo. Tu cuna está hecha con mis manos, para que estés seguro. Tenemos mantitas, y baberos, y un osito feo pero muy cariñoso que te hizo tu mamá. Tenemos toda una vida preparada para ti. Despacio. Sin prisa. Como nos gusta. No te preocupes por nada. Cuando tú quieras salir… aquí estaremos. Los dos. Siempre. Juntos.

Lucía le pasó una mano por el pelo, acariciándolo despacio, con los ojos llenos de lágrimas felices. Arriba, por la ventana abierta un rato para que entrara aire fresco, se veían las cuatro estrellas juntas, brillando más que nunca.

Por un momento, solo por un momento, olvidaron todo lo malo. Olvidaron los murmullos del pueblo. Olvidaron las miradas feas. Olvidaron a Doña Carmen y su libreta negra, sus amenazas, sus papeles. Olvidaron el miedo a que vinieran a separarlos. En esa habitación amarilla, calentita, oliendo a madera nueva y a jabón de lavanda, con el latido rápido del bebé debajo de sus manos, no existía nada más que ellos. Nada más que amor. Nada más que familia.

Pero la paz, como ya habían aprendido a la fuerza, nunca dura para siempre.

Tres días después, muy temprano por la mañana, cuando todavía no salía el sol y todo el pueblo dormía, alguien golpeó la puerta de la casita amarilla. Tres golpes secos, fuertes, autoritarios. Nada que ver con los toques suaves de Doña Clotilde o los llamados de Don Humberto.

Julián se despertó de un salto. Sintió que el corazón se le subía a la garganta. Conocía ese tipo de golpes. Lo había imaginado cientos de veces en sus pesadillas durante los últimos meses. Miró a Lucía, que se había despertado también, asustada, sentada en la cama con la mano protectora sobre la barriga, los ojos muy abiertos en la penumbra.

—Quédate aquí —le dijo Julián, en un susurro, agarrando una bata—. No te muevas. Yo voy.

Salió del dormitorio despacio, caminando por el pasillo en penumbras. El corazón le latía a mil por hora. Llegó a la puerta principal, agarró el pomo de madera, respiró hondo para darse valor, y abrió.

Afuera, bajo la luz débil y azulada del alba, estaban tres personas.

Dos hombres uniformados, serios, de la policía municipal. Y detrás de ellos, alta, delgada, impecable con su traje gris y su moño apretado, con la libreta negra en la mano y una sonrisa fría y triunfante en los labios finos…

Doña Carmen.

Levantó una ceja, miró a Julián de arriba abajo, y dijo, con su voz seca y cortante que heló la sangre de los dos hasta los huesos:

—Buenos días, Julián. He venido a cumplir una orden judicial. Por favor, déjenos pasar. Tenemos que inspeccionar el domicilio y hablar con la menor. Y con el bebé, por supuesto.

Julián se quedó rígido en el marco de la puerta, sin dejarles paso, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Habían llegado.

La sombra que tanto habían temido estaba finalmente en su puerta.

Y esta vez… no venía sola.

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