Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad
A ella le gustaban las armas.
No era una afición que intentara esconder, aunque tampoco era algo que fuera contando por ahí. Simplemente le gustaba la sensación de sostener un arma entre las manos, el peso, el mecanismo, la precisión que exigía y, sobre todo, la sensación de control que le producía.
Era una mujer intimidante.
No necesitaba levantar la voz para hacer que alguien se callara. Bastaba con una mirada seria, una postura firme y esa expresión que parecía decir claramente que no tenía paciencia para tonterías.
Tenía carácter.
Mucho carácter.
Era de esas personas que, cuando entraban a una habitación, hacían que los demás notaran inmediatamente su presencia.
Y, para sorpresa de muchos, era una excelente policía.
Trabajaba en una cárcel.
Su función consistía en custodiar a personas peligrosas, mantener el orden y evitar que los presos intentaran escapar. Era un trabajo que exigía estar alerta prácticamente todo el tiempo.
No podía distraerse.
No podía confiarse.
Y, definitivamente, no podía tener miedo.
Había quienes la miraban con cierta incredulidad cuando descubrieron que había elegido ese trabajo.
—¿En serio quieres trabajar ahí?
Ella simplemente había respondido..
—Sí.
—Pero es peligroso.
—Lo sé.
—Te pagan una miseria.
—También lo sé.
—Y vas a tener que sacrificar muchísimo de tu vida.
Ella se había encogido de hombros.
—Entonces será mi problema.
No era precisamente una persona fácil de convencer.
El trabajo era duro.
Los turnos eran agotadores, los conflictos constantes y las situaciones peligrosas podían aparecer en cualquier momento. Había días en los que terminaba completamente exhausta, con el cuerpo adolorido y deseando simplemente llegar a casa y dormir.
Pero, extrañamente, se sentía cómoda allí.
Le gustaba.
Le gustaba tener una responsabilidad importante.
Le gustaba que los demás dependieran de su capacidad para mantener el orden.
Y, aunque jamás lo habría admitido en voz alta...
[Quizás me gusta demasiado tener poder.]
No era una mujer cruel.
Tampoco abusaba de su autoridad.
Pero disfrutaba de esa sensación de control.
Cuando daba una orden y los demás obedecían, cuando podía detener una pelea, cuando lograba imponerse ante alguien mucho más grande y peligroso que ella...
Le gustaba.
[Qué puedo decir... me gusta sentir que tengo el control de la situación.]
Además, había aprendido a manejar armas con una precisión excepcional.
No presumía de ello.
Simplemente lo hacía bien.
Muy bien.
Por eso, con los años, había desarrollado una reputación dentro de la prisión.
Los internos sabían que no era una persona con la que convenía jugar.
Algunos la respetaban.
Otros le tenían miedo.
Y algunos, especialmente los más problemáticos, simplemente la detestaban.
A ella no le importaba.
Mientras cumplieran las reglas, todo estaba bien.
Hasta que un día ocurrió algo que cambió todo.
Un intento de fuga.
Comenzó con una pelea.
Después otra.
Luego un grupo de internos consiguió aprovechar la confusión para atacar a algunos guardias y abrirse paso hacia una zona restringida.
Las alarmas comenzaron a sonar.
Las puertas se cerraron.
Los gritos llenaron los pasillos.
Todo ocurrió demasiado rápido.
—¡Todos atrás!
Ella corrió hacia el lugar donde se estaba produciendo el caos.
Sacó su arma y avanzó con firmeza.
No estaba pensando en su seguridad.
Estaba pensando en detenerlos.
[Esto no va a convertirse en una fuga.]
Uno de los presos intentó abalanzarse sobre ella.
Ella lo esquivó.
Otro apareció por detrás.
Lo golpeó con fuerza suficiente para hacerlo caer.
Pero eran demasiados.
La situación se volvió completamente caótica.
Golpes.
Gritos.
Alarmas.
Puertas cerrándose.
Personas corriendo.
Y entonces escuchó un ruido detrás de ella.
Se giró.
Demasiado tarde.
Un golpe brutal la alcanzó.
Sintió un dolor intenso atravesarle el cuerpo y cayó al suelo.
Por unos segundos, todo pareció detenerse.
Intentó levantarse.
No pudo.
Miró hacia adelante.
Los internos continuaban intentando escapar.
[Levántate.]
Apoyó una mano en el suelo.
[Levántate.]
Su cuerpo no respondió.
Aun así, apretó los dientes.
[¡Vamos!]
Con un esfuerzo desesperado consiguió incorporarse lo suficiente para utilizar su arma y detener el avance.
Uno.
Luego otro.
Los demás retrocedieron.
Finalmente, el intento de fuga fue detenido.
Las puertas fueron aseguradas.
Los refuerzos llegaron.
El peligro había terminado.
Pero ella ya no podía mantenerse en pie.
Cayó nuevamente.
Esta vez sin fuerzas.
Escuchó voces acercándose.
—¡Está herida!
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡Rápido!
Ella apenas podía mantener los ojos abiertos.
Curiosamente, no sentía miedo.
Tampoco arrepentimiento.
Solo cansancio.
Muchísimo cansancio.
Mientras la trasladaban en la ambulancia, escuchó vagamente el sonido de las sirenas.
Abrió los ojos una última vez.
Miró el techo del vehículo.
Y pensó..
[Cumplí con mi deber.]
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
[No está tan mal.]
Después cerró los ojos.
La oscuridad comenzó a envolverla.
Primero lentamente.
Después por completo.
Los sonidos se hicieron cada vez más lejanos.
Las voces desaparecieron.
Las sirenas dejaron de existir.
El mundo entero pareció apagarse.
Y finalmente... Todo se volvió negro.
Oscuridad.
Silencioso.
Profundo.
Para siempre.
O, al menos, eso era lo que ella creía.
Porque cuando volvió a abrir los ojos...
El primer pensamiento que tuvo fue..
[¿Por qué demonios estoy viendo un techo de madera?]