Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 12
Lucía apenas había terminado de acomodar sus cosas en el escritorio cuando sintió unos pasos apresurados acercarse. Karina, su compañera y amiga más cercana en la oficina, se detuvo en seco frente a ella, mirándola de arriba abajo con la boca abierta y los ojos desorbitados.
—¡Wow, Lucía! ¡Qué cambio! —exclamó Karina, bajando la voz pero sin disimular el asombro—. ¿Qué te sucedió?
Lucía ladeó la cabeza, regalándole una sonrisa leve, pausada y serena.
—La verdad es que tuve un sueño extraño... pero me siento diferente.
—¡Pero es que te ves completamente diferente! —insistió Karina, señalándola con las manos—. Eres otra persona, Lucía. ¡Wow! Hace unos días estabas totalmente deprimida, destrozada, y ahora te veo y de verdad sos otra persona. Me alegro tanto de verte así.
—Muchas gracias, amiga —respondió Lucía con voz tranquila, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con una gracia natural que no pasó desapercibida para un par de compañeros de la mesa contigua.
Karina se inclinó un poco sobre el escritorio, adoptando un tono más confidencial y complaciente.
—¿Ya hablaste al fin con Mateo?
—¿Mateo? —repitió Lucía, frunciendo levemente el ceño con un gesto de genuina indiferencia, como si estuviera intentando recordar el nombre de un desconocido.
Karina la miró, sorprendida por la reacción.
—Sí, dale... Mateo, tu novio.
—Ah, Mateo —contestó Lucía, soltando una risa suave y desinteresada—. Sí, pero no importa. O sea, no me interesa.
Karina parpadeó varias veces, procesando la respuesta sin poder dar crédito a lo que escuchaba.
—¡Wow!. ¿En serio? Hace solo unos días estabas llorando por los rincones, querías quedarte en tu casa encerrada en vez de venir a trabajar y hoy hablas de él como si no lo conocieras.
—Es que no lo conozco —sentenció Lucía, sosteniéndole la mirada con una firmeza helada—. Y lo que fue con él, ya fue. Ya no me interesa volver a verlo.
Karina se quedó mirándola fijamente, sumida en un silencio lleno de perplejidad. No había rastro de despecho ni de resentimiento en las palabras de Lucía; solo una indiferencia absoluta y genuina, algo que resultaba casi imposible de asimilar para quien la había visto sufrir horas atrás.
A su alrededor, el murmullo de la oficina continuaba, pero las miradas masculinas persistían. Cada vez que Lucía se levantaba o se acomodaba en su asiento, la atención volvía a centrarse en ella de manera inevitable.
Karina sacudió la cabeza, tratando de asimilar la escena, y terminó por sonreír con admiración.
—Bueno... la verdad me encanta tu vestido. Y te pintaste los labios, que es súper extraño en ti. Pero me alegra tanto verte feliz, amiga.
—Muchas gracias —le contestó Lucía, cruzando las piernas con elegancia mientras abría la computadora—. Tal vez todas las mujeres deberíamos ser así. Sin ataduras, sin rogar y sabiendo exactamente lo que valemos.
Karina la contempló durante unos segundos más antes de asentir, contagiada por esa energía arrolladora.
—Si este es el resultado, no me cabe duda de que tienes razón.
Lucía comenzó a teclear con una sonrisa enigmática en los labios. En su interior, la sombra de la antigua Lucía había quedado enterrada para siempre. Ahora, dueña absoluta de su magnetismo y de su destino, sabía que el juego apenas estaba comenzando.