Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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LA LEY DEL HIELO Y VISITAS INESPERADAS
El vapor de la ducha seguía empañando los espejos del baño mientras Isaías se dejaba caer bajo el chorro de agua helada, intentando apagar el fuego incontrolable que le quemaba las sienes. Su orgullo masculino, ese que jamás se había doblado ante ningún socio, banquero o líder del crimen corporativo, acababa de ser pisoteado con una elegancia pasmosa por una mujer en ropa de cama rota. ¿Pasable?, se repetía mentalmente con los dientes apretados mientras el agua fría golpeaba sus hombros anchos. ¿Cinco minutos de gloria? Ninguna persona en el mundo se había atrevido a calificar su rendimiento de esa manera y vivir para contarlo. Juró en silencio aplicarle la ley del hielo más absoluta; no volvería a dirigirle la palabra, no le daría el gusto de ver una sola reacción en su rostro y la ignoraría con la indiferencia de un témpano de hielo hasta que fuera ella quien viniera a rogarle una tregua.
Al otro lado de la puerta, en la cama de la suite principal, Verónica se acomodaba cómodamente entre las sábanas con una sonrisa de oreja a oreja. Escuchaba el sonido del agua correr en el baño y sabía perfectamente lo que estaba pasando por la cabeza de su flamante esposo. El ego de Isaías San Román, ese titán arrogante acostumbrado a que todas las mujeres suspiraran a su alrededor, estaba arrastrándose por el suelo, herido de muerte por un comentario sarcástico. Saber que lo tenía comiendo de su mano, sacándolo de quicio con solo una frase, le otorgaba un placer inigualable. Apagó la lámpara de noche y se sumergió en un sueño profundo y reparador, completamente indiferente a los berrinches de su compañero de cuarto.
Al día siguiente, la tensión en la mansión se palpaba en el aire. Durante el desayuno, Isaías cumplió su palabra al pie de la letra. Vestido con un impecable traje gris de sastrería y una corbata negra, se sentó en la punta de la mesa de mármol. Verónica bajó diez minutos después, luciendo un vestido de corte lápiz en color burdeos y unos lentes oscuros que apenas lograban ocultar su aire de absoluta superioridad. Se sirvió una taza de café humeante y lo miró de reojo. Isaías leyó el periódico financiero con una concentración pétrea, sin levantar la vista ni un solo segundo, ignorando su presencia como si se tratara de un florero más de la sala. Verónica soltó una risita interior; el teatro del silencio había comenzado, y a ella le encantaba interpretar obras dramáticas.
Horas más tarde, en el piso ejecutivo del Conglomerado San Román, las cosas tomaron un giro completamente distinto. Verónica revisaba los últimos balances financieros de las empresas absorbidas a la Inmobiliaria Benítez cuando la puerta de su despacho se abrió sin previo aviso.
No era Isaías. Dos mujeres de imponente presencia cruzaron el umbral con la elegancia natural de la aristocracia empresarial. Se trataba de Esperanza Yépez de San Román, la madre de Isaías —una mujer de cabello plateado perfectamente recogido, joyas discretas pero de valor incalculable y una mirada severa que suavizó al ver a su nuera—, y Fabiola Yépez San Román, la hermana menor de Isaías, cuya melena oscura y sonrisa traviesa rompían con la rigidez habitual de la familia.
—Buenos días, Verónica —saludó Esperanza con una voz cálida pero firme, acercándose al escritorio para besarle la mejilla con afecto—. Esperamos no interrumpir nada urgente.
—En absoluto, Esperanza. Pónganse cómodas —respondió Verónica, poniéndose de pie con una sonrisa genuina y ofreciéndoles los asientos de terciopelo frente a su escritorio—. Es una grata sorpresa tenerlas por aquí. ¿A qué se debe el honor?
Fabiola se dejó caer en el sillón con un suspiro divertido, cruzando las piernas mientras acomodaba su bolso de diseñador sobre las rodillas.
—Venimos a rescatarte de este encierro gris y aburrido, querida cuñada —explicó Fabiola con un tono cantarín—. Mamá y yo queríamos invitarte a almorzar al restaurante del club náutico. Necesitamos ponernos al día, cotillear un poco y, de paso, alejarnos de la atmósfera infernal que hay en el piso de arriba.
Verónica arqueó una ceja, intrigada por el comentario.
—¿El piso de arriba? Te refieres a la oficina de Isaías, supongo —dijo ella, tratando de mantener la compostura neutral.
Esperanza Yépez de San Román soltó un suspiro resignado, negando con la cabeza mientras se acomodaba el abrigo sobre los hombros.
—¡Ay, Dios mío, hija! Isaías está hoy insoportable —comentó la madre con total franqueza—. Pasamos a saludarlo a su despacho hace media hora y parecía un auténtico demonio salido del inframundo. Tiene el ceño fruncido, le gritó al jefe de operaciones por un informe de rutina y su secretaria está a punto de renunciar porque respira muy fuerte. No sabemos qué bica le habrá picado desde esta mañana, pero camina por los pasillos echando chispas y mirando a todo el mundo con cara de querer asesinar a alguien.
Verónica tuvo que hacer un esfuerzo monumental para tragarse la carcajada que amenazaba con estallar en su garganta. Así que la "ley del hielo" y el ego herido del gran macho alfa lo tenían de los pelos, amargándole la existencia a todo el personal corporativo porque su esposa lo había llamado "pasable" la noche anterior.
—Vaya... qué extraño —respondió Verónica con una falsa inocencia, ajustándose los puños de la blusa y ensanchando una sonrisa sutil que no pasó desapercibida para Fabiola—. Quizás el clima financiero de la mañana le ha sentado mal al pobre de Isaías. Los negocios suelen ser muy estresantes para los hombres de su tipo.
Fabiola Yépez San Román la miró fijamente durante unos segundos con una chispa de picardía en los ojos, como si pudiera leer perfectamente entre líneas y adivinar que la tormenta personal del magnate tenía nombre, apellido y una lengua sumamente afilada.
—Claro, los "negocios" —repitió Fabiola con una sonrisa socarrona, guiñándole un ojo a su cuñada—. O tal vez alguien le tocó el orgullo de una manera tan épica que todavía no sabe cómo recuperar la compostura. En fin, querida, olvídate de ese ogro por hoy. ¿Nos acompañas al almuerzo o vas a dejar que el patriarca siga aterrorizando a los contadores?
Verónica tomó su bolso de piel sobre el escritorio, sintiendo una deliciosa sensación de victoria absoluta. Isaías podía encerrarse en su despacho a sufrir en silencio y aplicar todas las leyes del hielo que quisiera; ella se iría a almorzar con su familia política, dejando al hombre más poderoso del conglomerado ahogándose en su propio orgullo herido.