Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.
Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.
Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.
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Capítulo 7: La cena de familia y el veneno en la copa
La cena de celebración del aniversario de bodas de los padres de Mariano se realizaba en el salón privado de uno de los restaurantes más caros de la capital. Las luces amarillentas de las arañas de cristal se reflejaban en las copas de champán y en los cubiertos de plata. Meseros de maquillaje impecable y postura erguida circulaban en silencio, sirviendo canapés de caviar y vinos de cosechas rarísimas.
Priscila llevaba un vestido negro recto, comprado a las apuradas con parte del dinero del cheque. La tela era sencilla, pero digna. El cabello lo tenía recogido en un moño bajo, y el maquillaje le cubría las profundas ojeras de quien no dormía desde hacía días. Sin embargo, su postura rígida y sus manos temblorosas sobre el regazo delataban el terror de estar allí.
A su lado, Mariano parecía la imagen del hijo y esposo perfecto. Vestía un traje de corte italiano azul marino, sonreía abiertamente a los parientes y mantenía, estratégicamente, la mano apoyada en la espalda de Priscila; no como un gesto de cariño, sino como una garra invisible que le recordaba que mantuviera la boca cerrada.
Y, a apenas dos sillas de distancia, estaba sentada Eleonora.
Mariano había justificado su presencia como algo «profesional»: «Eleonora es la directora de proyectos de la empresa, mamá. Papá insistió en tener aquí al equipo ejecutivo». Pero la verdad se leía en la forma en que Eleonora actuaba. Llevaba un vestido beige dorado que llamaba más la atención que la ropa de la propia festejada, el cuello adornado con una gargantilla que Priscila había visto en el cajón de Mariano semanas atrás.
Doña Sofia, la madre de Mariano, era una mujer elegante, de postura rígida y mirada clínica. Miró el plato de Priscila, que seguía prácticamente intacto.
—Casi no tocaste la comida, Priscila —comentó Doña Sofia, con voz calma pero cortante—. La maternidad no es excusa para perder la compostura en una cena formal. Mariano me dijo que pasas el día en casa... pensé que estarías más descansada.
Priscila apretó la servilleta de lino bajo la mesa. Antes de que pudiera articular una palabra, Mariano intervino con una sonrisa encantadora, soltando una risita burlona:
—Ay, mamá, ya conoces a Priscila —dijo Mariano, tomando un sorbo de su vino—. Se estresa por cualquier tontería. Killian tuvo una fiebrecita boba esta semana y ella actuó como si se estuviera acabando el mundo. Es la dramática de siempre. No tiene la costumbre de lidiar con responsabilidades grandes.
Eleonora soltó una risa delicada, llevándose la copa de espumante a los labios y mirando a Priscila por encima del vidrio con puro escarnio:
—Es verdad, Doña Sofia. En la empresa solemos decir que Mariano tiene dos niños en casa: a Killian y a Priscila —provocó Eleonora, con la voz jadeante de falsa simpatía—. A veces hasta tengo que intervenir en su agenda para asegurarme de que pueda trabajar en paz sin que ella lo llame veinte veces por culpa de un biberón.
Algunos de los tíos en la mesa soltaron risitas contenidas. Priscila sintió que el rostro le ardía de una vergüenza lacerante. El veneno corría bajo la fachada de una conversación elegante.
—Mariano es un hombre ocupado —concluyó el padre de Mariano, el viejo Otávio Vance, sin siquiera mirar a Priscila—. Él sostiene a esta familia y carga el nombre de nuestro apellido sobre los hombros. El deber de la esposa es facilitarle la vida al marido, no ser una carga.
Una carga. La palabra resonó en los oídos de Priscila como un eco ensordecedor.
—Con permiso, voy al baño —susurró Priscila, con la voz apagándose.
Se levantó sin esperar la respuesta de nadie. La mano de Mariano le apretó la muñeca por un segundo antes de que saliera, una advertencia muda para que no se demorara.
En el baño de mujeres, de mármol y espejos gigantescos, Priscila apoyó las manos en el lavabo. Encaró su propio reflejo. Los ojos estaban rojos, la piel pálida. Abrió la llave y se echó agua fría en la cara, tratando de contener el temblor que la dominaba.
La puerta del baño se abrió con un chasquido suave.
Eleonora entró. El sonido de sus tacones altos contra el piso de mármol sonaba como el presagio de una pesadilla. Ni se tomó la molestia de fingir que necesitaba usar el baño. Caminó hasta el espejo junto a Priscila, sacó un labial rojo del bolso y empezó a retocarse los labios con absoluta calma.
—Eres realmente patética, ¿lo sabías? —empezó Eleonora, mirando el reflejo de Priscila en el espejo—. Mírate... pareces un alma en pena en medio de gente de verdad.
—Vete, Eleonora —dijo Priscila, con la voz temblorosa de rabia—. Déjame en paz.
Eleonora guardó el labial y se volvió de frente hacia Priscila, cruzando los brazos. La sonrisa en su rostro era demoníaca.
—¿Dejarte en paz? Priscila, querida, solo estoy observándote sufrir porque eres tonta. ¿De verdad crees que esta tortura va a acabar? ¿Crees que si aguantas firme un año más, Mariano milagrosamente se va a enamorar de ti?
—¡Es mi marido! —replicó Priscila, encarándola a los ojos, aunque todo el cuerpo le temblaba—. ¡Tenemos un hijo!
—¡Es tu marido en el papel porque lo atrapaste con un embarazo una noche en que él estaba desesperado por mí! —Eleonora dio un paso al frente, acorralando a Priscila contra el lavabo. Su voz bajó a un tono susurrante y ponzoñoso—. ¿Sabes lo que hicimos en su oficina antes de venir aquí? Me acorraló contra aquella mesa de reuniones y me dijo que lo único que odia más que este matrimonio es tener que mirarte esa cara de pobrecita todos los días.
Priscila cerró los ojos, sintiendo una náusea fuerte subirle por el pecho.
—Él me ama, Priscila. Duerme contigo en la misma casa, pero es en mi cama donde llora de rabia por haber quedado atado a ti. ¿La gargantilla que traigo puesta? La compró ayer con la tarjeta corporativa mientras tú limpiabas el piso del cuarto.
—Basta... por favor, basta... —suplicó Priscila, tapándose los oídos con las manos, las lágrimas por fin estallando y arruinando el poco maquillaje que le quedaba.
Eleonora le sujetó las muñecas con fuerza, jalándole las manos lejos de los oídos, obligándola a mirar su rostro triunfante.
—Si tuvieras una pizca de dignidad, agarrarías a ese niño asqueroso y desaparecerías de su vida. Pero no la tienes. Prefieres ser la perrita que come las migajas de Mariano antes que admitir que perdiste.
Eleonora soltó las muñecas de Priscila con desprecio, como si se estuviera limpiando de algo sucio. Se acomodó el vestido beige frente al espejo, le dedicó una sonrisa impecable a su reflejo y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro:
—Ah, no te demores. Mariano odia que la servidumbre haga escenas en público.
La puerta se cerró.
Priscila se derrumbó contra el lavabo de mármol. El llanto, reprimido durante tantas horas, le rasgó la garganta en un sollozo alto y desesperado. El asco, el dolor y la humillación se mezclaban en su pecho como un veneno corrosivo. Miró el espejo y vio a una mujer totalmente destruida, pisoteada por el hombre que había amado y ridiculizada por la mujer que él había elegido.
Pero, mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, una chispa fría y sombría se encendió en el fondo de su alma. Por primera vez, el dolor del rechazo no generó tristeza... generó el germen del límite final.