Milla Greco pensó que huir de Roma con una maleta, un pasaporte nuevo y un secreto en el vientre sería suficiente para mantenerse alejada del hombre más peligroso que jamás cruzó su camino.
Estaba equivocada.
Un año después, en un pequeño pueblo pesquero bañado por el mar Egeo, Milla cría sola dos bebés de ojos avellanos que llevan en el rostro los rasgos del padre: el mafioso que juró nunca volver a aferrarse a nadie y que, incluso a distancia, sigue marcando el compás de su miedo.
Mientras ella lucha por mantener a los gemelos fuera del alcance de la mafia, Steffan D’Lucca empieza a sospechar que la noche que intentó enterrar en la memoria dejó huellas que nadie se atrevió a contarle.
Y cuando un hombre como él descubre que podría tener herederos escondidos, la distancia se convierte en un territorio más que conquistar.
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Capítulo 6
¿En serio estaba escuchando todo eso?
Cada palabra de esa mujer parecía una provocación personal.
No tuvo la decencia de contarme que estaba embarazada. No me confrontó primero para saber todo lo que pasó. Simplemente me juzgó por ser un mafioso, juzgó mi mundo como peligroso. Y como si eso no bastara, se fue del país con mis hijos, escondiéndolos en una casa casi en ruinas junto al mar y llamando a eso un hogar.
¿Qué se pensó?
¿Que nunca iría a buscarlos, que nunca querría saber? No existe "imposible" para mí.
Quien piense eso, no me conoce.
Encendí un cigarro de menta, el único hábito que todavía me calma cuando la rabia empieza a subir de más.
Le di una calada despacio, dejando que el humo escapara por la comisura de la boca mientras observaba el lugar a mi alrededor.
Milla seguía adentro de la casa arreglando las cosas de los niños a las prisas, aventando ropita en bolsas.
Yo estaba afuera, mirando la fachada de la casa, mis ojos midiendo cada pedazo de ese mundo en el que ella decidió meter a mis hijos.
El lugar era demasiado sencillo.
La casita pequeña, la fachada descarapelada, el olor del mar colándose por las grietas.
Afuera se alcanzaban a oír voces lejanas, el sonido de un bote regresando.
Detrás de mí, Maurício estaba con los brazos cruzados en la espalda, atento a cualquier movimiento.
--Bonito lugar, tengo que admitir --comentó--. Eligió un punto bastante discreto. Pero la encontraste, qué lástima.
Asentí con un leve movimiento de cabeza.
--Bonito, sí --respondí--. Pero no apropiado para mis hijos.
Le di otra calada al cigarro y recordé las caritas pequeñas de los bebés acostados en la cuna. No necesité prueba de ADN. Bastó mirarlos unos segundos. Los rasgos estaban ahí: la forma de los ojos, la barbilla, la expresión terca hasta dormidos.
--Ni necesité un examen, Maurício --continué--. Si los miras bien, se parecen mucho a mí. Pero cada vez que recuerdo eso, lo primero que siento es odio. Ella me los ocultó. ¿Qué voy a hacer con ella? Te juro que no quiero verla por un buen rato.
Maurício hizo un sonido pensativo.
--Admito que no es como las otras --dijo--. Presta atención: si fuera otra, estaría sonriendo de oreja a oreja. Usaría a los bebés como trofeos. Se aprovecharía de lo que tú eres: dinero, poder, influencia. Cualquier mujer haría eso.
Solté el humo, mirando hacia la casa.
--Cualquier mujer inteligente --corregí--. Ella eligió el camino más estúpido y más difícil.
Pero, en el fondo, yo sabía que no era tan sencillo. Si fuera solo estupidez, ya habría decidido qué hacer con ella.
El problema es que, cuando miré el rostro de Milla, temblando frente a mí, no vi solo maldad. Vi miedo. Miedo real.
De mi vida, de mi apellido, de mi mundo. Ella ya sabe quién soy.
Eso no disculpaba nada.
Solo hacía todo más complicado.
--Ella no volvió por orgullo --se arriesgó Maurício--. O por miedo. O las dos cosas.
--El miedo no es excusa para el robo --respondí--. Y ella me robó un año entero de la vida de mis hijos. No la defiendas, Maurício. Tú no.
Él levantó las manos, en señal de rendición.
--Solo estoy señalando hechos. --Esbozó una leve sonrisa de lado--. Si fuera otra, ya estaría pidiendo joyas, una casa en Roma, un puesto para la familia. Ella no pidió nada. Desapareció. Prefirió pescado y una casa chica a vivir de su dinero.
Me quedé en silencio.
El cigarro se consumía entre mis dedos.
Era verdad.
Ella no fue a tocar a mi puerta embarazada, no intentó negociar, no me chantajeó con fotos de ultrasonido. Decidió desaparecer.
Y eso me irritaba aún más, porque me quitaba el derecho a elegir. Me quitaba el derecho a tener dudas.
--Ella decidió por mí --dije, más para mí que para él--. Decidió a quién podía o no llamar hijo. Decidió dónde iban a dormir, cuánto iban a comer, con quién iban a convivir. Decidió que mi sangre tendría apellido, pero no tendría padre.
Maurício asintió, serio.
--Y ahora va a tener que enfrentar las consecuencias.
Tiré el cigarro al suelo y lo pisé, apagando la punta encendida.
--Exactamente.
Del otro lado de la habitación, escuché el llanto débil de mi hija, y a Milla intentando calmarla, murmurando algo.
Maurício se acercó un poco más.
--No haga nada de lo que se arrepienta después --dijo, en voz baja.
Me quedé unos segundos sin responder.
--Muchas cosas me pasan por la cabeza --admití--. Pero matarla no es una de ellas. Si es eso lo que pensaste.
Maurício soltó un suspiro que no supe si era de alivio o no.
--Pero no va a tener libertad para decidir nada sola --completé--. No después de esto.
Él asintió.
--¿Regresamos a Italia hoy?
--Hoy --confirmé--. Entre más tiempo nos quedemos aquí, más riesgo corremos. Alguien puede ver, comentar, tomar una foto. No quiero curiosos rondando cerca de mis hijos. Antes de ser un mafioso, soy un CEO. Cualquier cosa se vuelve noticia. La prensa adoraría saber que tengo dos hijos, y mis enemigos devorarían esa buena noticia estampada en los noticieros.
--Entendido --Maurício asintió.
Volví adentro.
Milla estaba de espaldas, poniéndole el pañal a mi hijo. Mientras la otra estaba acostada al lado, tallándose los ojitos del color de los míos.
Los hombros de Milla estaban tensos, pero los movimientos eran precisos.
Por un momento, solo observé cómo les hablaba, cómo se animaban con solo oírla, cómo los dos le sonreían.
Eso me irritó más de lo que debería.
Porque significaba que, durante un año entero, ella había ejercido ese papel sola, sin que yo tuviera ninguna participación.
Miré las cunas y los muebles de mis hijos que se quedarían ahí.
En Italia, tendrían todo: cunas de madera maciza, cuartos enormes, niñeras entrenadas, médicos, seguridad. Eso no era preocupación para mí.
--Steffan, estamos listos --la voz de Milla me sacó de esos pensamientos.
Me miraba con los ojos vidriosos, pero sin llorar.
Bajé la cabeza por un segundo, intentando controlar la irritación que subió como fuego. Fue un sentimiento que surgió de repente. Mi cabeza era un desastre, mis sentimientos, mis pensamientos. Yo mismo estaba hecho un caos.
--Cecília y Leonel --dije bajito acercándome a ellos, tomé sus manitas pequeñas, sintiendo cómo esas manitas apretaban la mía--. Soy el padre y ni siquiera estuve presente para elegir el nombre de mis hijos --dije, despacio, dejando que el peso de la frase cayera entre nosotros--. No sé la fecha en que nacieron, no sé cuál lloró primero, no sé si tuvieron fiebre, si aprendieron a decir mamá o papá primero.
Desvié la mirada de los pequeños y encaré a Milla de frente.
--No sé nada. Y aun así, cada latido del corazón de estos dos lleva mi sangre. Y todo esto es tu culpa, Milla.
Ella no dijo nada, simplemente se quedó callada.
Leonel y Cecília, los dos ahora tenían la cara pegada al cuello de ella, como si intentaran esconderse.
--El auto está listo --avisé--. Vámonos.
--No están acostumbrados a ir en auto por mucho tiempo --dijo ella, como si hablara de algo simple--. Se marean. Necesitamos llevar agua, algo para que chupen, si no...
--Todo va a estar en el jet --la corté--. No voy a meter a mis hijos en cualquier chatarra. El jet nos está esperando. --Mi voz sonó áspera.
Ella parpadeó, sorprendida.
--¿Jet?
--¿Pensaste que volveríamos a Italia en barco? --levanté una ceja--. Ya me robaste suficiente, Milla. No voy a dejar que me robes tiempo también.
Ella apretó a los niños contra su pecho por un segundo.
--Les dan miedo los ruidos fuertes --insistió--. Los cohetes de las fiestas, los truenos, esas cosas...
Suspiré.
--Entonces siéntate con ellos cerca --respondí--. Si lloran, los calmas. Eso hacen las madres, ¿no? Al fin y al cabo, te las arreglaste muy bien criándolos sola.
Ella se mordió el labio, pero no respondió.
Me acerqué y tomé la bolsa grande de sus manos.
--Yo llevo esto --dije--. Tú llévalos a ellos. Y no intentes ninguna gracia. Aunque lo lograras, no llegarías lejos con dos bebés en brazos.
--Lo sé --murmuró--. Correr nunca fue realmente una opción, ¿verdad?
--Te escondiste muy bien, por un año. Ahora este jueguito de las escondidas se acabó. La opción que creíste tener llegó a su fin.
Por un instante, nuestras miradas se cruzaron.
Di la vuelta y salí primero, ella venía justo detrás.