Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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Las marcas de la mentira
Llegué al local de ensayos con diez minutos de retraso, el corazón todavía golpeándome el pecho con fuerza, como si cada paso que daba fuera una huida. Al entrar, el sonido de la música, los espejos de pared completa y el olor a sudor y energía me recibieron como un abrazo familiar, y por un instante sentí que podía respirar de nuevo. Aquí era Lía. Aquí era la vocalista de Lumina Hearts, la chica que soñaba con escenarios grandes y luces brillantes. No era la amante de nadie. No era un secreto. No era algo que se escondía bajo sábanas de seda y mentiras.
—¡Por fin llegas! —exclamó Mila, deteniéndose en medio del paso de baile, con el cabello recogido en una coleta desordenada—. Ya creímos que no vendrías. ¿Estás bien? Tienes la cara pálida.
—Sí, sí, estoy bien —respondí, dejando el bolso en una esquina y forzando una sonrisa que me dolió en los labios—. Me retrasé con… unas cosas. Ya estoy aquí. Vamos a empezar.
Luna nos miró con curiosidad, pero no dijo nada. Subimos la música y empezamos el calentamiento. Las voces, los pasos, el ritmo marcado contra el suelo… todo eso era mío. Nadie me lo podía quitar. Mientras cantaba, sentía cómo la tensión se aflojaba poco a poco, cómo el miedo se disolvía en cada nota. Pero entonces, al levantar los brazos para estirar antes de la coreografía, sentí el tirón de la camiseta y vi la sombra oscura en mi piel, justo en la base del cuello, donde la tela no llegaba a cubrirla por completo.
Me quedé helada.
Una marca. Grande, violácea, claramente hecha por labios, visible justo donde empezaba el hombro. Y más abajo, en la clavícula, otra más pequeña, más reciente. Las huellas de la noche anterior, las que él había dejado mientras me besaba, mientras me decía que era suya, mientras yo creía que estaba entregándome y él ya estaba planeando cómo mantenerme en mi lugar.
Bajé los brazos de golpe, cubriéndome con las manos, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas hasta quemarme. ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Cómo fui tan tonta de no mirarme al espejo antes de salir? Si las chicas las veían… si preguntaban… no tenía explicación. No tenía una historia que pudiera contar sin que se me cayera la cara de vergüenza.
—¿Lía? —Mila se acercó, frunciendo el ceño—. ¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?
—No, nada —dije rápido, dándome la vuelta para que no me viera—. Solo… me duele un poco el cuello de dormir mal. Nada importante. Vamos a repasar el coro.
Pero Mila no se dio por vencida. Se acercó más, y antes de que pudiera apartarme, me ajustó el cuello de la camiseta con naturalidad… y se quedó congelada. Sus ojos se abrieron de golpe, miró la marca en mi hombro, y luego me miró a la cara, sin decir una palabra. Luna, que estaba afinando su micrófono, se giró al notar el silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose—. ¿Está mal?
Mila señaló mi hombro con un dedo tembloroso, sin dejar de mirarme.
—Lía… ¿qué es eso?
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Tragué saliva, con la garganta seca, y busqué desesperadamente una excusa, cualquier cosa que sonara creíble, que no hiciera que me miraran como si fuera una extraña.
—Yo… me golpeé —dije, con voz quebrada—. Ayer, cuando salí, tropecé con una esquina de la pared y… fue un golpe fuerte. No me di cuenta hasta ahora.
—¿Un golpe? —repitió Mila, escéptica—. Lía, eso no parece un golpe. Eso parece…
—¡Pues lo fue! —la interrumpí, con más brusquedad de la que quería, y me di cuenta de que mi voz temblaba—. Lo siento. No me siento bien. ¿Podemos dejarlo para otro día?
Me senté en el suelo, abrazándome las rodillas, con la cabeza baja, deseando que la tierra me tragara. Las dos se miraron, y luego se sentaron a mi lado, en silencio, sin presionarme. Esa era la peor parte: no me juzgaban. Se preocupaban. Y yo les estaba mintiendo. Les estaba ocultando la verdad, metiéndome en un mundo que no era el mío, con un hombre que no era libre, y que podía destruirnos a todas sin siquiera pestañear.
—No tienes que decirnos nada si no quieres —dijo Luna suavemente, poniéndome una mano en el hombro—. Pero sea lo que sea… esperamos que sepas lo que haces. No quiero verte lastimada, Lía. Y menos por alguien que no valga la pena.
—No es lo que creen —susurré, con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer—. No es lo que piensan. Solo… las cosas se complicaron. Y no puedo explicarlo ahora. Por favor, no me pregunten.
—Está bien —asintió Mila, apretándome la mano—. Aquí estamos. Sea lo que sea. Pero ten cuidado. A veces las personas que parecen peligrosas lo son por una razón. Y a veces… las que parecen poder darlo todo, no pueden darte nada.
Sus palabras me atravesaron el corazón como una flecha. Si supieran… si supieran que el hombre que me había dejado esas marcas era el hombre más peligroso de la ciudad. Si supieran que estaba casado, que me veía como un juguete, que podía borrar a Lumina Hearts de un solo gesto. Se alejarían de mí. Me dirían que huyera. Y yo… yo no podía huir. No sin destruirlas.
Me levanté, me puse una chaqueta gruesa a pesar de que hacía calor, y me obligué a sonreír.
—Gracias, chicas. De verdad. Vamos a ensayar, ¿sí? Prometo que me concentro. Solo… no me pregunten más por ahora. Cuando pueda, les contaré todo. Lo prometo.
Pero mientras retomábamos la canción, sabía que estaba rompiendo mi promesa antes de hacerla. No podría contárselo. No podría decirles la verdad nunca. Porque la verdad era peligrosa. La verdad tenía nombre, apellido, y una argolla de oro en el dedo. Y la verdad era que, aunque yo no lo quisiera, él ya era parte de mí, de mi cuerpo, de mis secretos… y no había forma de arrancármelo sin llevarme a mí también.
Al terminar el ensayo, mi teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje. Sin nombre, sin foto, solo un texto corto que me hizo helar la sangre:
«Me encanta saber que llevo mi marca en ti. No te la quites. No la escondas demasiado. Me gusta saber que todos pueden adivinar que eres mía. Nos vemos esta noche.»
Apagué la pantalla de golpe, como si el aparato me quemara, y lo guardé rápido. Las chicas no vieron nada. No sabían que mi pesadilla apenas estaba empezando. Me puse de pie, con la chaqueta abotonada hasta el cuello, y les dije que me iba. Al salir al sol de la tarde, me toqué el hombro, justo donde estaba la marca, y sentí el dolor mezclándose con algo más: rabia, vergüenza… y una extraña, aterradora sensación de pertenencia. Él me poseía, incluso cuando no estaba ahí. Y yo no tenía forma de escapar.