Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 5
Capítulo 5 — La del club
El celular no dejaba de vibrar contra la mesita.
Valentina escribió debajo de la foto: "Estoy trabajando de mesera". Antes de enviarlo apareció otro comentario. Borró la respuesta; cualquier cosa que dijera iba a circular también. Hizo capturas del chat y buscó una muda en la bolsa que Lino había traído de su casa. Tenía clase aquella mañana.
"¿Esa no es Valentina Cabrera?"
"Miren nomás a la santurrona."
"La del club. La mantenida."
Al ponerse la blusa se le enganchó un botón. Lo soltó con demasiado cuidado, demorándose. No quería entrar al salón y ver quién levantaba la vista, quién evitaba mirarla, quién había escrito. Pero tampoco iba a perder una clase por ellos.
* * *
En un despacho de Grupo Mondragón, Damián leía un reporte con los dedos quietos sobre el escritorio. Lino dejó el café a su lado.
—Circula una foto de la señorita Cabrera en redes —dijo Lino, midiendo la voz—. De anoche. En el club.
Damián no levantó la vista.
—¿Quién la publicó?
—Aún no lo sé, señor. Pero se está esparciendo rápido.
Damián dobló el reporte por la mitad. Una sola vez.
—Averígualo —dijo—. Lo demás lo veo yo.
* * *
Valentina llegó a la ESD y fue directamente al salón de ensayo. Había decidido hablar con la maestra antes de clase, a solas, si conseguía cruzar el pasillo sin detenerse.
No hizo falta que nadie hablara. Los pasillos se abrían a su paso y volvían a cerrarse en cuchicheos. Una chica se rió tapándose la boca. Un muchacho la miró de arriba abajo, despacio, sin ningún disimulo.
En la puerta del salón de ensayo la esperaba Paola Meléndez, de brazos cruzados, con el celular en alto igual que un trofeo.
—Buenos días, bailarina —dijo Paola, dulce como veneno—. ¿O prefieres que te diga "señorita del piso siete"?
Detrás de ella se rieron dos o tres.
Valentina no bajó la mirada.
—Déjame pasar, Paola.
—Ay, pero si nadie te está deteniendo. —Paola giró el teléfono para que todos vieran la foto—. Solo queremos saber cuánto cobras. Para el arte, ¿no? Todo por el arte.
—Cállate.
—¿Y quién te consiguió ese trabajo? —Paola bajó la voz lo justo para obligar a las otras a acercarse—. Porque subir al piso de los clientes importantes en tu primera noche… algún contacto tendrás.
Valentina reconoció en la pregunta algo que no aparecía en la foto. Paola sabía en qué piso había estado. Quiso preguntarle quién se lo había dicho, pero no delante de todos: no pensaba darle otra oportunidad de hablar de aquella noche.
—Tú no sabes nada de mi vida —dijo, con la voz muy baja y muy firme.
—Sé lo suficiente. —Paola sonrió a su público—. Todo el mundo lo sabe ya.
—¡Ya estuvo!
La voz cortó el pasillo como un latigazo.
Gonzalo del Río, delegado de su generación, dejó su mochila junto a la puerta. Valentina creyó que iba a pedirles que entraran; él le quitó a Paola el público al plantarse entre ella y las otras muchachas.
—Guarda el teléfono, Paola. La foto no dice nada de lo que estás contando. Si quieres, vemos las capturas con la coordinadora. Ahorita.
Paola apretó los labios. Pero bajó el brazo.
—Solo estaba defendiendo el nivel de la escuela —masculló.
—Entonces entra a ensayar. Ya va a empezar la clase.
El grupo se deshizo despacio, a regañadientes. Paola fue la última en irse, no sin antes clavarle a Valentina una mirada que prometía revancha.
Valentina soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias —dijo, incómoda—. No tenías que…
—No lo hice por ti. —Gonzalo se metió las manos en los bolsillos y miró hacia otro lado—. Lo hice porque odio a la gente como Paola.
—Ah.
—Aunque… —se rascó la nuca, de pronto molesto consigo mismo— ya que estamos con la verdad, tú tampoco eres tan santa como te haces, ¿eh?
Valentina frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Del certamen interno del año pasado. —La voz de Gonzalo se enfrió—. El primer lugar. ¿Nunca te preguntaste por qué la jueza cambió la calificación a última hora?
Se le heló algo por dentro.
—Yo gané limpio ese lugar —dijo.
—Lo cediste. —Gonzalo la miró de frente por primera vez—. Yo pagué para que quedaras en primero, y a la mera hora tú renunciaste al apoyo económico para que se lo dieran a Meli porque ella lo necesitaba más. ¿Ya te acordaste?
Valentina sí recordaba haber cedido la beca complementaria. Meli había estado a punto de dejar la escuela por no poder pagar los traslados. Lo que no recordaba era haber pedido ayuda a Gonzalo, ni haberlo autorizado a acercarse a una jueza en su nombre.
—Yo no sabía que tú habías… —empezó.
—Da igual. —Gonzalo apartó la vista, incómodo, casi enojado por haberlo dicho—. Solo digo que no te creas la única con secretos aquí. Todos compramos algo alguna vez.
—Yo no me vendí por un lugar.
—No. —Él la miró un segundo de más—. Tú te vendiste por otra cosa, según dicen las fotos.
Fue un golpe bajo y él lo supo apenas lo dijo. Algo se le crispó en la cara, como si se arrepintiera. Pero no se disculpó.
Valentina levantó la barbilla.
—No vuelvas a pagarle a nadie por mí —dijo—. Y si crees lo mismo que Paola, no finjas que viniste a defenderme.
Se dio la media vuelta y entró al salón antes de que se le quebrara la voz.
* * *
Meli la alcanzó en el vestidor, temblando de puros nervios.
—Va-Vale —tartamudeó, abrazando su mochila—. Lo del grupo… yo no lo mandé, te lo juro. Yo te defendería, aunque… aunque me da miedo Paola.
—Ya sé, Meli. —Valentina le acomodó un mechón detrás de la oreja—. Tú no serías capaz.
—¿Es cierto? —Meli bajó la voz—. Lo del club, digo. ¿Estás… en problemas?
Valentina miró la puerta del vestidor para comprobar que no hubiera nadie escuchando. Le habría gustado contarle lo del hospital sin tener que explicar también de dónde había salido el dinero.
—Mi abuela está internada. Necesitaba dinero —dijo—. Sí trabajo en el club, Meli. Pero no voy a explicárselo a todo el salón.
Meli asintió. Le hizo sitio en la banca y le preguntó si había desayunado. Valentina negó con la cabeza; aceptó la mitad del sándwich que su amiga sacó de la mochila y, por un rato, pudo dejar el teléfono boca abajo.
* * *
A media mañana, la clase de ensayo se detuvo de golpe.
La maestra recibió en la puerta a una mujer con una carpeta, dos camarógrafos y un hombre de saco. Les pidió a las alumnas que continuaran con la secuencia; el equipo buscaba bailarinas para una película y quería observar una clase.
—Es una producción —susurró alguien—. Vienen a buscar chicas para una película.
Un rodaje. En la ESD.
Valentina se colocó en la marca del piso. No sabía cuánto pagaban por un rodaje, pero si conseguía una audición podría preguntarlo. Tenía que dejar de pensar en la foto el tiempo suficiente para recordar la secuencia.
La mujer de lentes recorrió la fila con la mirada. Se detuvo en Paola. Siguió. Se detuvo, apenas un instante, en Valentina.
La mujer escribió algo en su carpeta y le preguntó a la maestra cómo se llamaba.
Cuando terminó el ejercicio, Valentina pidió repetir el giro que no le había salido limpio. Esta vez miró hacia el espejo.
* * *
A la salida, Gonzalo la esperaba recargado en la reja, con el ceño fruncido, como si le costara un mundo estar ahí.
—Toma. —Le tendió una hoja doblada sin mirarla—. Es la lista de la audición. Te pidieron tus datos; falta que confirmes.
Valentina la desdobló. Entre veinte nombres, casi al final, con letra apretada, estaba el suyo.
Valentina Cabrera Ríos.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, desconfiada.
Gonzalo ya se alejaba, con las manos en los bolsillos y las orejas rojas.
—Porque te eligieron —dijo—. Esta vez no hice nada, Cabrera.
Valentina comprobó el horario y guardó la lista. Confirmaría en cuanto saliera del hospital.
* * *
En Polanco, Lino envió a Damián el nombre de la productora que había visitado la ESD. Él abrió el archivo y leyó hasta encontrar el nombre de Valentina.
"Todo sobre ese rodaje —respondió—. Antes de que anochezca."