En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Una conversación nada normal.
—Entra.
La orden no admite réplica.
El hombre que me trajo hasta aquí ni siquiera me mira.
Trago saliva.
Subo al vehículo y me siento frente a él.
El espacio es reducido, el aire espeso, casi irrespirable.
El olor a cuero y a su perfume me marea.
Siento que el coche se vuelve una caja cerrada.
—¿A qué juegas? —pregunta.
Su voz es fría.
Corta.
Me atraviesa como un golpe seco.
Me observa con esa mirada que obliga a bajar los ojos… pero no lo hago.
Me quedo quieta, rígida, aunque las piernas me tiemblan y tengo que apretar los muslos para que no se note.
Intento hablar.
No puedo.
La voz se me quiebra antes de salir.
Las manos me sudan.
El corazón me martilla en los oídos.
—¿Disculpe? —consigo decir al fin, torpemente—. No sé de qué habla.
—¿Segura de que no eres sorda? —responde, molesto, recargándose en el asiento.
Su presencia pesa.
Me aplasta.
Me provoca miedo… y rabia.
Endurezco el gesto.
—No, señor. No soy sorda —digo, haciendo un esfuerzo por mantener la voz firme—. Ahora dígame qué quiere, para poder irme.
Sonríe.
No hay humor en esa sonrisa.
—Claro… tu padre casi se muere y ustedes celebrando.
El comentario me descoloca.
—Eso no le importa —respondo, cansada—. No es asunto suyo.
Quiero salir.
Olvidar este día.
Borrar su cara.
Pero su expresión cambia.
Algo oscuro se asoma en sus ojos.
—No recuerdas… —dice despacio—. O finges no recordar.
Mi estómago se contrae.
—Entraste a mi habitación de hotel. A mi cama. Me sedujiste. solo me preguntó. ¿te pago en efectivo o te hago transferencia?
No pienso.
Actúo.
Mi mano impacta contra su rostro con un sonido seco, brutal.
El golpe resuena dentro del coche como un disparo.
El silencio que sigue es insoportable.
Él gira el rostro lentamente.
La marca roja de mi mano destaca en su mejilla.
Cuando vuelve a mirarme, sus ojos arden…
Pero también se divierten.
—¿Cómo se atreve? —le grito, temblando—. ¡Usted abusó de mí! No soy una mujer que se vende.
Entonces se ríe.
No fuerte.
No exagerado.
Una risa baja, áspera, que se me clava en la piel.
—Créeme —dice con desprecio—, por mi nunca te hubiera tocado. No me interesas. No cometería el mismo error dos veces.
Se inclina apenas hacia mí.
—Fuiste tú la que se me lanzó encima como una cualquiera.
El aire se me va.
Intento golpearlo otra vez.
No me deja.
Atrapa mi muñeca en el aire.
Su agarre es firme.
Doloroso.
Siento cómo sus dedos se hunden en mi piel, marcándome.
—Una vez te salió gratis —susurra, acercándose—. Pero si lo intentas otra vez…
Se inclina aún más.
—…te adelantaré lo que tengo preparado.
El miedo me recorre la espalda como una descarga.
—¡Es usted un patán! —escupo—. Cree que todas las mujeres deben arrodillarse ante usted.
Sonríe.
Lento.
Torcido.
—Para lo único que me gusta que una mujer se arrodille… —dice en voz baja— es para que se ahogue pero con mi miembro.
Me quedo helada.
El asco, la vergüenza, la rabia, coraje, odio…
todo se mezcla hasta marearme.
—Para eso sirven —añade, como si hablara del clima.
—Es repugnante —le digo con la voz rota—. Jamás será como René—Él sí respeta a las mujeres.
—Tranquila —responde con burla—. No me interesa ser como el y tú no me interesas lo suficiente.
El clic del seguro suena fuerte cuando libera la puerta.
—Vete.
Bajo del coche sin mirarlo.
El pecho me arde.
El aire me quema al entrar en los pulmones.
Antes de cerrar, su voz vuelve a alcanzarme.
—Salúdame a mi medio hermano.
Cierro la puerta de golpe.
El coche se aleja.
No sé por qué me quedo mirando hasta que desaparece entre las luces.
Hay una punzada en mi pecho.
Una certeza incómoda.
Esto no fue casual.
Tiene algo preparado.
Las palabras regresan como un eco.
Tal vez solo quiso desestabilizarme.
Tal vez no.
Me froto las manos, aún temblorosas.
Su voz sigue ahí.
Su mirada.
Como una herida abierta que no deja de arder.
—¿Era Damián? —pregunta una voz detrás de mí.
Me sobresalto.
—¿Cómo va a ser él, René? —respondo demasiado rápido—. No digas tonterías.
Me giro.
Su mirada es seria. Inquisitiva. Busca algo en mí.
—¿Entonces quien era?
—Nadie —miento, apenas audible—. Solo alguien que se equivocó de persona.
René no parece convencido.
El silencio entre nosotros pesa demasiado.