Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: La bomba y el secreto
Natalia llegó a la mansión Harrison con el corazón latiéndole en la garganta. Apenas cruzó la puerta principal, se encontró con sus padres en la sala.
—Hola, papi. Hola, mamá —saludó con una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.
Ernesto levantó la vista del periódico y le sonrió con cariño.
—Mi princesa, ¿cómo te fue hoy? Ven, siéntate con nosotros un rato.
Clara también la miró con ternura.
—Preparé tu té favorito. ¿Quieres una taza?
—No, gracias —respondió Natalia rápidamente—. Estoy muy cansada. Subiré a mi habitación a descansar.
Sin esperar respuesta, subió las escaleras casi corriendo. Una vez dentro de su cuarto, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada. Las náuseas volvían a amenazar con aparecer. No podía quedarse allí. Necesitaba hablar con Alejandro cuanto antes.
Miró por la ventana. Ya estaba oscureciendo. La cabaña de invitados tenía las luces encendidas.
Sin pensarlo dos veces, salió de su habitación sigilosamente, bajó por las escaleras laterales y cruzó el jardín hacia la cabaña. Tocó la puerta con los nudillos, temblando.
Alejandro abrió la puerta unos segundos después. Llevaba una camisa negra con los primeros botones desabrochados y pantalones oscuros. Su expresión cambió de sorpresa al verla allí a esa hora.
—¿Natalia? —dijo frunciendo el ceño—. ¿Qué haces aquí? Es tarde. ¿Pasó algo?
Natalia entró sin esperar invitación y cerró la puerta detrás de ella. Sus ojos azules estaban llenos de miedo y determinación.
—Estoy embarazada.
Las palabras cayeron como un peso muerto en la habitación. Alejandro se quedó congelado, mirándola como si no hubiera entendido.
—¿Qué dijiste?
—Que estoy embarazada, Alejandro —repitió ella con la voz temblorosa—. De dos semanas. La prueba dio positiva hoy. Es tuyo. No hay ninguna duda.
Alejandro retrocedió un paso. Su rostro palideció y luego se transformó en una mezcla de incredulidad y furia.
—¿Embarazada? ¿Cómo es posible? ¡Tú me dijiste que no te arrepentías, pero que no volvería a pasar! ¿Cómo no te cuidaste? ¡Se supone que eras virgen, pero al menos debiste tomar la píldora del día después o algo!
Natalia sintió que la rabia le subía por el pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas de indignación.
—¡¿Que yo no me cuidé?! —exclamó alzando la voz—. ¡Tú eras el que estaba sobrio esa noche, Alejandro! ¡Tú eras el adulto! ¡El que tenía experiencia! ¡Tú debiste ponerte protección correctamente! Yo estaba borracha, confundida y destrozada. ¡Tú fuiste quien debió asegurarse!
Alejandro se pasó las manos por el cabello negro, alterado. Caminaba de un lado a otro de la sala.
—Esto no puede estar pasando… —murmuró—. No ahora. No contigo.
Natalia sintió un dolor agudo en el pecho al escuchar esas palabras.
—Tranquilo —dijo ella con la voz rota pero intentando mantenerse firme—. No vine a pedirte nada. Solo vine a decírtelo porque tienes derecho a saberlo. Pero si no quieres saber del bebé, está bien. Puedo sola. No voy a obligarte a nada. Criaré a este hijo yo sola.
Se dio la vuelta para marcharse, pero Alejandro la llamó.
—Natalia, espera…
—No —lo interrumpió ella sin girarse—. Ya te lo dije. Buenas noches.
Salió de la cabaña con lágrimas corriendo por sus mejillas. Alejandro se quedó de pie en medio de la sala, respirando agitadamente. Cuando la puerta se cerró, soltó un gruñido de frustración y golpeó la mesa con el puño.
Sacó su teléfono y marcó el número de su mejor amigo y socio, Antonio Jones.
—¿Alex? ¿Qué pasa, hombre? Suenas alterado —contestó Antonio al tercer timbre.
Alejandro se dejó caer en el sofá, con la cabeza entre las manos.
—Antonio… estoy jodido. Natalia, la hija menor de Ernesto Harrison… está embarazada. Es mío.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
—Mierda… —susurró Antonio—. ¿Estás seguro?
—Completamente. Ella vino hace unos minutos a decírmelo. Estaba aterrorizada. Yo… perdí el control esa noche. Ahora todo se complicó. No es que no quiera ser padre, Antonio. Pero tú sabes mi situación. El cáncer de pulmón que me diagnosticaron hace meses está avanzando rápido. Los médicos dicen que sin tratamiento agresivo me quedan pocos meses. ¿Cómo voy a traer un hijo al mundo sabiendo que no voy a estar para criarlo? ¿Que no voy a verlo crecer? No quiero que mi hijo tenga que verme morir como yo vi morir a mi padre.
Antonio suspiró profundamente.
—Alex… tienes que hacerte el tratamiento. La quimioterapia, la inmunoterapia… todavía hay opciones. No puedes rendirte así.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Tratamiento? ¿Para qué? Vi cómo mi padre luchó durante dos años contra esto. Sufrió como un animal, perdió el cabello, el peso, la dignidad… y al final igual se murió. No quiero eso para mí. Prefiero vivir intensamente el tiempo que me queda.
Se levantó, abrió un cajón y sacó un paquete de cigarrillos que había guardado hacía meses. Encendió uno con manos temblorosas y dio una profunda calada. Inmediatamente después, una tos fuerte y seca lo atacó. Tosió violentamente, doblándose sobre sí mismo, hasta que le costó respirar.
—Estás fumando otra vez… —dijo Antonio con tono de reproche—. Sabes que eso te está matando más rápido.
Alejandro se limpió la boca y miró el cigarrillo con odio.
—Nadie sabe la verdad, Antonio. Para todos soy el joven y poderoso CEO italiano, el que tiene cara de ángel y aura de demonio. Nadie imagina que me estoy muriendo por dentro. Y ahora… voy a dejar un hijo huérfano antes de que nazca.
—Habla con Natalia —insistió Antonio—. Dile la verdad sobre tu enfermedad. Merece saberlo.
—No —respondió Alejandro con firmeza—. No voy a cargar a esa chica con esto también. Ya bastante daño le hice. Ella cree que soy un hombre sano y arrogante. Prefiero que siga pensando eso.
Antonio guardó silencio unos segundos.
—Sea como sea, amigo… tienes que tomar una decisión. Ese bebé va a nacer. Y tú eres su padre.
Alejandro colgó la llamada y se quedó mirando por la ventana hacia la mansión Harrison. Apagó el cigarrillo a medias y sintió otra tos subir por su pecho.
Mientras tanto, en su habitación, Natalia estaba sentada en el suelo abrazando sus rodillas, llorando en silencio.
—Perdóname, bebé… —susurró, acariciando su vientre aún plano—. Tu papá no te quiere… pero yo sí. Yo voy a cuidarte. Aunque tenga que hacerlo sola.
Ninguno de los dos sabía que el destino ya había comenzado a tejer una historia mucho más complicada y dolorosa de lo que imaginaban.