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Me vendió mi esposo, me salvó un millonario

Me vendió mi esposo, me salvó un millonario

Status: Terminada
Genre:Intrigante / Mafia / Venderse para pagar una deuda / Romance oscuro / Completas
Popularitas:186.7k
Nilai: 4.4
nombre de autor: Galaxy

A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.

Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.

Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.

Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.

Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.

**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**

Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Cap 11: Bajo la lluvia

Diez días después del caldo de pollo, la lluvia empezó a las cinco de la tarde y no terminó hasta entrada la noche.

Camila volvió del campus a las nueve menos cuarto —había ido a entregar la documentación final de la beca y a recoger las llaves de la habitación que iba a compartir con Fer—. Salió del trámite con el sobre en la mano y el techo desfondándose afuera.

No tomó taxi. Caminó las cuatro cuadras desde el paradero. La lluvia le caló el suéter en menos de una cuadra. Llevaba dos horas con un mal sabor en la lengua —del trámite, de Brisa, de la abuela, de algo en el pecho que no se dejaba nombrar— y la lluvia, por contraste, le hacía bien.

Subió. Se cambió. Se hizo un té. Marcó a Abuela Inés.

—Mija. ¿Cómo te fue?

—Bien, abuela. Ya está. Empiezo el día quince.

—Qué bueno, mijita.

—Abuela. Me siento sola.

La abuela se quedó callada del otro lado.

—Sal a despejarte tantito, mija. Pero no te metas a la calle a esta hora con esta lluvia.

—Solo a la esquina.

—Llévate el teléfono.

—Lo llevo.

—Te encomiendo a la Virgencita.

* * *

Camila bajó con una chamarra delgada que ya estaba húmeda de antes. Caminó tres cuadras hasta la avenida pequeña que cortaba la colonia. Se paró frente al puesto cerrado de tortas, con las manos en los bolsillos, mirando la lluvia caer al asfalto.

A los doce minutos, oyó frenar un coche detrás de ella.

Se giró.

El coche oscuro. La puerta del conductor abierta. Damián bajando sin paraguas, traje todavía puesto, corbata aflojada.

—Súbete.

—¿Qué haces aquí?

—Súbete primero. Te explico arriba.

Camila no se movió un segundo. Lo miró —el cabello pegado a la frente, las pestañas mojadas—. Después caminó al lado del copiloto y abrió.

* * *

Dentro olía a madera y cuero. Damián cerró su puerta. Encendió la calefacción. No arrancó.

—Tu abuela me reenvió un audio que le mandaste a las nueve y diez. Pensó que era para mí. Decía "estoy sola, voy a caminar".

—¿Y por eso viniste?

—Estaba a veinte minutos.

—No tenías que.

—No lo dije como reclamo.

Camila se acomodó el suéter pegado al cuerpo. Tenía las uñas blancas del frío.

—¿Quieres ir a algún lado?

—No sé.

—Manejo y ya. Te dejo en la puerta cuando me digas.

—Está bien.

Damián metió primera. El coche arrancó despacio hacia la avenida grande. Camila se reclinó. Miró por la ventana las luces partirse en gotas. No le tenía que decir a dónde quería ir, porque no quería ir a ningún lado.

—¿Qué te pasa? —preguntó él, después de un rato.

—Nada. Todo.

—Bien.

Y se calló.

Esa fue la cosa: que se calló. Que no rellenó el silencio con preguntas. Que no le pidió que ordenara el desorden para él. Camila había vivido tres años con un hombre que llenaba todos los silencios con ruido, y, sin que hubiera tenido nombre hasta ese momento, había aprendido a hablar para apagarlo. Damián, en cambio, dejaba que el silencio respirara. Y respirar, esa noche, era lo que ella necesitaba.

—¿Tienes hambre? —preguntó él más adelante.

—No.

—¿Quieres pasar por algo dulce?

—No.

—¿Quieres ir a casa de tu abuela?

—Está en San Andrés. Son tres horas.

—Te llevo.

Camila volteó por primera vez en quince minutos. Lo miró.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—¿A las nueve y media de la noche, bajo esta lluvia, con esa clavícula que se te jodió hace dos meses?

—Sí.

—Damián.

—¿Qué?

—Solo... maneja sin destino media hora. Después me dejas en mi puerta.

—Trato.

—Trato.

* * *

Después, cuando intentara reconstruir, Camila no iba a recordar el sonido del impacto. Iba a recordar el segundo previo: una luz blanca por la ventana del lado del conductor. Iba a recordar que pensó —en un acto reflejo absurdo— "ese coche viene mal".

Y ya.

El impacto le sacudió la cabeza contra el reposacabezas. El cinturón la frenó con la fuerza de un mazazo en el pecho. Hubo un golpe seco metálico, después un sonido más feo —el vidrio del conductor reventándose hacia adentro como si alguien lo hubiera mordido por dentro—. El coche giró sobre su propio eje, treinta grados, cuarenta, y se quedó atravesado en mitad del cruce. La bolsa de Camila salió despedida hacia el tablero. El sobre de los trámites se le voló de las rodillas.

Silencio. Después la lluvia. Después el motor jadeando. Después un claxon en otra calle.

Camila abrió los ojos. Estaba bien. El cinturón la había sostenido.

Giró la cabeza.

Damián tenía la cabeza ladeada hacia el hombro izquierdo. El vidrio reventado en una telaraña con un agujero del tamaño de una pelota. Un corte en la sien le bajaba sangre por la mejilla. El brazo izquierdo colgaba en un ángulo raro.

—Damián. —Se soltó el cinturón. Se inclinó—. Damián.

—Estoy.

—No te muevas.

—El brazo.

—Ya sé. No lo muevas.

* * *

Camila no entró en pánico.

Marcó al 911 con la mano izquierda mientras con la derecha se quitaba la chamarra. Reportó el cruce. Dio dos referencias. Cortó. Apretó la chamarra contra el brazo de Damián, sobre la herida más grave. Le habló sin pausa.

—Damián. Mírame.

—Te miro.

—No te duermas. ¿Cómo te llamas?

—Damián Tejada Cossío.

—¿Qué día es hoy?

—Martes.

—¿Cuántos años tengo?

—Veintidós.

—¿Cómo sabes?

—Tu expediente.

—No te duermas.

—No.

—Tu equipo, ¿sabe?

—El sistema del coche manda alerta sola. Mauricio está al tanto. Va a llegar antes que la ambulancia.

—Bien.

* * *

Mauricio llegó tres minutos antes que la ambulancia. Frenó del otro lado del cruce. Bajó sin paraguas. Evaluó la escena en dos segundos: el coche del otro conductor —un sedán blanco con la trompa hundida y la bolsa de aire abierta— ya tenía a un señor mayor adentro sosteniéndose la frente, sin sangre visible. La placa colgaba. Las luces parpadeaban en ámbar. La avenida atrás se había detenido sola por el accidente.

Abrió la puerta del conductor con cuidado.

—Licenciado.

—Aquí, Ortega.

—¿Algo más además del brazo?

—La sien sangra superficial. Algo en la clavícula. Hay que descartar costilla.

—Sí, señor.

Mauricio se dirigió a Camila.

—Señorita. ¿Está usted bien?

—Estoy bien.

—Voy a manejar al hospital con la ambulancia detrás. ¿Quiere que la lleve al departamento o prefiere bajar aquí?

—Voy con él.

Mauricio la miró una décima.

—Sí, señorita. Va con él.

—Ortega.

—¿Señor?

—Si llaman a mi mamá, las primeras palabras son "está consciente y estable". Después lo demás. ¿Quedó claro?

—Sí, licenciado.

—Y a Sebastián.

—¿Sebastián?

—Sí. A Sebastián también. No esta noche, mañana. Pero le avisas.

—Sí, señor.

Camila lo miró sin entender. Damián cerró los ojos un segundo.

* * *

La ambulancia llegó. Dos paramédicos. Uno joven, uno mayor. El mayor le habló a Camila con la calma de quien lleva veinte años en el oficio.

—Señorita. ¿Hubo pérdida de conciencia?

—Suya, no. Mía, no.

—¿El cinturón le frenó?

—Sí.

—¿Algún golpe en el abdomen, cabeza, cuello?

—Ningún golpe.

—¿Quiere que la revisemos?

—Después. Primero él.

Sacaron a Damián con técnica. Le pusieron collarín por protocolo, le inmovilizaron el brazo izquierdo, le abrieron una vía. Camila se subió a la parte de atrás, junto a la camilla, todavía con la chamarra ensangrentada en la mano. Encendieron sirena.

En la camilla, Damián la buscó con la mano.

—Camila.

—Estoy aquí.

—No tenías que venir.

—Ya sé.

—El sistema del coche grabó. La cámara interior. La de afuera. El otro carro venía a noventa por hora con el alto en rojo. No te van a poder echar la culpa de nada.

—Damián. Eso no me preocupa ahorita.

—Iba a preocuparte mañana. Te lo digo hoy.

Camila apretó los labios. Le tomó la mano.

—Después.

Él cerró los ojos. Los abrió otra vez. Le dijo algo que no llegó completo —un fragmento de palabra, una sílaba a la mitad—. Camila no pudo armarla.

—Después me lo dices —murmuró ella—. Cuando puedas.

Él asintió con los ojos cerrados.

* * *

La sala de espera olía a antiséptico y café viejo.

Camila se sentó en una silla de plástico. Mauricio se sentó dos sillas más allá, sin hablar, con las manos en las rodillas.

Quince minutos. Treinta. Cuarenta.

A los cuarenta y cinco, la puerta del fondo del pasillo se abrió. Una enfermera con tabla en mano. Se acercó. Revisó el papel.

—¿Camila Lazcano Robles?

Camila levantó la cabeza.

—Sí.

—El paciente la pide.

—¿A mí?

—A usted.

Mauricio la miró desde la otra silla. Apenas una décima. Como si ya supiera lo que la enfermera no había explicado: que el nombre que la enfermera había leído del papel era el de Camila. Como si Damián, antes de que la anestesia le terminara de cerrar los ojos, hubiera dejado instrucciones.

Camila se levantó. Caminó detrás de la enfermera.

Mauricio se quedó. Apoyó la cabeza en la pared. Sacó el teléfono y le escribió a la madre de Damián el primer mensaje. No el segundo. Esa era la línea que solo el licenciado podía cruzar.

Antes de guardar el teléfono, hojeó dos contactos más. Se detuvo en uno: Sebastián Carvajal. Recordó la indicación de Damián en el cruce —"a Sebastián también, mañana"— y la respetó al pie. No iba a escribirle esta noche. Iba a esperar. Esa era la única regla que importaba en su trabajo: no anticipar lo que el licenciado no había pedido todavía.

Guardó el teléfono. Esperó.

A los cuarenta y cinco minutos exactos, la puerta del fondo se cerró otra vez detrás de Camila. Mauricio se permitió, por primera vez en cinco horas, sentarse derecho.

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Yolanda Villamar
😠 Gerardo es un patan maldito por darla como garantía para subir dé puesto 🙄 pero creo que ella no es tan santa si le puso los cuernos también 🤔 si no es el hijo de el de quien es por del jefe no es ni de quien la ayudo
Mar Sol
Este primer capítulo demuestra una novela que llama la atención, tal vez el desarrollo de la trama sea interesante
Diana Quintero
Damián hace tantas cosas por Camila y está bruja es tan desagradable 😡😡😡 Damián debería tratarla, como la trataba Gerardo, así era feliz 😡😡😡😡😡
Diana Quintero
Tania quería humillarla, pero no lo logro, Camila ya estaba adelantada un pasó 😡😡👏
Diana Quintero
No pasa nada importante en esta novela, Camila todavía no sabe que Lucia es su madre y Sebastián su hermano, hace rato en capitulos anteriores, Camila se iba a enterar de la verdad, pero nunca sucedió, ni Sebastián ni Lucia los volvieron a nombrar 😡😡
Diana Quintero
Será que Camila le gustan los maltratos? que tonta 😡😡 Damián es un hombre magnífico y la defendió y se le emputo, que IMBECIL tan desagradecida, se volvió masoquista 😡😡
Diana Quintero
Brisa debe pagar por todas las trampas y robos, que le hace a Camila 🤬🤬
Diana Quintero
Pienso que esto no fue un descuido, de la constructora, esto fue un atentado, saben que están cerca de dar con la verdad de Camila y Lucia 😡😡
Diana Quintero
Quien quiere muerta a Camila de la familia de Sebastián? 🤔
Diana Quintero
Damián lo puede ayudar a saber, que pasó con Camila, durante estos años? 🤔 Sebastián es su hermano 🤭
Diana Quintero
Valentina, Patricia y Rodrigo, salieron con el rabo entre las piernas, pensaron humillar a Camila, pero no lograron su propósito 👏👏👏👏
Diana Quintero
Valentina quería humillar a Camila, pero esa víbora terminará como la peor tramposa 🤬🤬
Diana Quintero
Lucia es la madre de Camila? 🤔😲
Eleine Jobhett Gamboa Serrano
que asco de persona la verdad ,osea que más quiere de el di le da todo por ella ,y lo trata como perro ya mero le dice que duerma en el tapete abajo de la cama
Diana Quintero
Está novela es muy rara, faltan muchas cosas, por aclarar 🤔
Diana Quintero
Perdió al bebé por culpa de ese degenerado de Gerardo 🤬🤬🤬 por la sustancia que le dió en la leche
Diana Quintero
Camila es una IMBECIL, está embarazada y se va a vivir, con esas basuras de nuevo 😡😡😡
Diana Quintero
El bebé de quien es? no es de Gerardo entonces?? 🤔
Diana Quintero
Ese desgraciado infeliz, que le va a explicar, que la vendió a una basura 🤬🤬Camila se salvó de ser violada gracias al desconocido 👏👏
Diana Quintero
Desgraciado de Gerardo y eso que es la esposa y se la ofreció a esa basura de Bernal 🤬🤬🤬. Pero el desconocido la salvó 🤭👏
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