La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 09.
Balthazar tras salir del salón del trono, pregunto por la ubicación de los dragones, y uno de los guardias dijo que, se habían recluido en el ala sur del palacio, un lugar abandonado desde hace tiempo. Balthazar se apresuro a ir a ese lugar, pero encontró un muro de lianas llenas de espinas levantado donde comenzaba el ala sur del palacio.
—su alteza, es mejor no molestarlos.— sugirió un soldado.
—¿el dragón rojo esta también en ese lugar?— pregunta Balthazar.
—según la información de los guardias del palacio, si, el dragón rojo también esta en esta ala.— responde el soldado.
Balthazar se acerco más a la muralla de linas espinosas y cuando quiso cortar estas con su espada, las espinas se movieron, enredandose en la espada y apretando esta hasta romperla. Balthazar ante esto retrocedió.
—su alteza tenga cuidado...esa muralla despedazo a tres guardias que intentaron pasarla.— responde uno de los guardias del palacio.
—¿que?, ¿mi padre sabe esto?— pregunta Balthazar.
—si su majestad, ordeno dejar a los dragones tranquilos, dijo que quizás necesitaban descansar y creyó que usted los envió para que lo hagan.— explica el guardia ya nervioso.
El guardia al igual todos en el palacio no podían decir la verdad, aun no, o el dragón rojo descargaría su ira en quien revele la verdad.
Del otro lado del muro de lianas, Friedrich observa todo desde un espejo.
—que fácil es engañarlo. La obra es divertida, ¿verdad, Faramud?— pregunta el pelirrojo.
—por supuesto majestad, ese príncipe es demasiado tonto.— se burla Faramud.
—¿y la santa?, ¿donde esta?— pregunta.
—supe que fue llevada al área de las concubinas, le dieron una habitación pequeña con apenas una cama y una mesa vieja.— responde Faramud.
—parece que a Balthazar le gusta cosechar enemigos.— ríe el pelirrojo.
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Sylvia espero hasta la noche, cuando ya casi todos duermen, y para su fortuna, esa parte del palacio, apenas tenía unos guardias.
Salió de su habitación caminando por el pasillo que da al jardín, aunque, todo estaba cubierta de nieve y ella apenas tenía una capa lo suficientemente gruesa para protegerla del frío. La albina se detiene al ver luz en una de las salas de esa zona, y escuchar música. Camina con cuidado y al asomarse, ahí estaba, Balthazar acompañado de cinco mujeres, dos bailaban, una le servía vino, y las otras dos sentadas a sus costados, dejando que el príncipe las manosee.
Sylvia hizo una expresión de asco y mejor se siguió su camino.
—rondar así por el palacio la hará ver como una espía.—
Sylvia se detiene al escuchar la voz masculina. Y voltea despacio, a pocos pasos de ella, esta de pie Friedrich ya en su forma humana.
—y-yo...solo buscaba a una mucama, para pedir una cobija extra, hace demasiado frío.— responde con calma.
Friedrich sonríe.— pequeña mentirosa. Pero, dudo que las mucamas te den una cobija. Todos ya saben que eres solo el trofeo del príncipe heredero.
—¿trofeo?— frunce el ceño.— eso es lo que todos creen, y esta bien, eso me sirve.
Así nadie tendrá razones para sospechar que esta ahí con la intención de buscar ventajas para ganar la guerra.
—así que no eres, ¿no serás una espía?— pregunta curioso Friedrich.
—¿como se atreve a preguntar algo así?— su expresión cambia a una tristeza y con los ojos listos para derramar lágrimas.— si lo escuchan, me meterá en problemas...
Friedrich sonríe al ver su expresión.— que mal actúas pequeña santa, aunque quizás otros si lo creerían.
—al parecer en este palacio si hay alguien listo y observador.— murmura. Pero, eso será un problema, si ese hombre ante ella sospecha no podrá moverse con libertad dentro del palacio.
Friedrich no dice nada ante su comentario, solo dio unos pasos más hacia la albina, sin dejar de observarla a los ojos. Cuando esta cerca, se quita su propia capa y se la entrega.
—esto servirá por ahora. Regresa, no levantes sospechas el primer día.— le advierte.
El pelirrojo le hace un guiño y se da media vuelta para alejarse, mientras que la albina se queda en silencio con la capa del pelirrojo en sus manos.
—mejor no confiar.— dejo la capa sobre una banca que estaba cerca y se apresura a volver a su habitación.
Friedrich por su parte regreso al ala sur sonriendo, ese encuentro fue divertido, la santa tiene carácter y por lo visto, tiene un propósito al entrar al palacio, aunque no es difícil de pensar cual es. Muy probable es que busca saber sobre los planesn de Balthazar tras aquel tratado de paz.
—parece de buen humor majestad. Esa caminada le sirvió.— menciona Faramud.
—si, encontré un pequeño ratoncito, fue entretenido.— responde el pelirrojo.
Faramud levanta una ceja confundido por la respuesta del dragón rojo.
–¿un ratón?, no me diga que a su majestad le gusta comer esa clase de animales...— pregunta curioso.
Friedrich voltea hacía Faramud con una sonrisa ladina.
—quizás me la coma, pero no como tu crees.— asegura.
—su majestad dice cosas muy extrañas.— responde Faramud.
Friedrich le resta importancia, solo sigue caminando hasta entrar a una alcoba. Una bastante elegante, en contraste con la fachada del ala sur, que por fuera tiene paredes viejas e incluso llenas de musgo. Pero por dentro ha sido totalmente restaurada. Al estar en la habitación, no fue inmediato a la cama, solo se quedo de pie en la ventana, observando el edificio del palacio principal.
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